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La Casa del Diario de una Pasión

7349 palabras

La Casa del Diario de una Pasión

Me mudé a esa casa vieja en el corazón de Coyoacán hace un mes, buscando un rincón chido para escribir mis propios cuentos. La casa de diario de una pasión, como la llamaban los vecinos con esa risa pícara, tenía un aire misterioso. Paredes de adobe con grietas que susurraban secretos, un patio central con buganvilias rojas trepando como venas hinchadas y un olor a tierra mojada que se colaba por las ventanas cada que llovía. Al principio, todo era normal: desempacaba cajas, ponía mis plantas y me echaba una chela en la azotea al atardecer, viendo cómo el sol teñía de naranja los tejados.

Pero una tarde, hurgando en el clóset del cuarto principal, encontré un cajón escondido. Adentro, un librito forrado en cuero gastado, con letras doradas desvaídas: Diario de una Pasión. Mi corazón dio un brinco. Lo abrí con dedos temblorosos, y el aroma a papel viejo y perfume marchito me invadió las fosas nasales, como un suspiro de mujer olvidada. Las primeras páginas hablaban de soledad, pero pronto se volvían fuego puro.

Esta noche, su piel olía a tabaco y sudor fresco, como después de un partido de fut. Me apretó contra la pared de la cocina, sus manos grandes abriéndole la blusa con urgencia. Sentí su aliento caliente en mi cuello, "Te necesito, mi reina", murmuró, y yo me derretí como manteca en comal caliente.

Leí devorando cada línea, sentada en la cama con las piernas cruzadas. La dueña anterior, una tal Rosa, describía encuentros que me ponían la piel de gallina. En la casa de diario de una pasión, como ella la nombraba en sus entradas, había vivido amores intensos con un hombre casado, un carpintero del barrio. Cada roce, cada gemido, lo pintaba con detalles que me hacían apretar los muslos. Oía el crujido de la madera bajo sus cuerpos, sentía el sabor salado de su piel en mi lengua imaginaria. Esa noche, no pude dormir. Mi cuerpo ardía, un calor húmedo entre las piernas que me obligaba a tocarme despacio, imaginando que era yo la de las páginas.

Al día siguiente, conocí a Luis. Venía del otro lado del muro, con una caja de herramientas para checar una gotera que yo le había mencionado al casero. Alto, moreno, con brazos fuertes de quien trabaja con las manos y una sonrisa que iluminaba sus ojos cafés. "Órale, vecina, ¿ya te instalaste bien? Esta casa tiene su chiste, ¿verdad?", dijo mientras subía la escalera, su camiseta pegada al torso por el sudor de la mañana. El olor a hombre, a jabón y esfuerzo, me mareó. Asentí, tratando de no mirarlo fijo, pero mis ojos traicioneros bajaban a su cintura, donde el pantalón marcaba lo que escondía.

Los días siguientes fueron tortura dulce. Luis pasaba más seguido, pretextos tontos: arreglar una luz, podar el nopal del patio. Yo le ofrecía café de olla, negro y humeante, y platicábamos de la vida en el barrio. Pero en mi mente, el diario susurraba. Leía entradas nuevas por las noches:

Sus dedos me exploran como si fuera un tesoro enterrado. "Estás tan mojada, amor", gruñe, y yo arqueo la espalda, gimiendo su nombre. El sabor de él en mi boca, salado y adictivo, me hace perder la cabeza. En esta casa, cada rincón guarda nuestro fuego.

Me tocaba pensando en Luis, en cómo sería su piel áspera contra la mía, su peso encima. La tensión crecía como tormenta en abril. Una noche de lluvia torrencial, el trueno retumbó y se fue la luz. Toqué la puerta de su casa, empapada, con una playera blanca que se pegaba a mis curvas como segunda piel. "Luis, ¿me das una vela? Todo está oscuro allá". Él abrió, solo con shorts, el pecho desnudo brillando con gotas de lluvia que se colaban por su techo. Sus ojos me recorrieron despacio, deteniéndose en mis pezones duros bajo la tela.

"Pasa, Ana. No mames, estás hecha sopa". Me envolvió en una cobija, pero su mano rozó mi brazo, enviando chispas. Nos sentamos en su sala sencilla, con velas parpadeando sombras danzantes en las paredes. El aire olía a lluvia y a él, un perfume macho que me ponía la cabeza loca. Hablamos bajito, de todo y nada, hasta que saqué el diario. "Mira lo que encontré en la casa de diario de una pasión. Es... intenso". Se lo pasé, y vi cómo sus pupilas se dilataban leyendo un párrafo.

"Neta, esta Rosa era fuego puro. ¿Y tú qué, Ana? ¿Te prende leer eso?". Su voz era ronca, sus dedos rozando los míos al devolverme el libro. El corazón me latía en el pecho como tamborazo. "Sí... me prende mucho", confesé, mirándolo fijo. Se acercó, su aliento cálido en mi cara. "¿Quieres que hagamos nuestro propio diario?". Asentí, y sus labios cayeron sobre los míos, suaves al principio, luego hambrientos. Sabían a tequila y deseo, su lengua danzando con la mía en un beso que me dejó sin aire.

Me levantó en brazos, llevándome a su cuarto. La cama crujió bajo nuestro peso, las sábanas frescas contra mi piel ardiente. Sus manos expertas me quitaron la playera, besando cada centímetro expuesto: el cuello, los hombros, bajando a mis senos. "Qué chingones, Ana", murmuró, chupando un pezón con succión que me arrancó un gemido. Sentí su erección dura contra mi muslo, gruesa y pulsante. "Te quiero tanto", jadeé, arañando su espalda, oliendo su sudor fresco mezclado con el mío.

La lluvia azotaba las ventanas como testigo, mientras él bajaba mis shorts, sus dedos encontrando mi centro empapado. "Estás chorreando, mi amor. Por mí, ¿verdad?". "Sí, pendejo, por ti y por ese pinche diario", reí entre jadeos, mientras me penetraba con dos dedos, curvándolos justo ahí, haciendo que mis caderas se arquearan. El sonido húmedo de mi excitación llenaba la habitación, obsceno y delicioso. Lo empujé hacia atrás, queriendo mi turno. Le bajé los shorts, y su verga saltó libre, venosa y tiesa, con una gota perlada en la punta. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y grosor, y la lamí despacio, saboreando su salinidad. "¡Carajo, qué rico tu boca!", gruñó, enredando dedos en mi pelo.

La tensión explotó cuando me monté encima. Me hundí en él centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarme por completo, estirándome deliciosamente. "Muévete, Luis, fóllame duro". Y lo hizo, embistiéndome desde abajo con fuerza controlada, sus manos en mis nalgas guiándome. El slap-slap de piel contra piel se mezclaba con nuestros jadeos, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Sudábamos, nos mordíamos, nos susurrábamos guarradas: "Más adentro, cabrón", "Te aprieto con mi concha, ¿sientes?". El orgasmo me golpeó como rayo, olas de placer sacudiendo mi cuerpo, contrayéndome alrededor de él hasta que rugió y se vino dentro, caliente y abundante.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones calmándose al ritmo de la lluvia que amainaba. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos perezosos. "Esto va a ser el inicio de nuestro diario, ¿no?", dijo con voz satisfecha. Sonreí contra su pecho, oliendo su piel ahora mezclada con la mía. En la casa de diario de una pasión, todo acababa de empezar. Esa noche dormí en sus brazos, soñando con más entradas por escribir, más fuegos por avivar. Y al amanecer, con el sol filtrándose, supe que esta casa ya no era solo mía: era nuestra, llena de promesas calientes y pasiones vivas.

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