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Cañaveral de Pasiones Capitulo 66

7000 palabras

Cañaveral de Pasiones Capitulo 66

El crepúsculo teñía de fuego las altas cañas del cañaveral veracruzano, donde el aire cargado de tierra húmeda y dulzor vegetal susurraba promesas de placer prohibido. Lucía avanzaba entre los tallos gigantes, su piel morena brillando con un leve sudor bajo el vestido floreado que se pegaba a sus curvas generosas. Tenía veintiocho años, trabajaba en la tiendita del pueblo, pero aquí, en este laberinto verde, era reina de sus deseos. Hacía meses que contaba sus encuentros con Raúl como capítulos de una novela ardiente, y este, el sesenta y seis, le erizaba la piel solo de pensarlo.

Neta, hoy no aguanto más, pensó mientras el roce áspero de las hojas le arañaba los brazos, enviando chispas de anticipación directo a su entrepierna. El olor a caña madura se mezclaba con el de su propia excitación, ese aroma almizclado que ya la tenía mojadita. Raúl, el capataz de treinta y dos, con su cuerpo forjado por el sol y el machete, era su vicio secreto. No había familias en contra ni dramas de novela; solo dos adultos libres que se devoraban mutuamente cada vez que el sol se escondía.

De pronto, un silbido bajo, como el de un pájaro juguetón, la detuvo. Ahí estaba él, emergiendo de la penumbra con su camisa abierta dejando ver el pecho velludo y bronceado, pantalón ajustado marcando el bulto que ya la ponía a salivar.

¡Órale, mi reina! ¿Lista para el Cañaveral de Pasiones Capitulo 66?
dijo con esa voz ronca que le hacía cosquillas en el clítoris.

Lucía se lanzó a sus brazos, sus labios chocando con hambre. El beso sabía a tabaco y a sudor fresco, lenguas enredándose como las cañas alrededor. Sus manos grandes le amasaron el culo, apretando la carne firme bajo la tela ligera.

—Wey, me tienes loca de ganas —murmuró ella contra su boca, mordisqueando su labio inferior—. Hoy quiero que me chingues hasta que grite.

Raúl rio bajito, ese sonido grave que vibraba en su pecho y se le colaba hasta el alma. La recargó contra un tallo grueso, el crujido seco de las hojas rompiendo el silencio del atardecer. Sus dedos subieron por sus muslos, levantando el vestido hasta encontrar las bragas empapadas.

—Mira nomás cómo traes la panocha, toda chorreante por mí, pendejita caliente —gruñó, frotando el algodón húmedo contra su hinchazón—. ¿Cuánto tiempo aguantaste hoy pensando en mi verga?

Lucía jadeó, el roce enviando ondas de placer que le endurecían los pezones contra el corpiño. Es que este wey sabe cómo hacerme arder, se dijo, mientras sus caderas se movían solas buscando más fricción. El viento jugaba con las cañas, un susurro constante que ahogaba sus gemidos incipientes. Olía a tierra removida, a savia dulce y al sexo que flotaba entre ellos.

Acto primero del deseo: la exploración lenta. Raúl se arrodilló, el suelo polvoriento manchando sus rodillas, pero ni pedo. Bajó las bragas de un tirón, exponiendo su sexo depilado, reluciente de jugos. Soplo caliente sobre él, y Lucía tembló, agarrando un puñado de cañas para no caerse.

—Qué rica estás, mi amor. Esta panochita es mía —declaró, antes de lamerla de abajo arriba, lengua plana saboreando su esencia salada y dulce a la vez.

Lucía soltó un aullido ahogado, el placer como un rayo directo al cerebro. Su lengua era puro fuego, girando alrededor del clítoris hinchado, chupando con succiones que la hacían arquear la espalda. El sonido húmedo de su boca devorándola se mezclaba con el zumbido de insectos nocturnos despertando. Sus manos le masajeaban las nalgas, un dedo juguetón rozando el ano, prometiendo más.

—¡Ay, cabrón, no pares! —suplicó, piernas temblando—. Me vas a hacer venir ya.

Pero él se detuvo, pícaro, levantándose para besarla de nuevo, compartiendo su propio sabor en su saliva. —Aún no, mi vida. Hoy vamos despacio, como buen capítulo sesenta y seis.

La tensión crecía como la marea en la costa cercana. Se desvistieron mutuamente, piel contra piel bajo la luna naciente. El cuerpo de Raúl era una escultura ruda: músculos duros, verga tiesa y gruesa, venosa, goteando precúm que Lucía lamió con devoción, arrodillándose ahora ella. El sabor salado y almendrado la enloqueció, mamándola con labios suaves, lengua danzando en la cabeza sensible.

—Qué chido chupas, Lucía. Eres la mejor mamacita —gimió él, enredando dedos en su cabello negro largo.

El medio acto escalaba: la llevaron al clímax emocional. Raúl la tendió sobre su chamarra en el suelo mullido de cañas caídas, el aroma terroso envolviéndolos. Se posicionó entre sus piernas, restregando la verga contra su entrada resbaladiza.

Lo amo, neta lo amo, pensó ella, mientras él la penetraba centímetro a centímetro, estirándola con delicioso ardor. El sonido de carne húmeda uniéndose, el slap suave al inicio, la volvía loca. Sus embestidas empezaron lentas, profundas, rozando ese punto dentro que la hacía ver estrellas.

—¡Más fuerte, pendejo! Chingame como hombre —exigió, uñas clavándose en su espalda ancha.

Raúl obedeció, acelerando, el sudor chorreando de su frente al valle de sus senos. El cañaveral entero parecía moverse con ellos, cañas crujiendo al ritmo de sus caderas chocando. Olía a sexo puro: almizcle, sudor, jugos mezclados. Lucía sentía cada vena de su verga pulsando dentro, su clítoris frotado por el vello púbico áspero. Gemidos se volvían gritos, ahogados por besos fieros.

La intensidad psicológica subía: recuerdos de encuentros pasados destellaban en su mente.

Este es nuestro mundo, solo nosotros, sin pendejadas del pueblo
, se repetía, mientras el orgasmo se acumulaba como tormenta. Raúl le susurraba guarradas al oído:

—Te voy a llenar de leche, mi reina. Siente cómo te follo, toda mía.

El pico llegó brutal. Lucía explotó primero, paredes vaginales contrayéndose alrededor de él, un chorro caliente escapando mientras gritaba su nombre al cielo estrellado. El placer era cegador, olas y olas que la dejaban temblando, visión borrosa. Raúl la siguió segundos después, gruñendo como animal, eyaculando profundo, chorros calientes pintando su interior.

En el afterglow, se derrumbaron juntos, cuerpos entrelazados en el suelo cálido. El corazón de él latía contra su pecho, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El cañaveral susurraba arrullos, grillos cantando su sinfonía post-sexo. Lucía trazaba círculos en su espalda, oliendo su piel salada.

—Este Cañaveral de Pasiones Capitulo 66 fue el mejor, wey —dijo bajito, besando su hombro.

Raúl sonrió, abrazándola más fuerte. —Y hay más capítulos, mi amor. Siempre.

Se quedaron así, en paz, el deseo satisfecho dejando un hueco dulce para el próximo encuentro. La luna los cubría con su luz plateada, testigo de su pasión eterna en aquel mar verde de cañas.

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