Descargando el Diario de una Pasión
Estaba sola en mi depa en la Condesa, con el calor de la tarde pegándome en la piel como una caricia pesada. El ventilador zumbaba perezoso, moviendo el aire tibio que olía a café recién hecho y a las flores del balcón. Saqué mi laptop, neta que necesitaba algo que me sacara del hastío. ¿Qué chinga ver? pensé, mientras tecleaba en el buscador: descargar pelicula diario de una pasion. Esa película siempre me había puesto la piel chinita, con esa historia de amor que te revuelve las tripas y te hace mojar las bragas sin querer.
La descargué rapidito de un sitio pirata que siempre uso, aunque sé que está medio cabrón, pero órale, ¿quién no lo hace? Mientras la barra de progreso avanzaba, me recargué en el sofá, mis piernas abiertas sobre la mesa de centro, sintiendo el roce del short de algodón contra mi entrepierna. Recordé la última vez que la vi con él, mi carnal, mi amor de tantos años, Alejandro. Ese wey me conocía el cuerpo como si fuera su mapa personal, y cada roce suyo era como fuego lento.
La peli terminó de bajar y le di play. Las imágenes empezaron a rodar: la lluvia torrencial, los cuerpos jóvenes chocando con pasión cruda. Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome en el pecho como tamborazo en una fiesta. Me quité la blusa, quedando en bra de encaje negro, mis pezones ya duros rozando la tela.
¿Por qué carajos no está aquí Alejandro para comerme viva?me dije en voz alta, pasando la mano por mi vientre plano, bajando despacito hasta el borde del short.
La puerta se abrió de golpe. Era él, mi Ale, con su sonrisa pícara y el olor a sudor fresco de la calle mezclándose con su colonia cítrica. Traía una bolsa de tacos de la esquina, pero la dejó caer al piso cuando me vio así, semidesnuda y con la laptop reproduciendo la escena de la lluvia.
¡Órale, mami! ¿Qué es esto? dijo, sus ojos oscuros devorándome entera. Se acercó, su camiseta pegada al torso musculoso por el calor, y me jaló del pelo con esa fuerza juguetona que me encanta.
Le conté lo de descargar pelicula diario de una pasion, cómo me había puesto cachonda solo de pensarlo. Se rio bajito, ese sonido ronco que me eriza la piel. Netita, carnala, si querías pasarla bien, nomás avísame, murmuró, sentándose a mi lado y pausando la peli. Su mano grande cubrió la mía, guiándola de vuelta a mi monte de Venus, presionando para que sintiera mi propia humedad a través de la tela.
El beso llegó como tormenta. Sus labios carnosos aplastaron los míos, lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y deseo puro. Gemí contra él, el sonido ahogado por su garganta. Sus dedos hábiles desabrocharon mi bra, liberando mis tetas plenas que rebotaron libres. Las amasó con rudeza tierna, pellizcando los pezones hasta que dolió rico, enviando chispas directas a mi clítoris palpitante.
Acto uno completo: ahí estábamos, el deseo inicial encendido como mecha, pero sabíamos que lo bueno apenas empezaba.
Nos levantamos del sofá, tropezando como pendejos enamorados, riéndonos mientras íbamos al cuarto. El piso de madera crujía bajo nuestros pies descalzos, y el aroma de nuestra excitación flotaba pesado, almizclado y dulce. Ale me empujó contra la cama king size, las sábanas frescas rozando mi espalda desnuda. Se quitó la ropa en segundos, su verga saltando erecta, venosa y gruesa, apuntándome como arma cargada.
Te voy a dar mi diario de una pasión, pinche reina, gruñó, trepando sobre mí. Sus bolas pesadas rozaron mis muslos internos, calientes y suaves. Lamí su cuello salado, mordiendo suave mientras él bajaba besos por mi cuerpo: clavícula, pechos, ombligo. Cuando llegó a mi coño, separé las piernas con un jadeo.
¡Sí, cabrón, chúpame hasta que grite!pensé, arqueando la cadera.
Su lengua era magia pura. Primero lamió los labios mayores, saboreando mi jugo que chorreaba copioso, con ese sabor ácido y mío que lo volvía loco. Metió la punta en mi entrada, follándome oralmente lento, mientras dos dedos gruesos frotaban mi clítoris hinchado. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis gemidos roncos, su respiración agitada. Sudábamos juntos, pieles pegajosas uniéndose, el calor de nuestros cuerpos convirtiendo el cuarto en sauna erótica.
Pero no quería correrme aún. Lo empujé, volteándolo boca arriba. Ahora me toca a mí, wey, le dije, montándome a horcajadas. Agarré su pija con la mano, sintiendo el pulso furioso bajo la piel aterciopelada. La masturbé despacio, escupiendo saliva para lubricar, viendo cómo la cabeza morada brillaba. Bajé la boca, engulléndola hasta la garganta, el olor almizclado de su prepucio invadiéndome. Él se quejó, manos enredadas en mi pelo, follándome la boca con caderas alzadas.
La tensión crecía como ola gigante. Paramos, jadeantes, mirándonos con ojos en llamas. Te quiero adentro, ya, supliqué. Se puso condón rapidito –siempre cuidadosos, neta– y me penetró de un embestida. ¡Ay, madre! Llenándome hasta el fondo, su grosor estirándome delicioso. Empecé a cabalgar, tetas botando, uñas clavadas en su pecho velludo. Él me seguía el ritmo, manos en mis nalgas, azotando suave: ¡Pégale más duro, papi!
El clímax se acercaba, pero lo frenamos, cambiando posiciones. De lado, cucharita, su verga entrando desde atrás mientras me besaba el hombro. Sus dedos en mi clítoris, círculos rápidos. Sentía cada vena suya rozando mis paredes internas, el roce eléctrico.
Esto es mi diario de una pasión, grabado en la piel, pensé mientras el mundo se nublaba.
Escalada perfecta: emociones revueltas, luchas internas de no corrernos prematuro, intensidad subiendo como fiebre.
¡Y explotamos! Primero yo, el orgasmo me partió en dos: coño contrayéndose en espasmos violentos, jugos salpicando sus bolas, grito gutural que retumbó en las paredes. Él me siguió segundos después, ¡Me vengo, chula! rugió, descargando chorros calientes dentro del látex, su cuerpo temblando contra el mío. Nos quedamos pegados, pulsos sincronizados latiendo como uno solo, sudor enfriándose en la piel, el cuarto oliendo a sexo crudo y satisfacción.
Después, afterglow puro. Ale me acunó, besos suaves en la frente, su mano acariciando mi pelo enmarañado. Puse play de nuevo a la peli, ahora de fondo, mientras comíamos los tacos fríos en la cama, riéndonos de lo pendejos que habíamos sido al dejarlos caer. Esa descargar pelicula diario de una pasion fue lo mejor que hice hoy, le dije, recargada en su pecho firme.
Él sonrió, Sí, mami, pero nuestro diario apenas empieza. Sentí su verga semi-dura contra mi muslo, promesa de más rondas. El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja, y en ese momento supe que esta pasión era eterna, como la de la película, pero con nuestro toque mexicano: chido, intenso, sin frenos.
Nos quedamos así, entrelazados, el zumbido del ventilador como arrullo, saboreando el eco de nuestros gemidos en el aire quieto. Mañana, quién sabe, pero esta noche fue la buena.