Pasión de Gavilanes Capítulo 56 Fuego en las Venas
La hacienda olía a tierra mojada y a las flores de bugambilia que trepaban por las paredes de adobe. Tú, Gabriela, estabas sentada en el porche amplio, con una copa de tequila reposado en la mano, el líquido ámbar brillando bajo la luz de las velas. El viento nocturno jugaba con tu falda ligera de algodón, rozando tus muslos desnudos como una caricia prohibida. Frente a ti, la pantalla del televisor portátil transmitía Pasión de Gavilanes capítulo 56, esa escena donde los hermanos Reyes besaban a sus mujeres con una hambre que hacía que tu piel se erizara.
El sonido de las guitarras rancheras de fondo se mezclaba con los gemidos ahogados de la telenovela, y sentiste un cosquilleo traicionero entre las piernas. Qué chingón sería tener un hombre así, pensaste, mientras el tequila quemaba tu garganta con un sabor ahumado y dulce. Habías llegado a esta hacienda en las afueras de Guadalajara para desconectar, pero ahora, sola con tus fantasías, el calor subía por tu vientre como una llamarada. De repente, oíste el crujido de botas en la grava. Era él, Mateo, tu carnal desde hace meses, el capataz de ojos negros y manos callosas que te volvían loca.
—Wey, ¿qué haces viendo esa novela a estas horas? —dijo con esa voz ronca que te ponía los vellos de punta, acercándose con una sonrisa pícara. Llevaba la camisa blanca abierta hasta el pecho, sudada por el trabajo del día, oliendo a hombre, a cuero y a esfuerzo. Tú lo miraste de arriba abajo, notando cómo sus jeans ajustados marcaban el bulto que ya conocías tan bien.
—Es Pasión de Gavilanes capítulo 56, mi amor. Mira cómo se comen vivos... Me prende cañón —respondiste, mordiéndote el labio, dejando que tu voz saliera juguetona, como una invitación. Él se rio bajito, un sonido gutural que vibró en tu pecho, y se sentó a tu lado, su muslo grueso presionando el tuyo. El contacto fue eléctrico; sentiste el calor de su piel a través de la tela, y un pulso insistente empezó en tu clítoris.
Acto primero: la chispa. Mateo tomó tu copa y dio un trago largo, sus labios húmedos rozando el borde donde los tuyos habían estado. —¿Quieres que te haga lo mismo que ese Reyes? —murmuró, su aliento caliente contra tu oreja, oliendo a tequila y a menta. Tú asentiste, el corazón latiéndote como tambor en las costillas. Sus dedos ásperos subieron por tu falda, trazando la línea interna de tu muslo, deteniéndose justo antes de tocar donde más lo necesitabas. Neta, este pendejo sabe cómo volverme loca, pensaste, mientras arqueabas la espalda involuntariamente.
La televisión seguía, los diálogos apasionados de la novela llenando el aire: promesas de amor eterno y venganza ardiente. Mateo apagó el volumen con un control remoto, pero las imágenes mudas seguían hipnotizando. Te giró el rostro con una mano firme, y sus labios cayeron sobre los tuyos. El beso fue lento al principio, exploratorio, su lengua saboreando el tequila en tu boca, danzando con la tuya en un ritmo que te dejó sin aliento. Olía a tierra fértil, su sudor fresco mezclándose con el jazmín, y el roce de su barba incipiente raspando tu piel suave te hizo gemir bajito.
Acto segundo: la hoguera. Sus manos expertas desabotonaron tu blusa, exponiendo tus senos al aire nocturno. Los pezones se endurecieron al instante, sensibles al fresco viento y a su mirada hambrienta. —Estás rica, Gabriela, como un elote tierno —gruñó, bajando la cabeza para lamer uno, su lengua caliente y húmeda girando alrededor del pezón, succionando con fuerza que envió ondas de placer directo a tu entrepierna. Tú enredaste los dedos en su cabello negro revuelto, tirando suave, guiándolo. Sí, así, no pares, cabrón, rugía tu mente, mientras tus caderas se movían solas, buscando fricción contra su pierna.
Él te levantó en brazos como si no pesaras nada, sus músculos tensos bajo tu peso, y te llevó adentro, al cuarto principal con su cama king de sábanas de lino crudo. El olor a madera de pino y a velas de cera de abeja impregnaba el espacio. Te depositó con gentileza, pero sus ojos ardían con urgencia. Se quitó la camisa de un tirón, revelando el torso moreno marcado por el sol, cicatrices leves de trabajos duros que solo te excitaban más. Tú te quitaste la falda, quedando en tanga de encaje negro, y él se arrodilló entre tus piernas abiertas.
—Déjame probarte, mi reina —susurró, besando el interior de tus muslos, mordisqueando la piel sensible hasta llegar a tu centro. El primer roce de su lengua sobre tu clítoris fue como un rayo: plano, largo, saboreando tus jugos que ya fluían abundantes. ¡Qué chido! Su boca es puro vicio, pensaste, mientras tus manos apretaban las sábanas, el sonido de tus gemidos rebotando en las vigas del techo. Él lamía con devoción, chupando tu botón hinchado, metiendo la lengua dentro de ti, bebiendo tu esencia dulce y salada. El placer subía en espiral, tus paredes internas contrayéndose, pidiendo más.
Pero no querías acabar así. Lo jalaste hacia arriba, desabrochando sus jeans con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precum. —Fóllame ya, Mateo, no aguanto —suplicaste, voz ronca de deseo. Él se colocó entre tus piernas, frotando la punta contra tu entrada húmeda, lubricándote. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Sentiste cada vena pulsando dentro, llenándote hasta el fondo, su pubis raspando tu clítoris. Es enorme, me parte en dos y lo amo, gritaba tu interior.
Empezó a moverse, embestidas profundas y rítmicas, el sonido de piel contra piel como un tamborazo norteño. Sudor perlando sus abdominales, goteando sobre tus senos. Tú clavaste las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, mientras él te besaba el cuello, mordiendo suave, susurrando guarradas al oído: —Tu concha me aprieta como guante, Gabriela, eres mi vicio. El ritmo aceleró, tus pechos rebotando con cada golpe, el olor a sexo crudo llenando la habitación: almizcle, sudor, arousal puro. Tus orgasmos se acercaban, uno tras otro en olas crecientes.
Acto tercero: la explosión. Cambiaron de posición; tú encima, cabalgándolo como amazona en su corcel. Tus caderas giraban, moliendo su verga dentro de ti, sintiendo cómo tocaba ese punto mágico adentro. Él te amasaba las nalgas, un dedo rozando tu ano en caricia juguetona, sin presionar. —¡Sí, cabrón, dame duro! —gritaste, el placer cegador. El clímax te golpeó primero: un estallido desde el clítoris al cerebro, paredes convulsionando alrededor de él, jugos chorreando por sus bolas. Él rugió, embistiendo desde abajo, y se corrió segundos después, chorros calientes inundándote, su semen mezclándose con tus fluidos.
Colapsaron juntos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y placer. Mateo te abrazó fuerte, besando tu frente húmeda, su corazón galopando contra el tuyo. El aire olía a sexo satisfecho, a paz después de la tormenta. Afuera, el grillos cantaban, y la televisión seguía muda en el porche, testigo olvidado de Pasión de Gavilanes capítulo 56.
—Eres mi pasión, Gabriela, más que cualquier novela —murmuró él, trazando círculos perezosos en tu espalda. Tú sonreíste, el cuerpo lánguido, el alma plena. Esto es lo real, no hay venganza ni drama, solo nosotros, reflexionaste, mientras el sueño te envolvía en sus brazos fuertes. La noche se cerraba con un suspiro compartido, el fuego en las venas ahora un brasero cálido, eterno.