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Cuantos Capitulos Son en el Abismo de Nuestra Pasion

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Cuantos Capitulos Son en el Abismo de Nuestra Pasion

La luz tenue del atardecer se colaba por las cortinas de encaje en tu amplio departamento con vista al mar de Cancún, pintando todo de tonos anaranjados y rosados que te envolvían como un abrazo cálido. Estabas tirada en el sofá de piel suave, con las piernas cruzadas y el control remoto en la mano, enganchada a Abismo de Pasion, esa telenovela mexicana que te tenía al borde del asiento con sus dramas ardientes y pasiones desbordadas. El sonido de las olas rompiendo a lo lejos se mezclaba con los gemidos ahogados de los protagonistas en la pantalla, y un calor traicionero subía por tu vientre, haciendo que tu piel se erizara bajo la blusa ligera de algodón.

En tu mente, una duda picante te rondaba mientras veías a la heroína rendirse al deseo prohibido.

¿Cuantos capítulos son de la novela Abismo de Pasion? Ay, no puedo esperar, esta tensión me está matando, me dan ganas de vivir mi propio abismo aquí mismo.

Agarraste tu teléfono con dedos temblorosos, tecleando rápido la búsqueda. El refresco frío que tenías en la mesita sudaba gotitas que rodaban como perlas, y el olor salado del mar se colaba por la ventana entreabierta, mezclándose con el leve aroma de tu loción de vainilla que te hacía sentir sexy sin esfuerzo.

De pronto, la puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba él, tu carnal, Alejandro, con su camisa blanca desabotonada mostrando el vello oscuro de su pecho bronceado por el sol caribeño. Llevaba bolsas de la playa, pero sus ojos cafés se clavaron en ti de inmediato, notando tus mejillas sonrojadas y cómo mordías tu labio inferior.

¿Qué onda, nena? Te ves cañón así, toda encendida —dijo con esa voz ronca que te ponía la piel de gallina, dejando las bolsas y acercándose con paso lento, como un depredador juguetón.

Tú lo miraste de arriba abajo, sintiendo un pulso acelerado entre las piernas al ver cómo sus pantalones ajustados marcaban su paquete firme.

Es esta pinche telenovela, güey. Abismo de Pasion me tiene loca. Justo buscaba cuantos capítulos son de la novela Abismo de Pasion, son como 175 o qué sé yo, pero las escenas de pasión están de poca madre —respondiste, riendo nerviosa mientras apagabas la tele con el control.

Él se sentó a tu lado, su muslo musculoso rozando el tuyo, enviando chispas eléctricas por tu cuerpo. El calor de su piel traspasaba la tela, y olías su colonia fresca de madera y cítricos, esa que siempre te hacía salivar.

Son 175 capítulos, mi reina, pero ¿para qué contarlos si podemos hacer los nuestros? —murmuró, inclinándose para rozar tu oreja con los labios, su aliento caliente haciendo que un escalofrío te recorriera la espina dorsal.

El comienzo de la tensión fue sutil, como el primer beso en la telenovela. Sus dedos trazaron un camino lento por tu brazo, desde el hombro hasta la muñeca, mientras tú girabas el rostro para capturar su boca. El beso empezó suave, labios suaves probando sabores —café en su lengua, sal del mar en la tuya—, pero pronto se volvió hambriento, lenguas enredándose con un chup chup húmedo que llenaba la habitación. Tus manos subieron a su nuca, enredándose en su cabello negro y revuelto, tirando suave para que gimiera contra tu boca.

Él te empujó con gentileza contra los cojines, su cuerpo cubriendo el tuyo, pesado y delicioso. Sentías cada músculo tenso presionando tus curvas, su erección dura contra tu cadera, prometiendo lo que vendría. Qué chingón se siente esto, pensaste, mientras sus manos bajaban por tus costados, levantando tu blusa para exponer tu vientre plano y las chichis firmes bajo el brasier de encaje negro.

Estás mojadita ya, ¿verdad, preciosa? Déjame comprobar —susurró, con esa sonrisa pícara que te derretía, deslizando una mano por tu short de mezclilla, rozando el borde de tu tanga húmeda.

Asentiste, jadeando, y abriste las piernas instintivamente. Sus dedos encontraron tu clítoris hinchado, frotando en círculos lentos que te hicieron arquear la espalda. El sonido de tu respiración agitada se mezclaba con el chap chap suave de su piel contra la tuya, y el olor almizclado de tu excitación flotaba en el aire, embriagador como tequila añejo.

La intensidad subió como las tramas de la novela, capa por capa. Te quitó la blusa con urgencia, lamiendo tus pezones duros que sabían a sal y deseo, succionándolos hasta que gemías alto, ¡ay, cabrón, no pares!. Tú bajaste sus pantalones, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante en tu mano. La piel suave sobre el acero duro te fascinaba; la acariciaste de arriba abajo, sintiendo las venas saltar, y él gruñó profundo, un sonido animal que vibró en tu pecho.

Lo empujaste al sofá, montándote a horcajadas, frotando tu panocha mojada contra su longitud sin penetrar aún, solo torturándolo con el calor resbaloso. El roce era eléctrico, visiones borrosas de cuerpos sudados, olores intensos de sexo inminente. Él agarró tus nalgas redondas, amasándolas fuerte, dejando marcas rojas que dolían rico.

Te quiero adentro, Alejandro, métemela ya, pendejo —supliqué, voz ronca, guiándolo a tu entrada.

Despacio, milímetro a milímetro, se hundió en ti, estirándote deliciosamente. Sentías cada centímetro llenándote, el roce interno contra tus paredes sensibles, hasta que sus bolas peludas chocaron contra tu culito. El placer era abrumador: pulsos acelerados latiendo juntos, sudor perlando frentes, gemidos sincronizados como olas. Empezó a bombear, lento al principio, saliendo casi todo para volver profundo, plaf plaf contra tu piel, mientras tú rebotabas, chichis saltando, uñas clavadas en su pecho.

La tensión creció, espiral ascendente. Cambiaron posiciones: él te puso a cuatro patas en el suelo mullido, entrando por atrás con fuerza controlada, una mano en tu clítoris, otra tirando tu cabello. El espejo de la pared reflejaba todo —tu rostro extasiado, sus abdominales contraídos, la unión húmeda brillando—. Olías el mar, el sudor, el semen próximo; saboreabas el beso salado cuando girabas la cabeza; tocabas su piel febril, oías tus gritos ¡más duro, sí, carnal!.

El clímax llegó como un tsunami. Tus paredes se apretaron alrededor de su verga, ordeñándolo, mientras ondas de placer te sacudían desde el centro hasta las yemas de los dedos. Él rugió, corriéndose dentro con chorros calientes que te llenaron, prolongando tu orgasmo en éxtasis compartido. Colapsaron juntos, cuerpos temblando, respiraciones entrecortadas, piel pegajosa y satisfecha.

En el afterglow, acurrucados en el sofá, con su brazo alrededor de tu cintura y tus piernas enredadas, el sol se hundía en el horizonte. Él besó tu sien, riendo bajito.

Ves, nena, nuestro abismo de pasión no tiene fin de capítulos. Cada noche uno nuevo.

Tú sonreíste, trazando círculos en su pecho, sintiendo la paz profunda post-sexo, el corazón lleno. La telenovela podía esperar; esta era tu historia real, infinita y ardiente.

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