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Novela Tierra de Pasiones

7465 palabras

Novela Tierra de Pasiones

Lucía pisó la tierra roja de la hacienda con un suspiro profundo, inhalando el aroma embriagador de la tierra de pasiones que tanto había extrañado. El sol de mediodía en Veracruz caía como una caricia ardiente sobre su piel morena, mientras el viento traía ecos lejanos de grillos y el dulce perfume de las bugambilias trepando por las paredes de adobe. Había dejado atrás el ruido caótico de la Ciudad de México por esto: la hacienda familiar, un paraíso verde donde los mangos colgaban pesados de las ramas y el aire vibraba con promesas de libertad.

Raúl estaba allí, esperándola junto al corral, con su camisa blanca pegada al torso musculoso por el sudor. Era el capataz desde que Lucía era chavita, pero ahora lo veía con ojos nuevos: alto, de hombros anchos, con esa barba incipiente que le daba un aire de hombre de verdad. Sus ojos negros la recorrieron de arriba abajo, y ella sintió un cosquilleo traicionero entre las piernas. Órale, Lucía, no seas pendeja, se dijo, pero su cuerpo ya respondía al calor que emanaba de él, mezclado con el olor terroso de los caballos y la piel curtida.

—¡Bienvenida, jefa! —gritó él con esa voz grave que retumbaba en su pecho como un tambor—. Neta que se te extrañó por aquí. La hacienda no es lo mismo sin tu sonrisa.

Ella rio, quitándose el sombrero para que el viento jugara con su cabello negro.

¿Por qué carajos mi corazón late así? Es solo Raúl, el wey que me enseñaba a montar cuando era morrita.
Pero ya no era morrita. A sus veintiocho, con curvas que el vestido ligero acentuaba, sentía la tensión crecer como una tormenta en el horizonte.

Los días siguientes fueron un torbellino de trabajo y miradas robadas. Lucía se unía a él en los campos, donde el sol les lamía la piel hasta dejarla brillante. El roce de sus brazos al pasar las herramientas enviaba chispas por su espina dorsal; el sonido de su risa ronca cuando contaba chistes verdes la hacía apretar los muslos. Una tarde, mientras cargaban heno, sus manos se encontraron. Los dedos de Raúl, callosos y fuertes, se demoraron en los suyos, y el pulso de ella se aceleró al sentir el calor que subía desde su palma.

—Estás más guapa que nunca, Lucía —murmuró él, su aliento cálido rozándole la oreja—. Esta tierra de pasiones te sienta chido.

Ella tragó saliva, el sabor salado del sudor en sus labios. Quiero que me bese ya, pendejo, pensó, pero solo sonrió y se alejó, dejando que la frustración ardiera en su vientre como tequila puro.

La noche del tercer día, la luna llena bañaba la hacienda en plata líquida. Lucía no podía dormir; el calor la tenía revuelta, el cuerpo anhelante. Salió al porche, descalza, con una camisola fina que se pegaba a sus pechos por la brisa húmeda. Raúl apareció de la nada, como un fantasma del deseo, con pantalón de mezclilla y torso desnudo, reluciente bajo la luz lunar.

—No podía dormir tampoco —confesó él, acercándose hasta que sus cuerpos casi se tocaban—. Pensaba en ti, en cómo me miras. Neta, Lucía, me vuelves loco.

El corazón de ella martilleaba tan fuerte que juraba que él lo oía. El olor de su piel —sudor masculino, tierra y un toque de tabaco— la envolvió como una droga.

Esto es como esas novelas que leía mi abuela, tierra de pasiones llenas de fuego y entregas totales.
Sin palabras, ella alzó la mano y trazó el contorno de su pecho, sintiendo los músculos tensarse bajo sus yemas.

—Muéstrame cuánto —susurró ella, su voz ronca de puro anhelo.

Raúl no esperó más. Sus labios cayeron sobre los de ella como lluvia caliente, devorándola con un hambre que la hizo gemir. El beso era salvaje: lenguas enredadas, dientes rozando, el sabor de su boca como miel y sal. Sus manos grandes subieron por su espalda, arrancándole la camisola con urgencia consentida. Lucía jadeó al sentir el aire fresco en sus senos expuestos, los pezones endurecidos como piedras preciosas.

Él la levantó en brazos, llevándola al granero cercano, donde el heno fresco crujía bajo sus cuerpos. La depositó con gentileza, pero sus ojos ardían. Qué chingón se ve, pensó ella, admirando cómo la luz de la luna filtraba rayos plateados sobre su verga ya dura, presionando contra la tela.

—Te deseo tanto, mi reina —gruñó él, besando su cuello, lamiendo el sudor que perlaba su clavícula. Cada roce de su lengua era fuego líquido; ella arqueó la espalda, clavando uñas en sus hombros.

Lucía exploró su cuerpo con manos temblorosas de excitación, bajando hasta desabrocharle el pantalón. La verga saltó libre, gruesa y pulsante, y ella la acarició con deleite, sintiendo la seda caliente de la piel, las venas latiendo bajo sus dedos.

¡Qué rica, tan grande y mía!
Raúl gimió, un sonido gutural que vibró en el aire cargado de su aroma almizclado, mezcla de deseo crudo y noche tropical.

Él descendió por su cuerpo, besando cada curva: los senos llenos, succionando pezones hasta que ella gritó de placer; el vientre suave, donde dejó mordidas juguetones. Cuando llegó a su entrepierna, separó sus muslos con reverencia. El olor de su excitación lo enloqueció; ella estaba empapada, la panocha hinchada y lista. Su lengua la invadió, lamiendo despacio al principio, saboreando el néctar salado y dulce. Lucía se retorcía, el crujir del heno bajo ella, los jadeos ahogados mezclándose con el canto de los grillos.

—¡Raúl, no pares, cabrón! —suplicó, tirando de su cabello—. Me vas a matar de gusto.

Él aceleró, chupando su clítoris con maestría, dedos gruesos hundiéndose en su calor húmedo. El orgasmo la golpeó como un rayo, ondas de placer sacudiéndola entera, el cuerpo convulsionando mientras gritaba su nombre al cielo estrellado.

Pero no era suficiente. Lucía lo empujó sobre el heno, montándolo con ferocidad empoderada. Guio su verga a su entrada, descendiendo lento, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla por completo. Qué chido, tan profundo, pensó, mientras sus caderas comenzaban a mecerse. El roce era exquisito: la fricción ardiente, sus bolas golpeando su culo con cada embestida, el sudor uniéndolos en una piel resbaladiza.

Raúl la sujetó por las caderas, follando hacia arriba con fuerza controlada, sus ojos fijos en los de ella. Soy tuya, decían sin palabras. El ritmo se volvió frenético: sonidos húmedos de carne contra carne, gemidos entrecortados, el olor espeso del sexo impregnando el aire. Ella cabalgó más rápido, pechos rebotando, uñas arañando su pecho. El clímax los alcanzó juntos; él se derramó dentro de ella con un rugido animal, mientras ondas de éxtasis la atravesaban de nuevo, dejándola temblando, vacía y llena al mismo tiempo.

Se derrumbaron enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El heno pincha suave bajo sus cuerpos exhaustos, la brisa nocturna enfriando el sudor. Raúl la besó en la frente, tierno ahora.

—Eres mi pasión, Lucía. Esta tierra nos unió para siempre.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho.

Mi novela tierra de pasiones apenas comienza
, pensó, mientras el amanecer teñía el cielo de rosa, prometiendo más noches de fuego en esa hacienda eterna.

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