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Abismo de Pasion Capitulo 55

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Abismo de Pasion Capitulo 55

Lucía se recargó en la barandilla del balcón de su departamento en Polanco, con el skyline de la Ciudad de México brillando como un mar de luces a sus pies. El aire fresco de la noche traía el aroma dulce de las jacarandas que empezaban a florecer en las calles abajo, mezclado con el humo lejano de algún taquero callejero. Llevaba un vestido negro ajustado que se pegaba a sus curvas como una segunda piel, y el viento juguetón le erizaba la piel de los brazos. Hacía una semana que no veía a Diego, y ese abismo de pasion que siempre los unía se sentía más profundo que nunca. ¿Sería esta la noche en que todo explotaría?

El sonido del elevador rompió el silencio. Su corazón latió más fuerte, como un tambor en una fiesta de pueblo. Diego entró con esa sonrisa pícara que la volvía loca, su camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro de su pecho. Olía a colonia cara y a sudor fresco de la moto que acababa de estacionar. “Mamacita”, murmuró acercándose, su voz ronca como el rugido de un motor viejo. “Te extrañé tanto que casi me vuelvo loco en el camino”.

Lucía se giró despacio, sintiendo cómo sus pezones se endurecían bajo la tela delgada. Lo miró de arriba abajo, deteniéndose en esos ojos cafés que prometían travesuras. “Wey, ¿sabes lo que me hiciste pasar? Toda la semana pensando en ti, en tus manos sobre mí”. Su voz era un susurro cargado de reproche juguetón, pero el fuego en su vientre ya ardía. Diego se acercó más, su aliento cálido rozándole el cuello, y le plantó un beso suave justo debajo de la oreja. El olor de su piel, salado y masculino, la invadió como una droga.

¿Por qué siempre me hace esto? Cada vez que se va, ese vacío me come viva, pero cuando regresa... ay, Dios, es como caer en un abismo de pasion del que no quiero salir nunca.

Acto primero: la tensión inicial. Se sentaron en el sofá de piel blanca, con una botella de tequila reposado entre ellos. Diego sirvió dos shots, el líquido ámbar brillando bajo la luz tenue de las velas que Lucía había encendido. “Por nosotros, mi reina”, brindó él, chocando su vaso. Ella bebió de un trago, sintiendo el fuego bajar por su garganta y expandirse en su pecho. Sus rodillas se rozaron, y esa chispa eléctrica la hizo apretar los muslos. Hablaron de la semana: él de su viaje a Guadalajara por negocios, ella de las noches solitarias en que se tocaba pensando en él. “Neta, Diego, me volvía loca imaginando tu verga dura dentro de mí”, confesó, su mejilla sonrojada pero los ojos desafiantes.

Él rio bajito, una risa que vibró en su pecho y la hizo temblar. “Chula, si hubieras estado allá, te hubiera follado en el hotel hasta que no pudieras caminar”. Sus palabras eran como caricias, y Lucía sintió su panocha humedecerse, el calor entre sus piernas creciendo. Se inclinó hacia él, sus labios a centímetros, pero se detuvo. Quería que suplicara un poco. El aire se cargó de ese aroma almizclado de deseo mutuo, el de ella dulce como miel, el de él terroso como tierra mojada después de la lluvia.

La mano de Diego subió por su muslo, lenta, explorando la piel suave bajo el vestido. Lucía jadeó, el tacto áspero de sus dedos callosos enviando ondas de placer directo a su clítoris. “Para, pendejo”, dijo riendo, pero abriendo más las piernas. Él no paró; en cambio, la jaló a su regazo, sus erecciones presionando contra ella a través de la tela. El beso que siguió fue hambriento: lenguas enredándose, sabores de tequila y saliva mezclándose, dientes mordisqueando labios hinchados. Lucía sintió su verga palpitante contra su entrada, y gimió en su boca.

Acto segundo: la escalada. Se levantaron como poseídos, tropezando hacia la recámara. La cama king size los esperaba con sábanas de satén negro, el cuarto iluminado solo por la luna que se colaba por las cortinas. Diego la desvistió con reverencia, besando cada centímetro de piel que liberaba. Primero los hombros, lamiendo el sudor salado; luego los senos, chupando los pezones duros como caramelos, haciendo que Lucía arqueara la espalda y soltara un “¡Ay, cabrón, qué rico!”. El sonido de su respiración agitada llenaba el cuarto, mezclado con el roce húmedo de su lengua.

Lucía lo empujó a la cama, queriendo tomar control. Se arrodilló entre sus piernas, desabrochando su pantalón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la punta ya brillando de precum. “Mira lo que me haces”, gruñó él. Ella la lamió desde la base hasta la cabeza, saboreando el gusto salado y ligeramente amargo, inhalando el olor almizclado de su excitación. Lo tomó en la boca, succionando con hambre, sintiendo cómo latía contra su lengua. Diego enredó los dedos en su cabello, gimiendo “Sí, así, mi amor, chúpamela toda”. El poder de tenerlo así, rogando, la empoderaba, hacía que su propia humedad corriera por sus muslos.

Este es nuestro abismo de pasion capitulo 55, pensé, mientras lo veía retorcerse. Cada encuentro es un capítulo más profundo, más intenso. No hay vuelta atrás.

Pero quería más. Se subió encima de él, frotando su panocha empapada contra su verga, lubricándola. “Te quiero dentro, ya”, suplicó ella, y él obedeció, embistiéndola de un solo empujón. Lucía gritó de placer, el estiramiento perfecto llenándola por completo. Cabalgaron juntos, piel contra piel sudorosa, el slap-slap de sus cuerpos chocando como música erótica. Él pellizcaba sus nalgas, ella arañaba su pecho, dejando marcas rojas. El olor a sexo impregnaba el aire: sudor, fluidos, pasión cruda. Sus pulsos latían al unísono, corazones desbocados. Diego la volteó, poniéndola a cuatro patas, y la penetró más profundo, una mano en su clítoris frotando círculos rápidos. “Vente conmigo, Lucía, déjame sentirte apretarme”, ordenó, y ella explotó, ondas de éxtasis recorriéndola, contrayendo alrededor de él hasta que él también se derramó, caliente y abundante dentro de ella.

Acto tercero: el afterglow. Colapsaron enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Diego la besó en la frente, suave ahora, mientras sus dedos trazaban patrones perezosos en su espalda. El cuarto olía a ellos, a sexo satisfecho, y el silencio era cómodo, roto solo por el zumbido lejano del tráfico. Lucía se acurrucó contra su pecho, escuchando el latido constante de su corazón. “Esto es lo que necesitaba, wey”, murmuró. “Tú y yo, cayendo en este abismo una y otra vez”.

Él sonrió, besándole el cabello húmedo. “Y lo haremos por muchos capítulos más, mi vida. Capítulo 55 fue épico, pero el 56 será legendario”. Rieron bajito, el cuerpo aún zumbando de placer residual. Lucía sintió una paz profunda, como si el mundo entero se redujera a esa cama, a sus cuerpos entrelazados. El deseo no se había apagado del todo; ya latía una semilla para la próxima vez. Pero por ahora, en los brazos del hombre que la completaba, todo era perfecto. El abismo de pasión los había tragado, y no querían salir.

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