Elenco Duelo de Pasiones
En los estudios de Televisa en San Ángel, el aire olía a café recién molido y a ese perfume caro que usaban las actrices para impresionar. Yo, Ana, era la protagonista de Duelo de Pasiones, la telenovela que tenía a todo México clavado en la tele. Mi personaje, una mujer fuerte y apasionada, luchaba por el amor de dos hombres, pero en la vida real, mi duelo de pasiones era con Diego, el galán del elenco. Ese wey me sacaba de quicio con su sonrisa de pendejo confiado y sus ojos cafés que me desnudaban en cada toma.
El primer día de grabación, nos presentaron en la lectura de guion. Él se sentó frente a mí, con las mangas de su camisa arremangadas mostrando unos brazos morenos y fuertes. "Qué onda, Ana", me dijo con esa voz grave que hacía vibrar el aire. Yo lo ignoré, neta, porque desde la audición había oído que era un mujeriego que robaba escenas. Pero cuando ensayamos la primera escena de celos, su mano rozó mi cintura y sentí un chispazo, como si mi piel se despertara de golpe. El director gritó "¡Corte!" y todos aplaudieron, menos yo, que me quedé pensando en lo caliente que estaba su palma contra mi blusa de seda.
Los días siguientes fueron un infierno delicioso. En el elenco de Duelo de Pasiones, todos hablaban de química, pero la nuestra era pura dinamita. Él me provocaba en los pasillos: "¿Ya te cansaste de fingir que me odias, morra?" Yo le contestaba con un "¡Vete a la verga, Diego!", pero por dentro, mi cuerpo traicionero se humedecía solo de oler su colonia, esa mezcla de madera y sudor fresco. Una noche, después de una escena de beso falsa, me quedé en mi camerino quitándome el maquillaje. La puerta se abrió de golpe y ahí estaba él, con la playera pegada al pecho por el calor de las luces.
¿Qué chingados haces aquí, pendejo? pensé, pero mi voz salió ronca: "¿Qué quieres?"
Él cerró la puerta y se acercó, su respiración pesada llenando el espacio chiquito. "No aguanto más esta tensión, Ana. En el elenco todos lo saben, este duelo de pasiones no es solo del guion". Sus palabras me golpearon como un trago de tequila reposado, ardiente y dulce. Lo empujé contra la pared, mis uñas clavándose en su pecho. "Pruébalo, entonces", le reté, y sus labios cayeron sobre los míos como lluvia en el desierto.
El beso fue feroz, lenguas enredándose con sabor a menta y a la frustración acumulada. Sus manos bajaron a mi culo, apretándolo con fuerza mientras yo mordía su labio inferior, saboreando la sal de su piel. Lo jalé hacia el sofá viejo del camerino, donde caímos enredados. Mi blusa voló por los aires, y él lamió mi cuello, bajando hasta mis tetas que ya estaban duras como piedras bajo el brasier de encaje. "Qué ricas estás, cabrona", murmuró contra mi piel, y yo gemí cuando sus dientes rozaron mis pezones, enviando ondas de placer directo a mi entrepierna.
Pero no era solo físico; en mi cabeza giraban imágenes del set, de cómo lo veía sudar bajo las luces, de sus abdominales marcados en las escenas de acción. Lo quería poseer como mi personaje poseía a los galanes. Le desabroché el cinturón con dedos temblorosos, sintiendo su verga dura saltar libre, gruesa y venosa, palpitando contra mi palma. El olor almizclado de su excitación me mareó, y la probé con la lengua, plana y lenta desde la base hasta la punta, saboreando el precúm salado que brotaba. Diego gruñó, sus caderas empujando hacia mi boca: "¡Ay, wey, qué chido!"
Lo monté como una reina, quitándome la falda y las calzas de un tirón. Mi panocha estaba empapada, resbalosa de ganas, y cuando lo guié dentro de mí, el estiramiento fue glorioso. Él llenaba cada centímetro, su grosor frotando mis paredes internas con cada embestida. Me moví despacio al principio, sintiendo cada vena, cada pulso, mientras sus manos amasaban mis nalgas. El sonido de piel contra piel llenaba el camerino, chapoteos húmedos mezclados con nuestros jadeos. Sudábamos juntos, el olor a sexo crudo impregnando el aire, caliente y animal.
En el clímax del medio acto de nuestra propia telenovela, volteamos roles. Diego me puso de rodillas en el sofá, su verga entrando desde atrás con un golpe profundo que me hizo gritar. "¡Más fuerte, cabrón!" le pedí, y él obedeció, sus bolas golpeando mi clítoris hinchado. Sentía mi corazón latiendo en la garganta, el placer construyéndose como una tormenta en el Golfo. Sus dedos encontraron mi botón, frotándolo en círculos mientras me follaba sin piedad. Lágrimas de puro gozo rodaron por mis mejillas, y el mundo se redujo a esa fricción exquisita, al sabor de su sudor cuando lamí su brazo.
Esto es mejor que cualquier guion, neta. Diego no es solo el galán del elenco; es mi duelo de pasiones real, pensé mientras mi cuerpo se tensaba.
El orgasmo nos golpeó como un rayo. Yo me corrí primero, mi concha contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos, chorros de jugo mojando sus muslos. Él rugió mi nombre, "¡Ana, chingada madre!", y se vació dentro de mí, chorros calientes pintando mis paredes. Nos quedamos pegados, respiraciones entrecortadas, su verga aún latiendo suave en mi interior mientras el afterglow nos envolvía como una cobija tibia.
Después, recostados en el sofá desordenado, él me acarició el pelo húmedo. "¿Y ahora qué, en el elenco de Duelo de Pasiones?" preguntó con una risa ronca. Yo sonreí, besando su pecho salado. "Ahora seguimos el guion, pero con extras calientes". Salimos del camerino de la mano, el amanecer tiñendo el cielo de rosas sobre la Ciudad de México. En el set, las miradas del elenco nos delataban, pero ya no había duelo; solo pasión compartida, lista para más tomas privadas.
Desde esa noche, cada escena entre nosotros ardía de verdad. El público lo notaba en la tele, pero solo nosotros sabíamos el elenco duelo de pasiones que se cocinaba detrás de cámaras. Y qué rico saberlo.