Pasión Capítulo 20 Fuego en las Venas
Sofía se recargaba en el balcón de su departamento en Polanco, con el bullicio de la Ciudad de México zumbando allá abajo como un río de luces y cláxones lejanos. El aire nocturno traía el aroma dulce de las jacarandas que aún florecían en la avenida, mezclado con el humo sutil de los taquitos al pastor de la esquina. Llevaba un vestido negro ceñido que abrazaba sus curvas como una promesa, y su piel morena brillaba bajo la luna llena. Hacía semanas que no veía a Marco, su carnal, el wey que le aceleraba el corazón con solo una mirada. Neta, este cabrón me tiene loca, pensó, mientras jugueteaba con el borde de su copa de mezcal ahumado, el líquido dorado quemándole la lengua con su sabor terroso.
El sonido de la llave en la cerradura la hizo voltear de golpe. Ahí estaba él, Marco, con su camisa blanca desabotonada hasta el pecho, mostrando ese tatuaje de águila que le hacía tan chulo. Sus ojos cafés profundos la devoraron de arriba abajo, y una sonrisa pícara se le escapó. Órale, mi reina, murmuró con esa voz ronca que le erizaba la piel. Se acercó despacio, como un jaguar en la selva, y la abrazó por la cintura, su aliento cálido rozándole el cuello. Olía a colonia fresca y a sudor masculino del gym, un combo que la ponía en on fire.
—Te extrañé, Sofi —dijo él, besándole la clavícula con labios suaves pero firmes—. No sabes las noches que soñé con esto.
Ella se arqueó contra su cuerpo duro, sintiendo el bulto creciente en sus jeans contra su vientre.
Pasión Capítulo 20, ¿no? Como en esas novelas que leo a escondidas, donde el fuego nos consume de una vez, pensó, mientras sus manos subían por su espalda musculosa. El deseo inicial era como una chispa: el roce de sus dedos en su nuca, el latido compartido de sus corazones, el sabor salado de su piel cuando lo besó en la mandíbula. Pero había tensión, un conflicto sutil. Habían peleado por celos tontos antes de que él se fuera a Guadalajara por trabajo. ¿Podrían dejarlo atrás esta noche?
La llevó adentro, cerrando la puerta con un pie mientras la besaba con hambre. Sus lenguas se enredaron en un baile húmedo y caliente, saboreando el mezcal en su boca y el dulzor de su labial de cereza. Sofía gimió bajito cuando él le mordió el labio inferior, un pinchazo placentero que le mandó chispas directo al centro de su ser. Lo empujó hacia el sofá de piel beige, donde cayeron enredados, riendo como chavos en fiestón.
En el medio del relajo, la intensidad subió de nivel. Marco le quitó el vestido con delicadeza, deslizándolo por sus hombros como si pelara una fruta madura. Sus tetas quedaron expuestas al aire fresco del AC, los pezones endureciéndose al instante bajo su mirada ardiente. Estás de hija, Sofi, gruñó, tomándolas en sus manos grandes y ásperas del trabajo en construcción. Las masajeó lento, pellizcando los brotes rosados hasta que ella jadeó, arqueando la espalda. El tacto era eléctrico: piel contra piel, sudor empezando a perlarse, el sonido de sus respiraciones agitadas llenando la sala.
Ella no se quedó atrás. Le desabrochó los jeans con dedos temblorosos de anticipación, liberando su verga gruesa y venosa que saltó dura como fierro. ¡Qué pinga tan chingona!, se dijo mentalmente, lamiéndose los labios. La tomó en la mano, sintiendo su calor pulsante, las venas latiendo bajo su palma suave. Marco siseó, echando la cabeza atrás, mientras ella la acariciaba de arriba abajo, untando el pre-semen cristalino que brotaba de la punta. El olor almizclado de su excitación la invadió, mezclado con el perfume de las velas de vainilla que había encendido antes.
—Chúpamela, mi amor —suplicó él, voz entrecortada.
Sofía se arrodilló entre sus piernas, el piso de madera fría contra sus rodillas desnudas. Abrió la boca y lo engulló centímetro a centímetro, saboreando la sal de su piel, el sabor terroso y salado que le llenaba la garganta. Lo chupó con devoción, la lengua girando alrededor del glande hinchado, mientras sus bolas pesadas le rozaban la barbilla. Marco le enredó los dedos en el pelo negro largo, guiándola sin forzar, gimiendo ¡ay, wey, qué rico!. Ella aceleró, succionando fuerte, sintiendo cómo se hinchaba más en su boca, el pulso acelerado en su mano.
Pero no quería que terminara tan pronto. Se levantó, empujándolo de espaldas en el sofá, y se quitó el tanga de encaje rojo, revelando su panocha depilada y ya empapada. El jugo de su excitación brillaba en los labios hinchados, y el aroma dulce y almizclado flotaba en el aire. Marco la miró como si fuera un manjar, extendiendo la mano para tocarla. Sus dedos gruesos se colaron entre los pliegues resbalosos, frotando el clítoris endurecido en círculos lentos. Sofía gritó bajito, las caderas moviéndose solas contra su palma.
Esto es pasión pura, Capítulo 20 de nuestra historia, donde todo explota, pensó, mientras oleadas de placer la recorrían desde el vientre hasta las yemas de los pies.
La tensión emocional subió cuando él la miró a los ojos. —Perdóname por lo de la otra vez, Sofi. Eres lo único que quiero, neta.
—Yo también, pendejo —rió ella, lágrimas de emoción mezcladas con lujuria—. Hazme tuya ya.
Marco la levantó como si no pesara nada, cargándola al cuarto. La cama king size los esperaba con sábanas de algodón egipcio frescas, iluminada por la luz tenue de la lámpara de sal rosa. La acostó boca arriba y se colocó encima, su cuerpo pesado y protector cubriéndola. Rozó su verga contra la entrada húmeda, untándose con sus jugos, provocándola hasta que ella suplicó. Entonces, empujó despacio, llenándola por completo. ¡Dios, qué estirada tan rica! Sintió cada vena, cada pulgada abriéndose paso en su calor apretado, sus paredes contrayéndose alrededor de él como un guante de terciopelo.
Empezaron a moverse en ritmo perfecto, él embistiéndola profundo y constante, ella clavándole las uñas en la espalda, dejando marcas rojas. El sonido de carne contra carne resonaba húmedo y obsceno, mezclado con sus gemidos: ¡Más duro, Marco! ¡Sí, así, cabrón! Sudor corría por sus cuerpos, goteando entre sus tetas, salado en su lengua cuando él lo lamió. Cambiaron posiciones; ella encima, cabalgándolo como amazona, las caderas girando en círculos que le rozaban el clítoris contra su pubis. Sus pechos rebotaban hipnóticos, y él los atrapó, chupando un pezón mientras la penetraba desde abajo con fuerza brutal pero consentida.
La intensidad psicológica alcanzó su pico cuando sus miradas se trabaron. Esto no es solo sexo, es nuestro amor en llamas, pensó Sofía, mientras el orgasmo se acumulaba como tormenta. Sus músculos se tensaron, el placer construyéndose en espiral: calor en el bajo vientre, pulsos en el clítoris, temblores en las piernas. Marco la sintió apretarse y gruñó:
—Me vengo, mi vida...
Explosaron juntos. Ella gritó largo y agudo, el coño convulsionando alrededor de su verga, ordeñándolo mientras chorros calientes de semen la inundaban. Olas de éxtasis la barrieron, visión borrosa, oídos zumbando con su propio pulso. Él se vació dentro de ella, espasmos interminables, hasta que ambos colapsaron, jadeantes y pegajosos.
En el afterglow, yacían enredados, el olor a sexo y sudor impregnando las sábanas. Marco le besó la frente, trazando círculos perezosos en su espalda. Sofía suspiró, el cuerpo lánguido y satisfecho, un calor residual latiendo en su interior.
—Esto fue pasión capítulo 20, ¿verdad? —murmuró ella, sonriendo contra su pecho.
—Y hay más capítulos por venir, mi reina —respondió él, apretándola fuerte.
La noche los envolvió en paz, con el eco de la ciudad como banda sonora lejana, sabiendo que su fuego solo crecía.