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Pasion Prohibida

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Pasion Prohibida

El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda en las afueras de Guadalajara, tiñendo de oro las viñas que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Yo, Laura, acababa de llegar de la ciudad para la celebración del cumpleaños de mi tía Chucha. El aire olía a tierra húmeda después de la lluvia matutina, mezclado con el aroma dulce de las flores de bugambilia que trepaban por las paredes de adobe. Me sentía viva, renovada, con ese cosquilleo en el estómago que siempre me daba volver a este lugar de mi infancia.

Ahí estaba él, Diego, el hijo del capataz, cargando unas cajas de tequila al patio central. Alto, moreno, con esa camiseta ajustada que marcaba sus músculos forjados en el trabajo del rancho. Nuestras familias tenían un viejo rencor por una disputa de tierras hace años, nada grave ya, pero suficiente para que mi papá siempre me dijera: "No te juntes con ese pendejo de los López". Sin embargo, desde chavos, Diego y yo nos mirábamos de reojo, con esa chispa que nadie más notaba. Una pasión prohibida que ardía en silencio.

¡Órale, Laura! ¿Ya volviste a engordar esas curvas tan chidas? —me soltó con esa sonrisa pícara, dejando las cajas en el suelo. Su voz grave me erizó la piel, y el sudor en su cuello brillaba como invitación.

Reí, sintiendo el calor subir por mis mejillas. —No seas güey, Diego. Tú sigues igual de menso. Pero mis ojos se detuvieron en sus labios carnosos, imaginando su sabor salado.

La fiesta empezó al atardecer. Mariachis tocaban El Rey mientras el tequila corría como río. Bailé con primos y tíos, pero siempre lo buscaba con la mirada. Él charlaba con los compadres, pero sus ojos negros me perforaban, prometiendo secretos. El olor a carne asada en la parrillada se mezclaba con el humo de las fogatas, y cada trago de tequila avivaba el fuego en mi vientre.

¿Por qué carajos me hace esto? Esa mirada suya me moja las panties sin tocarme. Es prohibido, pero ¿y si solo por esta noche...?

La noche avanzó, y la gente se dispersó. Me escabullí hacia el establo, fingiendo buscar un poco de aire fresco. El corazón me latía como tamborazo. Oí pasos detrás, crujido de grava. Era él.

¿Te perdiste, reina? —susurró cerca de mi oreja, su aliento cálido con toques de tequila y menta.

Me giré, nuestra distancia era un suspiro. —Solo necesitaba... espacio. Mi mano rozó su brazo por accidente, pero no la quité. Su piel ardía, áspera por el trabajo, y un escalofrío me recorrió la espina.

Nos quedamos así, mirándonos. El silencio del rancho nos envolvía: relinchos lejanos, grillos cantando, el viento susurrando entre las hojas. Diego levantó la mano, apartó un mechón de mi cabello húmedo por el sudor. —Desde siempre te he querido, Laura. Esta pasión prohibida me quema vivo.

Sus palabras fueron el detonante. Me lancé a sus labios, hambrienta. Su boca era fuego líquido, lengua invadiendo la mía con sabor a tequila y deseo puro. Gemí contra él, mis manos enredándose en su pelo negro revuelto. Él me apretó contra la pared de madera del establo, su cuerpo duro presionando el mío. Sentí su verga tiesa contra mi vientre, palpitante, y un jadeo se me escapó.

Chíngame, Diego... hazme tuya —murmuré, mi voz ronca, perdida en la niebla del deseo.

Sus manos bajaron por mi espalda, amasando mis nalgas con fuerza juguetona. ¡Qué chingón se siente! Levantó mi falda floreada, dedos expertas deslizándose por mis muslos hasta encontrar mi panocha empapada. —Estás chorreando, preciosa. Por mí, ¿verdad?

Asentí, mordiéndome el labio mientras él frotaba mi clítoris con círculos lentos, torturantes. El placer era eléctrico, oleadas subiendo por mis piernas. Olía a heno fresco y a nuestro sudor mezclándose, embriagador. Me besó el cuello, lamiendo la sal de mi piel, mientras introducía dos dedos en mí, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hacía arquear.

No puedo más. Quiero sentirlo todo, su verga gruesa partiéndome en dos.

Lo empujé al suelo, sobre una manta de heno que amortiguaba. Le arranqué la camisa, besando su pecho ancho, saboreando el sudor salado y el vello rizado. Bajé más, desabrochando su jeans. Su verga saltó libre, venosa, cabezota reluciente de pre-semen. La tomé en mi mano, dura como hierro caliente, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando su esencia almizclada, masculina.

¡No mames, Laura! Tu boca es el paraíso —gruñó, sus caderas embistiéndome suavemente.

La chupé con ganas, succionando, mi lengua girando alrededor. Él jadeaba, manos en mi cabeza guiándome. Pero quería más. Me quité la blusa y el bra, mis tetas libres balanceándose. Diego se incorporó, mamándolas con hambre, mordisqueando pezones endurecidos. El placer me hacía gemir alto, afortunadamente el rancho estaba desierto.

Me recostó, abriendo mis piernas. Su mirada devorándome me hizo sentir poderosa, deseada. —Te voy a follar hasta que grites mi nombre.

Entró en mí de un solo empujón, llenándome por completo. ¡Ay, cabrón! Tan grueso, tan perfecto. Sus embestidas eran lentas al principio, profundas, rozando cada rincón sensible. El sonido de piel contra piel, húmedo, obsceno, se mezclaba con nuestros gemidos. Sudábamos, cuerpos deslizándose aceitosos. Aceleró, follándome duro, sus bolas golpeando mi culo.

Más fuerte, Diego... ¡sí, así! —supliqué, uñas clavadas en su espalda.

Sentí el orgasmo construyéndose, una tormenta en mi bajo vientre. Él gruñía, perdido, su verga hinchándose más. —Vente conmigo, mi amor prohibido.

Exploté primero, un grito ahogado mientras mi panocha se contraía alrededor de él, jugos calientes brotando. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, pulsando dentro. Colapsamos, jadeantes, su peso reconfortante sobre mí. El olor a sexo impregnaba el aire, nuestro sudor enfriándose en la brisa nocturna.

Nos quedamos así un rato, besándonos suaves, tiernos. —Esto fue chido, pero prohibido, ¿eh? Nuestras familias nos matarían —dijo él, acariciando mi mejilla.

Sonreí, el corazón lleno. —Por eso fue tan intenso. Nuestra pasión prohibida nos une más.

Nos vestimos entre risas y promesas de discreción. Caminamos de vuelta por separado, pero con el alma ligera. Esa noche, en mi cama, reviví cada roce, cada sabor. Sabía que no sería la última vez. La hacienda guardaría nuestro secreto, y el tequila testificaría nuestra llama eterna.

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