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Amor y Pasion Pelicula de Deseos

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Amor y Pasion Pelicula de Deseos

Sofía se recostó en el sofá de su departamento en la Condesa, con el aire cargado del aroma a jazmín que entraba por la ventana abierta. La noche de Ciudad de México bullía afuera, con el lejano rumor de cláxones y risas de transeúntes, pero adentro todo era calma íntima. Alejandro, su novio de dos años, se sentó a su lado, su cuerpo fuerte y moreno rozando el de ella de forma casual. Llevaba una playera ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le quedaban perfectos. Qué chulo está este wey, pensó ella, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

—Órale, carnala, ¿qué peli ponemos? —preguntó él con esa voz grave que le erizaba la piel.

Amor y pasion pelicula, esa que todos dicen que es puro fuego romántico —respondió Sofía, buscando en la tele. La pantalla se iluminó con los trailers, y pronto empezaron los créditos. La historia de una pareja en las playas de la Riviera Maya, con besos ardientes bajo la luna y miradas que prometían más. El sonido de las olas chocando y la música sensual llenaron la habitación, envolviéndolos como una niebla caliente.

Desde los primeros minutos, Sofía sintió el calor subirle por las piernas. En la pantalla, los protagonistas se rozaban en una cena a la luz de velas, sus dedos entrelazados, los labios entreabiertos. Ella miró de reojo a Alejandro, que tenía los ojos fijos en la tele, pero su mano ya descansaba en el muslo de ella, tibia y firme.

¿Será que él también lo siente? Ese tirón en el pecho, esa humedad que empieza a formarse entre mis piernas.
El roce era inocente al principio, pero cada caricia subía un centímetro, enviando chispas por su piel.

La película avanzaba. Ahora los amantes corrían por la playa, la arena pegándose a sus cuerpos sudorosos, el salitre en el aire. Sofía inhaló profundo, imaginando el olor a mar mezclado con el almizcle de Alejandro, que se intensificaba con su cercanía. Él giró la cabeza y la miró, sus ojos oscuros brillando con picardía.

—Neta, esta amor y pasion pelicula me está poniendo de malas —murmuró él, su aliento cálido contra su oreja.

—¿De malas? ¿O de buenas? —bromeó ella, mordiéndose el labio. Su mano cubrió la de él, guiándola más arriba, hacia el borde de su falda corta. El tacto de sus dedos ásperos contra la piel suave de su muslo interior la hizo jadear bajito. Afuera, un perro ladró a lo lejos, pero el mundo se reducía a ese sofá, a sus respiraciones sincronizándose.

En la pantalla, la pareja se besaba con hambre, lenguas danzando, manos explorando curvas. Alejandro no esperó más. Se inclinó y capturó los labios de Sofía en un beso profundo, su lengua invadiendo su boca con sabor a tequila de la cena anterior. Ella gimió contra él, el sonido ahogado por el rugido de las olas ficticias. Sus dedos se enredaron en el cabello de él, tirando suave, mientras su otra mano bajaba a su entrepierna, sintiendo la dureza creciente bajo la tela.

¡Ay, Dios, qué duro está! Me encanta sentirlo así, palpitando por mí, pensó Sofía, el pulso latiéndole en las sienes. Él gruñó, un sonido animal que vibró en su pecho, y la empujó contra los cojines. La falda se subió, revelando sus bragas de encaje negro, ya húmedas. Alejandro las rozó con el pulgar, trazando círculos lentos que la hicieron arquear la espalda.

—Estás chingona de mojada, mi amor —susurró él, su voz ronca como grava. Bajó la cabeza y besó su cuello, lamiendo la sal de su piel, mordisqueando el lóbulo de la oreja. Sofía olió su colonia, madera y especias, mezclada con el sudor fresco que perlaba su frente. Sus pezones se endurecieron bajo la blusa, rozando la tela con cada respiración agitada.

La película seguía de fondo, ahora con gemidos apasionados que espejeaban los suyos. Alejandro se arrodilló entre sus piernas, abriéndolas con gentileza. —Déjame probarte, Sofi —pidió, y ella asintió, el deseo nublándole la razón. Sus labios descendieron, besando el interior de sus muslos, la lengua dejando rastros húmedos que ardían al enfriarse. Cuando llegó a su centro, separó la tela y lamió despacio, saboreando su esencia dulce y salada.

¡Órale, qué rico! No pares, pendejo —jadeó ella, las caderas moviéndose al ritmo de su boca. El sonido húmedo de su lengua contra ella, mezclado con sus propios suspiros, llenaba el aire. Sus dedos se clavaron en el sofá, las uñas hundiéndose en la tela. El clímax se acercaba como una ola, pero él se detuvo, sonriendo travieso.

—Todavía no, mi reina. Quiero que vengas conmigo —dijo, levantándose y quitándose la playera de un tirón. Su torso desnudo brillaba bajo la luz tenue de la lámpara, músculos tensos por el deseo. Sofía se incorporó, besando su pecho, lamiendo un pezón mientras desabrochaba sus jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precúm que ella recogió con la lengua, salado y adictivo.

Lo empujó de vuelta al sofá y se montó a horcajadas, frotándose contra él. La fricción era deliciosa, su clítoris hinchado rozando la longitud dura. —Te quiero adentro, ya —exigió ella, guiándolo a su entrada. Bajó despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarla, llenarla por completo. Ambos gimieron alto, el sonido reverberando en las paredes.

Empezaron a moverse, un ritmo lento al principio, sus cuerpos chocando con palmadas suaves. El sudor los unía, resbaladizo y caliente. Sofía clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas que él adoraba.

Esto es puro amor y pasión, como en esa pinche pelicula, pero mejor, porque es nuestro
. Aceleraron, sus respiraciones entrecortadas, el sofá crujiendo bajo ellos. Él la tomó de las caderas, embistiendo profundo, golpeando ese punto que la volvía loca.

—Más fuerte, Alejandro, ¡chinga más duro! —gritó ella, el placer acumulándose como una tormenta. Él obedeció, sus bolas golpeando contra ella con cada thrust. El olor a sexo impregnaba el aire, almizcle y fluidos mezclados. En la tele, la pareja llegaba al clímax, pero ellos estaban más allá, perdidos en su propio éxtasis.

El orgasmo la golpeó primero, un estallido que la hizo convulsionar, contrayéndose alrededor de él en oleadas. —¡Sí, sí, me vengo! —chilló, lágrimas de placer en los ojos. Alejandro la siguió segundos después, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro de ella, chorros calientes que la llenaron hasta rebosar.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en un montón sudoroso. La película terminaba con créditos rodando, pero ellos no la veían. Alejandro besó su frente, suave, tierno. —Te amo, Sofi. Esto fue mejor que cualquier amor y pasion pelicula.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con el dedo, sintiendo su corazón latir calmándose. El jazmín seguía flotando, ahora mezclado con su aroma compartido. Esto es lo que quiero siempre: nosotros, así de intensos, de reales. Afuera, la ciudad dormía, pero en su mundo, el fuego acababa de encenderse de nuevo.

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