Ver Diario de una Pasion
Todo empezó en mi depa en la Condesa, ese rincón chido de la Ciudad de México donde el aire huele a café recién molido y a las flores de los puestos ambulantes. Me llamo Ana, tengo veintiocho pirulos y trabajo en una agencia de diseño, pero mi vida real se ponía interesante cuando llegaba Marco, el vecino nuevo del piso de arriba. Alto, moreno, con esa barba de tres días que me hacía imaginar cosas que no te cuento ni en sueños. Cada vez que lo veía en el elevador, con su camisa ajustada marcando el pecho, sentía un cosquilleo en la panza, como si mi cuerpo ya supiera lo que mi mente apenas atinaba a soñar.
Una noche, después de un trago de tequila con mis cuates, saqué mi libreta vieja y empecé a escribir. Diario de una pasión, le puse en la primera página, con letra garabateada y un corazón chueco. Ahí vaciaba todo: cómo su voz grave me erizaba la piel, el olor a su colonia que se colaba por la ventana cuando lavaba su coche en el estacionamiento.
Hoy lo vi sudado después del gym, la playera pegada al cuerpo como segunda piel. Quiero lamerle el cuello, sentir el salado de su sudor en la lengua. Me moja nomás de pensarlo, este pendejo me tiene loca.Escribía a media luz, con el ruido de la ciudad de fondo: cláxones, risas de borrachos, el zumbido del metro lejano. Era mi secreto, mi válvula de escape para esa hambre que me carcomía por dentro.
Pasaron semanas. La tensión crecía cada encuentro casual. Un día, me pidió prestado un cargador para su cel porque se le había muerto. Entró a mi depa, oliendo a fresco jabón y algo más, como a hombre puro. Dejé la libreta en la mesa de la sala, abierta en una página inocente, o eso creí. No mames, Ana, ¿qué pedo? me dije mientras él enchufaba el aparato. Pero se fue sin más, con una sonrisa que prometía problemas.
Al día siguiente, tocaron la puerta. Era él, con mi libreta en la mano. Ver diario de una pasión, dijo bajito, como si leyera el título en voz alta para provocarme. Sus ojos cafés brillaban con picardía.
"¿Esto es tuyo? Lo encontré entre tus cosas cuando busqué el cargador. No pude resistirme a leer un rato."Mi corazón latió como tamborazo en fiesta. Quería morirme de vergüenza, pero en el fondo, un calor me subía desde el estómago. "¿Y qué? ¿Te gustó?" le pregunté, fingiendo desmadre, mientras mi voz salía ronca.
Se acercó, invadiendo mi espacio. Olía a menta de su chicle y a esa colonia que ya me volvía loca. "Me puso como nunca, Ana. Saber que piensas en mí así... quiero lamerte el cuello, sentir el salado de tu sudor." Repitió mis palabras exactas, y sentí mis pezones endurecerse bajo la blusa. Su mano rozó mi brazo, un toque eléctrico que me hizo jadear. "¿Quieres ver más de esa pasión?", murmuró, y yo solo asentí, empapada ya entre las piernas.
Acto seguido, me jaló hacia él. Sus labios cayeron sobre los míos como lluvia en sequía, duros al principio, luego suaves, explorando con lengua caliente y jugosa. Sabía a café y deseo puro. Mis manos subieron por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la tela. Qué chingón se siente esto, pensé, mientras él me cargaba como si no pesara nada y me sentaba en la mesa. El aire se llenó del sonido de nuestra respiración agitada, mezclada con el tráfico de abajo.
Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. Su boca en mi cuello, chupando suave, mordisqueando lo justo para que doliera rico. "Estás deliciosa, nena", gruñó, y bajó a mis tetas, lamiendo un pezón mientras pellizcaba el otro. Gemí fuerte, arqueándome contra él. El olor de mi propia excitación flotaba en el cuarto, almizclado y dulce, como miel caliente. Sus dedos bajaron a mi short, desabrochándolo con maña, y metió la mano dentro.
"Estás chorreando, Ana. Todo por ver diario de una pasión."
Caí de rodillas frente a él, ansiosa por devolverle el favor. Le bajé el pantalón, y ahí estaba su verga, dura como piedra, palpitando. La tomé en la mano, sintiendo el calor y las venas marcadas, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él jadeó, enredando los dedos en mi pelo. "Sí, así, cabrona, trágatela." La chupé profundo, con saliva resbalando, el sonido obsceno de mi boca llenando el espacio. Su gemido ronco era música, vibrando en mi clítoris.
No aguantó mucho. Me levantó, me quitó todo y me tendió en el sofá. Sus ojos devorándome mientras separaba mis piernas. "Voy a comerte entera", prometió, y su lengua cayó sobre mi chocha como rayo. Lamió despacio, saboreando cada pliegue, chupando mi botón con succiones que me hacían ver estrellas. Olía a sexo puro, a jugos míos mezclados con su saliva. Metió dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me volvía loca. "¡Marco, no pares, pendejo!", grité, mientras ondas de placer me recorrían, el sudor perlando mi piel, el corazón retumbando en los oídos.
El clímax me pegó fuerte, convulsionando alrededor de sus dedos, gritando su nombre al viento. Pero él no paró, siguió lamiendo hasta que bajé. Entonces se puso de pie, verga lista, y me penetró de un solo empujón. ¡Ay, cabrón! Llenándome completa, estirándome delicioso. Empezó a bombear, lento al inicio, cada embestida un choque de pelvis que sonaba húmedo y carnal. Sus manos en mis caderas, apretando fuerte, dejando marcas que mañana dolerían rico.
Aceleró, follándome duro, el sofá crujiendo bajo nosotros. Sudábamos como locos, el olor a sexo impregnando todo. "Te sientes de puta madre, Ana", jadeaba, y yo respondía clavándole las uñas en la espalda.
"Más fuerte, quiero sentirte hasta el fondo."El placer subía en espiral, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose dentro. Él gruñó primero, corriéndose con chorros calientes que me inundaron, y yo lo seguí, explotando en un orgasmo que me dejó temblando, lágrimas de puro gozo en los ojos.
Nos quedamos así, pegados, respirando entrecortado. Su peso sobre mí era perfecto, reconfortante. Besó mi frente, suave ahora. "Ese diario... fue lo mejor que pude ver. Gracias por dejarlo ahí." Reí bajito, acariciando su pelo revuelto. "Era para ti, tonto. Mi pasión eres tú." Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero adentro, el mundo se había detenido en ese afterglow tibio, con su piel pegada a la mía, el sabor de nosotros en los labios.
Desde esa noche, el diario se convirtió en nuestro juego. A veces escribo entradas nuevas, y él las lee en voz alta, recreando cada fantasía. Nuestra pasión no tiene fin, solo crece, como la Ciudad que nos arropa con sus luces y sus secretos.