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El Color de la Pasión Capítulo 3

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El Color de la Pasión Capítulo 3

El sol de Guadalajara se colaba por las cortinas de encaje de mi ventana, tiñendo la habitación de un rojo pasión que me hacía recordar todo. Me llamo Ana, y desde que conocí a Javier en ese antro del centro, mi vida se había convertido en un torbellino de sensaciones. Habían pasado dos capítulos de pura locura en nuestra historia: la primera noche de besos robados bajo las luces neón, y la segunda en su departamento con cuerpos enredados hasta el amanecer. Ahora, este tercer capítulo me tenía nerviosa, con el corazón latiendo como tamborazo zacatecano.

Me miré en el espejo del baño, ajustándome el vestido rojo ceñido que compré en el mercado de San Juan de Dios. Olía a jazmín fresco de mi loción, y el escote dejaba ver justo lo suficiente para volver loco a cualquier wey.

¿Y si hoy es la vez que no puedo contenerme? ¿Y si su piel contra la mía me hace olvidar todo?
pensé, mientras el vapor del agua caliente aún flotaba en el aire, humedeciendo mi piel morena.

El timbre sonó, y supe que era él. Bajé las escaleras de mi casa en la colonia Chapalita, con las piernas temblando un poquito. Abrí la puerta y ahí estaba Javier, con su sonrisa pícara, camisa blanca arremangada mostrando esos brazos fuertes de quien trabaja en construcción. Olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, ese aroma que me erizaba la piel.

Órale, muñeca, qué chula estás —dijo, acercándose para darme un beso en la mejilla que duró más de lo normal, su aliento cálido rozando mi oreja.

Salimos al coche, un Tsuru viejo pero bien cuidado, y manejamos hacia el lago de Chapala. La radio ponía cumbia rebajada, y su mano derecha se posó en mi muslo, subiendo despacito por el borde del vestido. Sentí el calor de sus dedos callosos, ásperos por el trabajo, contrastando con la suavidad de mi piel recién depilada. Mi pulso se aceleró, y entre mis piernas empezó esa humedad traicionera que me delataba.

Neta, Ana, no sabes las ganas que traigo de ti desde ayer —murmuró, mientras el viento entraba por la ventana, revolviendo mi cabello negro largo.

Llegamos a una caleta apartada, con el agua turquesa lamiendo la arena dorada. Bajamos una cobija y unas chelas frías del H-E-B. Nos sentamos cerca del borde, pies en el agua fresca que contrastaba con el bochorno del mediodía. Hablamos de todo: de su carnal que se casaba el próximo mes, de mi jefa en la oficina que era una pendeja total, pero sus ojos no dejaban de recorrer mi cuerpo como si ya me estuviera desnudando.

La tensión crecía con cada sorbo de cerveza, el sabor amargo y gélido bajando por mi garganta. Su mano volvió a mi pierna, esta vez más arriba, rozando el encaje de mis panties.

¡Ay, Diosito! Su toque es como fuego, quema justo donde lo necesito
, pensé, mordiéndome el labio para no gemir ahí mismo.

—Ven pa'cá —me dijo, jalándome hacia él. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, profundo, con lengua explorando como si fuera la primera vez. Sabía a cerveza y a menta de su chicle, y su barba incipiente raspaba delicioso mi barbilla. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el vestido con maestría, dejando mis tetas al aire bajo el sol tibio.

Me recostó en la cobija, el olor a tierra húmeda y salitre subiendo desde la playa. Besó mi cuello, bajando por el pecho, chupando un pezón hasta ponérmelo duro como piedra. Gemí bajito, arqueando la espalda, sintiendo su erección presionando contra mi cadera a través del pantalón.

Quítate eso, cabrón —le ordené entre jadeos, tirando de su cinturón. Se rio, esa risa ronca que me ponía la piel de gallina, y se desnudó rápido. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando directo a mí. La tomé en la mano, sintiendo su calor palpitante, la piel suave sobre lo duro. La masturbé despacio, viendo cómo cerraba los ojos y gruñía.

Pero no quería acabar así. Lo empujé para que se acostara y me subí encima, frotando mi concha mojada contra él. El sol nos calentaba la piel, el agua chapoteaba cerca, y pájaros gritaban en los árboles. Bajé despacio, empalándome en su pija centímetro a centímetro. ¡Qué rico! Llenaba todo, estirándome delicioso, tocando ese punto que me hacía ver estrellas.

Empecé a moverme, cabalgándolo con ritmo, mis caderas girando como en salsa. Sus manos amasaban mis nalgas, dándome nalgadas suaves que resonaban en la playa desierta. Sudábamos juntos, el olor a sexo crudo mezclándose con el mar.

Esto es el color de la pasión, puro fuego rojo que nos consume
, pensé mientras aceleraba, mis tetas rebotando, su mirada clavada en mí como si fuera su reina.

—Más rápido, mamacita, ¡así! —gruñó, sentándose para mamarme el otro pezón. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante desde el estómago bajando. Él también estaba cerca, sus embestidas desde abajo volviéndose salvajes.

Me vine primero, gritando su nombre al cielo, mi concha contrayéndose alrededor de él como un puño caliente. Javier no tardó, llenándome con chorros calientes que sentí chorrear adentro. Colapsamos juntos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos.

Nos quedamos así un rato, el sol bajando tiñendo el lago de naranja. Me acariciaba el cabello, besándome la frente.

—¿Sabes? Esto es como esos capítulos de novela que lees, El Color de la Pasión Capítulo 3, ¿no? Cada vez más intenso —dijo riendo bajito.

Sonreí, acurrucada en su pecho ancho, escuchando su corazón latir fuerte aún.

Capítulo 3, y ya quiero el 4. Esta pasión no se acaba
.

Regresamos al atardecer, con promesas susurradas y manos entrelazadas. En casa, me duché de nuevo, el agua lavando el día pero no las memorias. Me miré al espejo, piel enrojecida por sus besos, y supe que este color de pasión era mío para siempre. Javier me mandó un mensaje: Mañana, Capítulo 4, mi amor. Sonreí, lista para más.

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