Pasión Prohibida Capítulo 50 Parte 2
La noche en Polanco se sentía como un velo de seda negra, con las luces de los autos ricos pasando como estrellas fugaces por las avenidas anchas. Ana caminaba rápido por la acera de mármol, su vestido rojo ceñido al cuerpo como una segunda piel, subiendo apenas lo suficiente para mostrar el vaivén de sus caderas. Qué pendeja soy, pensó, pero el calor entre sus piernas la traicionaba. Hacía meses que Diego y ella jugaban a este fuego prohibido, él el carnal de su marido, el wey que siempre andaba de fiestas con él, pero que en secreto la volvía loca con una mirada.
El hotel era de esos lujosos, con valet parking y champaña en la recepción. Ana entró al lobby, el aire acondicionado fresco besando su piel sudada, oliendo a jazmín y dinero viejo. Su corazón latía como tamborazo en quinceañera, bum bum bum, mientras subía en el elevador de espejos. Se miró: labios pintados de rojo sangre, pechos firmes asomando por el escote, y ese tatuaje chiquito en la clavícula que solo Diego conocía.
Esta noche no hay vuelta atrás, neta que lo quiero todo de él.
La puerta de la suite 1502 se abrió antes de que tocara. Ahí estaba Diego, camisa blanca desabotonada hasta el pecho moreno, pantalón de vestir ajustado que marcaba todo. Sus ojos cafés la devoraron de arriba abajo. "Ven, mi reina", murmuró con esa voz ronca que le erizaba la piel. La jaló adentro, cerrando la puerta con un clic que sonó como sentencia. El cuarto olía a su colonia, madera y algo más, deseo puro.
Se abrazaron fuerte, cuerpos pegándose como imanes. Ana sintió su dureza contra su vientre, grande y lista. "Te extrañé, cabrón", le dijo ella, mordiéndose el labio. Él rio bajito, manos bajando por su espalda hasta apretar sus nalgas. "Yo más, nena. Tu marido es un pendejo que no te merece". Besos hambrientos empezaron, lenguas enredándose, sabor a menta y tequila de su boca. Ana gimió cuando él le chupó el cuello, dientes rozando suave, enviando chispas hasta su clítoris palpitante.
Se separaron un segundo, jadeando. Diego la llevó a la cama king size, sábanas blancas crujiendo bajo sus rodillas. "Desnúdate despacio, déjame verte", ordenó, sentándose en una silla de cuero. Ana obedeció, el corazón en la garganta. Se quitó el vestido, quedando en tanga negra y bra de encaje. Sus tetas saltaron libres cuando soltó el cierre, pezones duros como piedras. Él se lamía los labios, bulto en el pantalón creciendo. "Estás cañón, mi amor. Acércate". Ella gateó por la cama, rodillas hundiéndose en el colchón mullido, hasta arrodillarse frente a él.
Le desabrochó el cinturón con dedos temblorosos, zipper bajando con un ziiiip que rompió el silencio. Su verga saltó libre, venosa y gruesa, goteando pre-semen. Ole, qué chingona, pensó Ana, oliendo su aroma masculino, almizcle y sudor limpio. La tomó con ambas manos, piel caliente y aterciopelada pulsando. "Te la chupo hasta que grites", prometió, y lo hizo. Boca húmeda envolviéndola, lengua girando en la cabeza sensible, succionando con hambre. Diego gruñó, manos enredándose en su pelo negro. "Sí, así, mi puta rica... qué boca tan chida". El sonido de succión y saliva llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos roncos.
Pero él no era de los que se deja solo. La levantó de un jalón, tirándola boca arriba en la cama. "Ahora tú, ábrete pa' mí". Ana separó las piernas, tanga empapada pegada a su coño hinchado. Diego la arrancó de un tirón, tela rasgándose, y hundió la cara entre sus muslos. Lengua experta lamiendo desde el ano hasta el clítoris, chupando jugos dulces y salados. "Sabes a miel, nena", murmuró contra su piel. Ana arqueó la espalda, uñas clavándose en las sábanas, olor a su propia excitación flotando pesado.
No pares, cabrón, me vas a hacer venir ya.Dedos gruesos entraron, dos, tres, curvándose contra su punto G, mientras succionaba fuerte. El orgasmo la golpeó como ola, cuerpo convulsionando, gritando "¡Diegooo!" con voz quebrada.
Aún temblando, lo jaló encima. "Métemela, no aguanto más". Él se posicionó, verga rozando su entrada mojada, torturándola con la punta. "Pídemela, di que la quieres". "¡La quiero toda, wey! Fóllame duro". Empujó lento al principio, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. Llenura total, venas frotando paredes sensibles. Empezaron a moverse, caderas chocando con palmadas húmedas, piel sudada pegándose. "Qué rico tu coño, aprieta así", jadeaba él, pellizcando sus pezones. Ana clavaba uñas en su espalda, piernas enredadas en su cintura, oliendo su sudor mezclado con el perfume.
Cambiaron posiciones, ella encima ahora, cabalgando como reina. Tetas rebotando, manos en su pecho peludo, girando caderas en círculos que lo volvían loco. "¡Sí, muévete así, mi amor!" Él la ayudaba desde abajo, embistiendo arriba, bolas golpeando su culo. El ritmo aceleró, cama crujiendo fuerte, gemidos convirtiéndose en gritos. Ana sentía el orgasmo segundo construyéndose, calor en el vientre expandiéndose. "Me vengo, Diego... ¡juntos!" Él gruñó profundo, "¡Ya, nena!", y explotaron. Semen caliente llenándola, pulsos de su verga ordeñada por sus contracciones. Ella colapsó sobre él, ambos jadeando, pieles brillantes de sudor.
Se quedaron así un rato, abrazados en el desmadre de sábanas revueltas. El aire olía a sexo crudo, semen y fluidos mezclados. Diego le besó la frente, suave ahora. "Esto es nuestra pasión prohibida, capítulo 50 parte 2, mi vida. No puedo dejar de quererte". Ana sonrió contra su pecho, dedo trazando su corazón acelerado.
Sé que es pecado, pero neta que vale cada riesgo. Mi marido nunca me hace sentir viva como tú.
Se ducharon juntos después, agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabón resbalando por curvas y músculos. Manos explorando perezosas, besos lentos bajo la regadera. "La próxima, en la playa de Cancún", propuso él, secándola con toalla suave. Ella rio, "Órale, pero trae el tequila". Se vistieron a medias, prometiéndose eternidad en susurros.
Ana salió del hotel al amanecer, piernas flojas, coño sensible recordándole cada embestida. El sol naciente pintaba la ciudad de oro, y ella caminó con paso firme, secreta y empoderada. Esta pasión prohibida es mía, y nadie me la quita. Diego la vio irse desde la ventana, verga endureciéndose de nuevo al recordar su sabor. Sabía que volverían, porque el fuego entre ellos ardía eterno.