No Huyendo de las Pasiones Juveniles en el Estudio Bíblico
El aire de la sala estaba cargado con el aroma a café recién molido y pan dulce que alguien había traído de la panadería de la esquina. Era jueves por la noche en la colonia Roma, en esa casa amplia con jardín que usábamos para el estudio bíblico. Yo, Javier, de veintiocho años, llegaba puntual como siempre, con mi Biblia bajo el brazo y un nudo en el estómago que no era solo por el versículo que íbamos a estudiar esa noche: huye de las pasiones juveniles. Neta, cada vez que lo leía, sentía un cosquilleo traicionero en la piel, como si el diablo mismo me susurrara al oído.
Sofía ya estaba ahí, sentada en el sofá de cuero beige, con las piernas cruzadas y un vestido floreado que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Tenía treinta años, viuda desde hace dos, y sus ojos cafés profundos me miraban de reojo mientras charlaba con los demás. Órale, wey, contrólate, me dije, sintiendo el calor subir por mi cuello. Su perfume, algo floral y dulce como jazmín mezclado con vainilla, flotaba en el aire y me llegaba directo al cerebro.
El líder, el carnal Raúl, empezó la plática. "Hermanos, hoy vemos en Segunda de Timoteo: huye de las pasiones juveniles, y sigue la justicia..." Todos asentimos, pero yo no podía quitarle los ojos de encima a Sofía. Sus labios carnosos se movían mientras tomaba notas, y el roce de su pluma contra el papel sonaba como un susurro invitador. El ventilador zumbaba perezosamente, moviendo el aire tibio que olía a sudor limpio y anticipación.
Durante el分享, ella habló. "Es difícil, ¿verdad? Esas pasiones nos jalan como imanes." Su voz ronca, con ese acento chilango suave, me erizó la piel. La miré fijo, y ella me devolvió la mirada con una sonrisa pícara. ¿Qué chingados está pasando aquí? Mi corazón latía fuerte, como tambor en fiesta, y sentía un tirón en la entrepierna que me obligó a cruzar las piernas.
La sesión terminó tarde, casi a las once. Todos se despidieron con abrazos y "Dios te bendiga", pero Sofía se quedó recogiendo las tazas. "Javi, ¿me ayudas con esto? No mames, estoy muerta de cansancio." Su mano rozó la mía al pasarme una taza, y el contacto fue eléctrico, piel cálida y suave contra la mía áspera de tanto trabajar en la constructora. El olor de su cuello, mezclado con el jabón de lavanda, me mareó.
Huye de las pasiones juveniles, estudio bíblico... pero ¿y si no quiero huir?Ese pensamiento me taladraba mientras lavábamos los platos en la cocina. El agua corría caliente, vapor subiendo, y ella se inclinó para alcanzar el estropajo, dejando ver el escote perfecto de sus chichis firmes. "Eres un pendejo si no notas lo que pasa aquí", me dijo riendo bajito, salpicándome con agua. Salpiqué de vuelta, y de pronto nos estábamos riendo como chavos, empapados, cuerpos cerca.
El primer beso fue inevitable. Sus labios sabían a té de manzanilla y a deseo reprimido, suaves y húmedos, presionando contra los míos con urgencia. La tomé de la cintura, sintiendo la curva de sus caderas bajo el vestido, tela delgada que no ocultaba el calor de su piel. "Sofía, neta, esto es pecado", murmuré contra su boca, pero mis manos ya subían por su espalda, desabrochando el sostén con torpeza.
"Cállate, Javi. Las pasiones juveniles son para vivirlas, no para huir", respondió ella, jadeando, mientras me jalaba del cinturón. Nos movimos al sofá de la sala, donde minutos antes hablábamos de Dios. El cuero crujió bajo nuestro peso, fresco contra mi espalda ardiente. Ella se sentó a horcajadas sobre mí, su falda subiendo por muslos morenos y suaves como seda. Olía a excitación, ese aroma almizclado y salado que me ponía la verga dura como piedra.
Le quité el vestido despacio, saboreando cada centímetro de piel expuesta. Sus tetas perfectas, pezones oscuros endurecidos, rebotaban libres. Las chupé con hambre, lengua girando alrededor, sintiendo su sabor salado y el gemido que vibró en su pecho. "¡Ay, wey, qué rico!", gritó bajito, arqueando la espalda. Mis manos exploraban su culo redondo, apretándolo, sintiendo los músculos tensarse bajo mis dedos. Ella se frotaba contra mi paquete, el roce de su concha húmeda a través de la tanga contra mi pantalón era tortura deliciosa.
La volteé con cuidado, poniéndola de rodillas en el sofá. Le bajé la tanga, revelando su sexo depilado, labios hinchados brillando de jugos. El olor era embriagador, dulce y animal. Metí dos dedos despacio, sintiendo el calor resbaladizo, las paredes apretándome. "Estás chingón de mojada, Sofía", le dije, y ella gimió: "Métemela ya, pendejo, no mames."
Me desabroché, mi verga saltando libre, venosa y palpitante. Ella la miró con ojos hambrientos, lamiéndose los labios. La penetré de una embestida lenta, centímetro a centímetro, sintiendo su interior apretado, caliente, envolviéndome como terciopelo húmedo. El sonido de piel contra piel empezó, chapoteos rítmicos, mezclados con nuestros jadeos y el zumbido del ventilador. Sudábamos, el olor a sexo llenando la sala, salado y crudo.
Cambié posiciones, ella encima ahora, cabalgándome como reina. Sus caderas giraban, subiendo y bajando, tetas rebotando hipnóticas. La vista era de infarto: su cara de placer, boca abierta, ojos entrecerrados. Agarré sus nalgas, guiándola más rápido. "¡Más duro, Javi! ¡Sí, así!", gritaba, uñas clavándose en mi pecho, dolor placentero. Mi pulso tronaba en oídos, bolas tensas listas para explotar.
El clímax llegó en oleadas. Ella primero, convulsionando, concha apretándome como puño, chorros calientes mojando mis huevos. "¡Me vengo, cabrón!", aulló. Yo la seguí, corriéndome dentro con gruñido gutural, chorros espesos llenándola, placer cegador recorriendo venas como fuego líquido. Nos quedamos pegados, temblando, respiraciones entrecortadas, pieles sudadas fusionadas.
Después, en la quietud, nos recostamos en el sofá, ella con la cabeza en mi pecho. El aire olía a nosotros, a semen y sudor mezclado con su perfume. "Eso del huye de las pasiones juveniles, estudio bíblico... fue lo mejor que ignoramos", murmuró riendo suave, trazando círculos en mi piel con el dedo.
Neta, Dios entiende. Esto fue justicia, fe... y un chingo de placer.La besé en la frente, sintiendo su calor, el latido compartido. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero adentro, habíamos encontrado nuestra paz carnal. No huimos; corrimos hacia ello, y valió cada segundo.