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Pasión Capítulo 96 Fuego en la Piel

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Pasión Capítulo 96 Fuego en la Piel

Tú estás recostada en el sillón de tu depa en la Condesa, con el ventilador zumbando perezoso contra el bochorno de la noche veraniega en la Ciudad de México. El olor a tacos de la taquería de la esquina se cuela por la ventana entreabierta, mezclado con el aroma dulce de tu crema corporal de vainilla. Llevas un vestidito negro ajustado que apenas roza tus muslos, y sientes el roce suave de la tela contra tu piel arrebolada. ¿Cuánto tiempo más vas a esperar, cabrona? piensas, mientras das un sorbo a tu chela fría, el gas picándote en la lengua.

El sonido de la llave en la cerradura te eriza la nuca. Javier entra, con esa sonrisa pícara que te deshace las rodillas, su camisa blanca pegada al torso por el sudor de la calle. Es alto, moreno, con ojos que prometen travesuras. "Órale, mi reina, ¿me extrañaste?" dice con voz ronca, cerrando la puerta de un empujón. Tú asientes, mordiéndote el labio, y el corazón te late como tamborazo en una fiesta de pueblo.

Esto es puro pasión capítulo 96, como en esa novela que veías de morrilla, donde la protagonista se entrega sin frenos al galán que la vuelve loca.

Él se acerca despacio, quitándose la camisa con un movimiento fluido que deja ver sus abdominales marcados, brillando bajo la luz tenue de la lámpara. El olor de su colonia cítrica te envuelve, mezclado con ese toque masculino, sudor fresco que te hace cerrar los ojos. Tus pezones se endurecen bajo el vestido, traicioneros, y sientes un cosquilleo húmedo entre las piernas. Javier se arrodilla frente a ti, sus manos grandes y callosas subiendo por tus pantorrillas, masajeando con firmeza. "Neta, estás más rica que nunca, mi amor."

Acto primero: la chispa. Tú lo miras, desafiante, y extiendes la mano para acariciar su barba de tres días, áspera contra tu palma suave. Su piel quema como brasas, piensas, mientras él besa tu rodilla, subiendo lento, dejando un rastro de besos húmedos que te erizan los vellos. El trueno retumba afuera, y la lluvia empieza a golpear las ventanas como dedos impacientes. Tú arqueas la espalda, invitándolo, y él responde con un gruñido bajo, animal. Sus labios alcanzan el borde de tu vestido, y con dientes lo jala un poco, exponiendo más piel. Sientes su aliento caliente en el interior de tus muslos, y un jadeo se te escapa, ronco, verdadero.

"Quítamelo todo, Javier, no seas pendejo." Le ordenas, voz temblorosa de anticipación. Él obedece, deslizando el vestido por tus caderas, y tú levantas los brazos como ofrenda. Desnuda, solo con tu tanguita de encaje negro, sientes el aire fresco lamiendo tu vientre plano, tus chichis firmes apuntando a él. Javier te devora con la mirada, lamiéndose los labios. Me ve como si fuera el último pedazo de pastel en la fiesta, reflexionas, y el pensamiento te moja más.

Él se pone de pie, desabrochando su cinturón con un chasquido metálico que resuena en tu pecho. Sus jeans caen, revelando su verga dura, gruesa, palpitante bajo los bóxers. Tú extiendes la mano, la tocas por encima de la tela, sintiendo el calor irradiar, el pulso acelerado como el tuyo. "Ay, wey, estás listo para mí." Murmuras, y él ríe bajito, quitándose todo. Ahora los dos desnudos, piel con piel en el sillón, sus músculos duros contra tus curvas suaves. El beso viene como tormenta: lenguas enredadas, sabores a chela y menta, dientes mordiendo labios hinchados. Sus manos amasan tus nalgas, apretando, separando, y un dedo roza tu entrada húmeda, haciendo que gimas en su boca.

La tensión sube como el volumen en una rola de rock. Acto segundo: el fuego. Javier te carga como si no pesaras nada, tus piernas envolviéndolo por la cintura, y te lleva al cuarto. La cama king size cruje bajo el peso, sábanas frescas de algodón egipcio rozando tu espalda. Él se echa encima, peso delicioso, y besa tu cuello, chupando hasta dejar marcas rojas, como trofeos. Su boca es lava, sientes, mientras baja a tus tetas, lamiendo un pezón con la lengua plana, succionando fuerte hasta que arqueas como gata en celo.

Tú no te quedas atrás, arañando su espalda, dejando surcos rojos que lo hacen gemir. "Más, mi chula, dame más." Pides, y él obedece, bajando por tu vientre, besando el ombligo, hasta llegar a tu monte de Venus. El olor de tu excitación llena el aire, almizclado, dulce como miel. Su nariz roza tu clítoris hinchado a través del encaje, y tú empujas las caderas, impaciente. "Quítamela ya, Javier, neta." Él ríe contra ti, y con dientes arranca el tanga, exponiéndote al aire. Su lengua ataca directo: lamidas largas, círculos precisos en el botón, y tú gritas, agarrando su pelo negro revuelto.

El placer trepa como ola en Acapulco, intensificándose con cada chupada, cada dedo que se hunde en ti, curvándose para tocar ese punto que te deshace. Es como si supiera exactamente dónde romperme, piensas en medio del vértigo, mientras tus jugos lo empapan la barbilla. Él sube, verga lista, y tú la guías, frotándola contra tu raja resbalosa. "Cógeme, papi, hazme tuya." Susurras, y él empuja lento, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. El dolor placer inicial se funde en éxtasis puro cuando está todo adentro, llenándote, golpeando profundo.

El ritmo acelera: embestidas fuertes, piel chocando con palmadas húmedas, sudor perlando vuestros cuerpos. Tú clavas uñas en sus hombros, él muerde tu hombro, y los gemidos se mezclan con la lluvia furiosa afuera. Cambian posiciones: tú encima, cabalgando como reina, sintiendo su verga pulsar dentro, rozando paredes sensibles. Tus chichis rebotan, y él las agarra, pellizcando pezones. Esto es pasión pura, capítulo 96 de mi vida erótica, flash en tu mente, mientras el orgasmo se acerca, tensión en espiral.

Él te voltea a cuatro patas, nalgas en alto, y entra de nuevo, más salvaje, una mano en tu clítoris frotando rápido. El olor a sexo impregna la habitación, almizcle y vainilla fusionados. Tus paredes se aprietan, el clímax explota como cohete en fiesta patronal: ondas de placer sacudiéndote, gritando su nombre, piernas temblando. Javier gruñe, embiste tres veces más, y se corre dentro, chorros calientes llenándote, colapsando sobre tu espalda jadeante.

Acto tercero: el resplandor. Yacen enredados, pulsos calmándose, piel pegajosa de sudor y fluidos. Él besa tu sien, suave ahora, "Eres mi vicio, mi amor, no hay otra como tú." Tú sonríes, girando para mirarlo, ojos brillantes. El aroma post-sexo envuelve como manta cálida, y sientes su semen escurrir lento por tus muslos, marca de posesión mutua. Esto no es solo cogida, es conexión, chingóna y profunda, reflexionas, mientras acaricias su pecho velludo.

La lluvia amaina, dejando gotas tamborileando suaves. Hablan bajito, risas compartidas sobre tonterías del día: el tráfico cabrón de Insurgentes, el jefe pendejo en la chamba. Pero debajo, la promesa de más, de noches como esta. Tú te acurrucas en su brazo, saboreando la sal de su piel en tus labios. "Vuelve pronto, ¿eh? No me dejes con las ganas." Le dices, y él promete con un beso perezoso.

Al amanecer, con rayos filtrándose por las cortinas, sientes la plenitud: cuerpo saciado, alma en paz. Pasión capítulo 96 cerrado con broche de oro, piensas, mientras él duerme a tu lado, respiración rítmica. Esto es vida, pura y ardiente, en el corazón pulsante de México.

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