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Pasion Azul en la Piel

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Pasion Azul en la Piel

La noche en Playa del Carmen olía a salitre y coco quemado, con el mar rompiendo suave contra la arena como un susurro que invita a pecar. Yo, Ana, había llegado sola a esa fiesta playera, harta de la rutina de la Ciudad de México. Quería soltarme el pelo, neta, sentir algo que me acelerara el pulso más que el tráfico de Insurgentes. Llevaba un vestido azul eléctrico que se pegaba a mi piel sudada, brillando bajo las luces de neón del bar improvisado. Ahí lo vi: alto, moreno, con ojos que parecían pozos de pasion azul, intensos, como si guardaran tormentas del Caribe.

Órale, ¿qué pedo con este wey? pensé mientras sorbía mi michelada helada, el limón picándome la lengua. Él se acercó bailando al ritmo de un cumbia rebajada, su camisa blanca abierta dejando ver el pecho tatuado con un águila mexicana. "¡Qué buena onda que estés aquí, morra!", me gritó por encima de la música, su voz ronca como el rugido lejano de una ola. Se llamaba Diego, originario de Veracruz pero radicado en la playa por amor a la vida libre. Hablamos de todo: de tacos al pastor que extrañaba, de cómo el mar cura lo que la ciudad rompe. Sus ojos no se apartaban de los míos, y cada mirada era un roce invisible que me erizaba la piel.

El aire estaba cargado de humo de fogata y sudor dulce, y cuando me tomó de la mano para bailar, sentí su palma cálida, callosa de tanto remar en kayak. Nuestros cuerpos se pegaron en el vaivén, mi cadera rozando la suya, dura ya bajo los shorts.

"Estás cañón con ese vestido azul, como si el mar te hubiera pintado",
murmuró en mi oído, su aliento caliente oliendo a tequila reposado. Me reí, juguetona: Pendejo, me vas a prender así de fácil. La tensión crecía con cada giro, mis pezones endureciéndose contra la tela fina, el corazón latiéndome en la garganta.

Al rato, no aguantamos más. La pasion azul de sus ojos me hipnotizaba, y yo lo jalé hacia la orilla, donde las olas lamían nuestros pies descalzos. Caminamos hasta su cabaña de palapa, a unos metros, iluminada por velas que parpadeaban como estrellas caídas. Adentro, el olor a madera húmeda y sándalo nos envolvió. Se quitó la camisa, revelando músculos bronceados que brillaban con sudor. Yo me deslicé el vestido por los hombros, quedando en tanga azul a juego, mis senos libres al aire fresco de la noche.

Quiero devorarlo, neta, que me haga suya ya, pensé mientras él me acorralaba contra la mosquitera, sus labios rozando mi cuello. Besó mi clavícula, bajando lento, su lengua trazando senderos de fuego que me hicieron arquear la espalda. El sonido de su respiración agitada se mezclaba con el chapoteo del mar afuera. Sus manos grandes amasaron mis nalgas, apretando con esa fuerza que duele rico, y yo gemí bajito, "¡Ay, wey, no pares!". Me levantó en brazos como si no pesara nada, depositándome en la cama king size cubierta de sábanas blancas crujientes.

Ahí empezó lo bueno, carnal. Diego se arrodilló entre mis piernas abiertas, inhalando profundo mi aroma de excitación, ese musk femenino mezclado con sal marina.

"Hueles a tentación pura, Ana, a pasion azul que me enloquece",
dijo con voz grave, antes de hundir la cara en mí. Su lengua experta lamió mi clítoris hinchado, chupando suave al principio, luego con hambre voraz. Sentí cada roce como electricidad: el calor húmedo de su boca, el roce áspero de su barba incipiente en mis muslos internos, el sabor salado que él lamía de mis labios inferiores. Mis caderas se movían solas, empujando contra su rostro, mis uñas clavándose en su pelo negro revuelto. ¡Qué chingón es esto! Nunca me habían comido así, como si fuera el último banquete.

El placer subía en oleadas, mi vientre contrayéndose, el sudor perlando mi piel. Él metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hace ver estrellas. Grité su nombre, "¡Diego, cabrón, me vas a matar!", mientras el orgasmo me rompía en pedazos, jugos calientes empapando su mano. Jadeante, lo jalé arriba, besándolo con furia, probándome a mí misma en su lengua: salada, dulce, adictiva.

Pero no paró ahí. La pasion azul ardía en sus ojos mientras se quitaba los shorts, liberando su verga erecta, venosa, goteando precum que brillaba a la luz de las velas. Era gruesa, perfecta, y yo la tomé en mi mano, sintiendo su pulso acelerado, el calor que irradiaba. La masturbé lento, viéndolo gemir, sus abdominales contrayéndose. Quiero sentirlo adentro, rellenándome hasta el fondo. Me puse a cuatro patas, arqueando la espalda, ofreciéndole mi culo redondo. Él se posicionó atrás, frotando la punta contra mi entrada resbaladiza, torturándome con roces que me volvían loca.

"Dime que la quieres, morra", gruñó, su voz temblando de contención.

"¡Sí, pendejo, métemela ya, hazme tuya!"
respondí, empujando hacia atrás. Entró de un solo golpe suave, estirándome deliciosamente, llenándome hasta que sus bolas peludas chocaron contra mi clítoris. El sonido era obsceno: piel contra piel húmeda, chapoteos rítmicos que competían con las olas. Él embestía profundo, una mano en mi cadera, la otra enredada en mi pelo, tirando lo justo para dominar sin lastimar. Yo me mecía con él, mis senos bamboleándose, pezones rozando la sábana áspera.

El olor a sexo nos rodeaba, almizcle intenso, sudor mezclado con su colonia fresca. Sentía cada vena de su verga deslizándose dentro, rozando mis paredes sensibles, el placer acumulándose como tormenta. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como amazona, mis muslos temblando por el esfuerzo, sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones que dolían de puro gozo. ¡Estoy en el cielo, wey! Esta pasion azul es lo que necesitaba. Él se incorporó, chupando un pezón mientras yo rebotaba, su verga golpeando mi G directo.

La intensidad creció: gemidos convirtiéndose en gritos, el catre crujiendo bajo nosotros. "Me vengo, Ana, ¡no aguanto!" avisó, sus ojos azules clavados en los míos, esa pasion desbordándose. Yo aceleré, sintiendo mi segundo clímax acercándose, un nudo apretado en el bajo vientre. Vente conmigo, amor. Explotamos juntos: él inundándome con chorros calientes que me llenaron hasta rebosar, yo convulsionando alrededor de él, leche y jugos mezclándose en un desastre glorioso. Grité su nombre al techo de palapa, el mundo disolviéndose en blanco puro.

Caímos exhaustos, enredados en sábanas empapadas, el pecho de Diego subiendo y bajando contra el mío. Su piel olía a nosotros, a sal y semen seco. Me besó la frente, suave ahora,

"Eres increíble, carnal. Esa pasion azul que traes... me atrapó desde el primer vistazo".
Yo sonreí, trazando sus labios con el dedo, sintiendo el afterglow calmar mi cuerpo tembloroso. Afuera, el mar seguía su canción eterna, y en ese momento supe que esta noche había cambiado algo en mí. No era solo sexo; era conexión, fuego azul que ardía hondo. Nos quedamos así hasta el amanecer, planeando más noches como esta, con el Caribe como testigo de nuestra hambre insaciable.

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