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La Pasión de mi Vecina Ardiente

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La Pasión de mi Vecina Ardiente

El sol de la tarde caía a plomo sobre las calles de Polanco, tiñendo de dorado los balcones de mi edificio. Yo, Alejandro, acababa de llegar de un día largo en la oficina, con el cuerpo pidiéndome una cerveza fría y un rato de relax. Subí al elevador, sudado y con la camisa pegada a la espalda, cuando las puertas se abrieron en el piso de abajo. Ahí estaba ella, Elena, la nueva vecina que había visto un par de veces por el lobby. Morena, con curvas que parecían esculpidas por un dios cachondo, el cabello negro suelto cayéndole por los hombros y un vestido rojo ajustado que dejaba poco a la imaginación. Sus ojos cafés me miraron con una sonrisa pícara.

Órale, güey, ¿qué pedo con esta chava? pensé, mientras mi pulso se aceleraba. El elevador era chiquito, y su perfume, una mezcla de jazmín y algo dulce como vainilla, me invadió las fosas nasales.

—Hola, vecino —dijo con voz ronca, como si acabara de despertar de una siesta caliente—. ¿Qué onda? Soy Elena, del 5B.

—Alejandro, del 5A. Un gusto, literalmente al lado —respondí, tratando de sonar casual, pero mi mirada se clavó en el escote que subía y bajaba con su respiración.

Las puertas se cerraron, y el silencio se llenó de tensión. Sentí el calor de su cuerpo a centímetros del mío, el roce accidental de su cadera contra mi muslo. Bajé la vista y vi sus sandalias con tacón, los dedos pintados de rojo fuego.

¿Y si la invito a unas chelas? Neta, esta morra me trae loco desde el primer día.

El elevador pitó al llegar al quinto. Salimos juntos, y en el pasillo, me armé de valor.

—Oye, Elena, ¿tienes planes esta noche? Tengo unas cervezas Indio bien frías en el refri. ¿Te late pasar?

Ella se mordió el labio inferior, esa boca carnosa que imaginaba besando cada centímetro de mi piel. —Me late un chorro, Alejandro. Dame diez minutos para cambiarme.

Diez minutos después, sonó el timbre. Abrí y ahí estaba, con un short de mezclilla que apenas cubría sus nalgas redondas y una blusa escotada blanca que dejaba ver el encaje negro de su bra. Su piel olía a crema de coco, fresca y tropical, como si acabara de salir de la playa en Cancún. Nos sentamos en el sofá de mi sala, con la ciudad brillando por la ventana. Abrí las chelas, el sonido del gas escapando como un suspiro de alivio.

Platicamos de todo: de la pinche tráfico de Reforma, de las fiestas en las azoteas de Polanco, de cómo ella se había mudado de Guadalajara buscando chamba en una agencia de modas. Su risa era contagiosa, grave y sensual, vibrando en mi pecho. Cada vez que se inclinaba para tomar la chela, sus tetas se asomaban, duras y perfectas, con pezones marcándose bajo la tela.

—Neta, Alejandro, eres bien guapo. ¿No tienes novia? —preguntó, rozando mi rodilla con la suya.

—Nah, soltero y listo para lo que caiga —mentí un poco, porque el corazón me latía como tamborazo zacatecano.

La tensión crecía como el calor en una taquería a mediodía. Su mano subió por mi muslo, y yo no pude más. La jalé hacia mí, nuestros labios chocaron en un beso hambriento. Sabía a chela y a menta, su lengua danzando con la mía, suave y exigente. Gemí contra su boca, mis manos explorando su espalda, bajando hasta apretar esas nalgas firmes. ¡Qué chingón se siente esto!

—Te deseo tanto, Elena —murmuré, mientras ella me mordía el cuello, enviando chispas por mi espina.

Nos levantamos, tropezando con la mesita, riendo como pendejos enamorados. La llevé al cuarto, el aire cargado de nuestro aroma: sudor ligero, perfume y ese olor almizclado de excitación que me ponía la verga dura como piedra.

En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia, la desvestí despacio. Primero la blusa, revelando sus tetas grandes, pezones cafés erectos pidiendo atención. Los chupé, lamiendo con la lengua plana, saboreando su piel salada. Ella arqueó la espalda, gimiendo bajito: —Ay, cabrón, qué rico... Sus manos tiraban de mi pelo, guiándome.

Le quité el short, y ahí estaba su panocha depilada, labios hinchados brillando de jugos. Olía a deseo puro, dulce y terroso. Me arrodillé, besando sus muslos internos, sintiendo el temblor de sus piernas. Mi lengua encontró su clítoris, hinchado y sensible, y lo lamí en círculos lentos. Elena jadeaba, sus caderas moviéndose al ritmo:

La pasión de esta mujer me va a volver loco, neta que es fuego puro.

—Más, Alejandro, no pares —suplicó, voz entrecortada. Introduje un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hizo gritar. Estaba empapada, caliente, contrayéndose alrededor de mis dedos. El sonido de mis chupadas y sus gemidos llenaba la habitación, mezclado con el tráfico lejano de la avenida.

No aguanté más. Me quité la ropa, mi verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando pre-semen. Elena la miró con hambre, acariciándola con manos suaves. —Qué vergón tan chido, güey —dijo, antes de metérsela a la boca. Su calor húmedo me envolvió, lengua girando en la cabeza, succionando con maestría. Gemí fuerte, agarrando las sábanas, el placer subiendo como ola en la costa jalisciense.

La puse boca arriba, piernas abiertas. Me coloqué en su entrada, frotando la punta contra sus labios húmedos. —Dime si quieres —pregunté, porque todo tenía que ser chido para los dos.

¡Métemela ya, pendejo! —rió ella, jalándome.

Empujé despacio, sintiendo cómo su panocha me tragaba centímetro a centímetro, apretada y ardiente. ¡Qué delicia! Empecé a moverme, lento al principio, saboreando cada roce, el slap-slap de piel contra piel. Sus uñas en mi espalda, el sudor perlando nuestros cuerpos, el olor de sexo impregnando el aire. Aceleré, profundo, tocando su fondo, sus gemidos convirtiéndose en gritos: —¡Sí, así, cabrón! ¡Más fuerte!

Cambié posiciones: ella encima, cabalgándome como jinete en charrería. Sus tetas rebotando, caderas girando, control total. La vi, hermosa, empoderada, tomando lo que quería. Mis manos en su cintura, guiándola, sintiendo su calor apretándome. La pasión de sus movimientos me lleva al borde.

La volteé a cuatro patas, admirando su culo perfecto. Entré de nuevo, agarrando sus caderas, embistiendo con fuerza. El sonido era obsceno, húmedo, perfecto. Ella se tocaba el clítoris, y sentí sus paredes contrayéndose.

—Me vengo, Alejandro... ¡ahhh! —gritó, cuerpo temblando, jugos chorreando por mis bolas.

Eso me mandó al clímax. Empujé una última vez, profundo, y exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola, mi gruñido ronco uniéndose al suyo. El mundo se redujo a ese pulso compartido, el éxtasis puro.

Caímos exhaustos, enredados en las sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. Besé su frente, oliendo su cabello mezclado con nuestro sudor. —Eso fue de poca madre, Elena —susurré.

—Neta, la pasión de esta noche no se olvida —respondió ella, trazando círculos en mi piel con el dedo.

Nos quedamos así, platicando bajito sobre nada y todo, el skyline de la ciudad parpadeando afuera. No era solo sexo; había conexión, risas, ese fuego que promete más noches así. Me dormí con su cuerpo pegado al mío, sabiendo que la vecina ardiente había encendido algo eterno en mí. Mañana, quién sabe, pero esta pasión ya era nuestra.

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