Pasión Tricolor en Vivo
La pantalla del tele brillaba con los colores verde blanco y rojo del estadio Azteca abarrotado. Era la pasión tricolor en vivo, México contra Brasil en las eliminatorias, y el ambiente en mi depa en la Condesa estaba que ardía. Yo, Ana, con mi playera de la Selección ajustadita que me marcaba las curvas, estaba sentada en el sillón de piel, con las piernas cruzadas y una chela fría en la mano. Al lado mío, Luis, mi carnal del alma desde la uni, pero que últimamente me ponía el ojo de otra forma. Alto, moreno, con esa barba de tres días que me raspaba delicioso cuando nos dábamos un beso robado.
Órale, neta que este wey me calienta con solo mirarlo, pensé mientras él gritaba ¡Vamos México cabrones! cada vez que Chicharito tocaba el balón. El calor de la tarde se colaba por la ventana abierta, trayendo olor a elotes asados de la calle y el zumbido lejano de los cláxones. Sudábamos un poco ya, y no solo por el pinche sol.
El primer tiempo iba uno cero a favor de ellos, y la tensión se sentía en el aire. Luis se recargó más cerca, su muslo rozando el mío. Sentí el calor de su piel a través del short de fútbol que traía.
¿Y si le digo que me bese ahorita? No mames, el partido está chingón, me dije, mordiéndome el labio. Él volteó, con esa sonrisa pícara: "¿Qué pasa, morra? ¿Te estoy distrayendo?"
Le di un codazo juguetón. "Ni madres, pendejo. Es que tú nomás gritas y me pones los nervios de punta." Pero mi voz salió ronca, traicionera. Su mano grande se posó en mi rodilla, subiendo despacito por el interior del muslo. El roce era eléctrico, como un chispazo. Olía a su colonia mezclada con sudor fresco, ese aroma macho que me hacía mojarme de inmediato.
El estadio en la tele rugía con un tiro al arco. México defendía como leones. Yo abrí las piernas un poquito más, invitándolo sin palabras. Luis no era pendejo; su dedo índice trazó círculos en mi piel, cada vez más arriba, hasta rozar el borde de mis calzones. "Mmm, Ana, estás caliente como el pinche partido", murmuró al oído, su aliento cálido oliendo a chela y chiles.
El medio tiempo llegó como salvación y tentación. El narrador gritaba sobre la pasión tricolor en vivo, y nosotros nos volteamos como imanes. Nuestros labios chocaron, hambrientos. Su lengua invadió mi boca, saboreando a sal y cerveza. Le jalé el pelo, pegándome a él. Sus manos expertas me quitaron la playera, dejando mis tetas al aire, pezones duros como piedras por la emoción. Él gemía bajito, chupando uno mientras masajeaba el otro. Sentí su verga tiesa presionando contra mi cadera, dura como fierro.
Chingado, quiero que me coja ya, pero hay que esperar, que el segundo tiempo va a estar de poca madre. Me levanté rápido, quitándome el short y los calzones de un jalón. Quedé en pelotas frente a él, mi piel brillante de sudor, el vello de mi conchita húmeda reluciendo bajo la luz del atardecer. Luis se bajó el short, liberando su pito grueso, venoso, con la cabeza roja y lista. Lo tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado, caliente como lava.
Nos sentamos a horcajadas uno sobre el otro en el sillón, pero sin penetrar todavía. El partido arrancó de nuevo. Brasil atacaba feroz, y nosotros nos frotábamos despacio. Mi clítoris rozaba su tronco, enviando ondas de placer que me hacían jadear. Él me mordía el cuello, dejando marcas rojas. "Eres una chingona, Ana. Me tienes loco." Yo le respondí apretando su verga, masturbándolo lento mientras el portero mexicano atajaba un penal. El grito del estadio se mezcló con mi gemido.
La intensidad subía. Cada jugada peligrosa era un toque más profundo. Sus dedos se colaron en mi coño empapado, dos de ellos entrando y saliendo con ritmo, chapoteando. Olía a sexo puro, a mi juguito dulce y salado mezclándose con su sudor. Lamí su pecho, saboreando la sal de su piel, mientras él me comía un pezón como si fuera el último gol del mundo.
Pinche tensión, mi cuerpo tiembla, pero aguanto porque cuando explote va a ser épico.
México empató con un cabezazo de Moreno. ¡Golazo! El depa tembló con nuestro grito. Luis me levantó como pluma, poniéndome de rodillas en el sillón, mi culo en pompa hacia él. Entró de una, profundo, llenándome hasta el fondo. "¡Sí, cabrón, así!" grité, mientras él embestía fuerte, sus bolas chocando contra mi clítoris. El sonido era obsceno: piel contra piel, húmedo y rítmico, como el tambor del estadio.
Cada thrust era sincronizado con el partido. Cuando Chicharito corría, él aceleraba; en defensa, embestidas lentas y tortas. Sentía su verga palpitar dentro, rozando mi punto G, haciendo que mis paredes se contrajeran. Sudor nos chorreaba por espalda, goteando al sillón. Él me jalaba el pelo, no fuerte, sino posesivo, y yo arqueaba más la espalda, pidiéndole más. "Más duro, Luis, no seas marica", lo reté, y él obedeció, clavándomela hasta que vi estrellas.
El minuto 85, tensión máxima. Brasil tenía el balón. Nosotros al borde. Luis sacó su pito, brillante de mis jugos, y me volteó boca arriba. Me abrió las piernas, lamiendo mi coño con hambre: lengua plana en el clítoris, chupando mis labios hinchados. Saboreaba mi miel, gruñendo de placer. Yo me retorcía, pellizcándome las tetas, el olor de mi excitación llenando el cuarto.
No aguanto más, voy a venirme como nunca.
¡Gol de México! El estadio enloqueció, el narrador chilló sobre la pasión tricolor en vivo. Fue la gota. Luis se hundió en mí de nuevo, missionary profundo, nuestros ojos clavados. Nuestros cuerpos chocaron en frenesí: piel resbalosa, pulsos latiendo al unísono, gemidos ahogados por besos. Sentí el orgasmo subir como ola, contrayéndome alrededor de él. "¡Me vengo, chingada madre!" Él rugió, llenándome con chorros calientes, su semen mezclándose con mis jugos, chorreando.
Colapsamos jadeantes, el tele aún gritando victoria. Su peso sobre mí era delicioso, protector. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Olía a nosotros, a sexo satisfecho y chela tibia. Afuera, la ciudad festejaba con cohetes.
"Neta, Ana, esto fue mejor que cualquier mundial", susurró él, acariciando mi pelo revuelto. Yo sonreí, trazando su pecho con uñas.
La pasión tricolor en vivo no se compara con la nuestra, carnal. Pero que se repita pronto. Nos quedamos así, enredados, mientras los highlights rodaban, el corazón aún acelerado por el juego y por nosotros.