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La Pasión Sarah Brightman y Fernando Lima

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La Pasión Sarah Brightman y Fernando Lima

La noche en el Palacio de Bellas Artes estaba cargada de magia. El público, embelesado, aplaudía sin parar después de nuestra interpretación de La Pasión. Yo, Sarah, con mi vestido rojo ceñido que acentuaba cada curva de mi cuerpo, sentía el calor de las luces aún en la piel. Fernando, a mi lado en el escenario, su voz grave y profunda resonando en mi alma, me miró con esos ojos oscuros que prometían más que solo música. La Pasión Sarah Brightman y Fernando Lima, así nos llamaban en los carteles, pero esa noche, sentía que era algo personal, algo que ardía entre nosotros desde los ensayos.

En el camerino, el espejo reflejaba mi rostro sonrojado. Me quité el maquillaje con toallitas húmedas, oliendo a jazmín y sudor fresco. Fernando entró sin tocar, cerrando la puerta con un clic suave. Llevaba la camisa blanca desabotonada hasta el pecho, revelando vellos oscuros y piel morena que brillaba bajo la luz tenue.

¿Por qué late tan fuerte mi corazón? Neta, este wey me trae loca desde el primer día. Su voz en La Pasión me eriza la piel cada vez.

"Sarah, qué chingonería la de esta noche", dijo él, acercándose con una sonrisa pícara. Su aroma, mezcla de colonia cara y esencia masculina, me envolvió como una caricia. Me giré, y su mano rozó mi hombro desnudo. El toque fue eléctrico, enviando chispas por mi espina.

"Gracias, Fernando. Tú... tú haces que suene perfecto", respondí, mi voz un susurro ronco. Nuestros ojos se clavaron, el aire espeso de tensión. Recordé los ensayos en su departamento en Polanco, donde sus dedos rozaban los míos al pasar las partituras, y yo fantaseaba con más.

Salimos juntos en su camioneta negra, el tráfico de la CDMX zumbando afuera. La ciudad nocturna desfilaba con neones y bocinas lejanas. En el radio, sonó nuestra canción, La Pasión Sarah Brightman y Fernando Lima, y él subió el volumen. Cantamos bajito, nuestras voces entrelazándose como cuerpos en la penumbra.

Llegamos al hotel en Reforma, un lugar de lujo con vistas al Ángel. El lobby olía a flores frescas y café de olla. Subimos al elevador, solos. Su mano tomó la mía, pulgares acariciando. Sentí mi piel erizarse, el calor subiendo por mis muslos.

En la suite, las luces suaves iluminaban la cama king size con sábanas de satén blanco. Abrí el minibar y saqué una botella de tequila reposado. "¿Brindamos?", propuse, vertiendo en copas de cristal. El líquido ámbar brilló, su olor fuerte y terroso invadiendo el cuarto.

Brindamos por La Pasión, por la noche. El tequila quemó mi garganta, calentándome por dentro. Fernando se acercó, su aliento cálido en mi cuello. "Sarah, no aguanto más. Desde que te vi en el escenario, con ese vestido... me traes de la chingada", murmuró, su voz grave como en la canción.

¡Ay, Dios! Su cercanía me moja las panties. Quiero sentirlo todo, neta.

Mis labios encontraron los suyos en un beso hambriento. Sabían a tequila y deseo puro, su lengua explorando la mía con urgencia. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, desabrochando el zipper del vestido. La tela cayó al piso con un susurro sedoso, dejando mis pechos libres, pezones endurecidos por el aire fresco y su mirada ardiente.

"Estás preciosa, carnala", gruñó, besando mi clavícula. Su boca descendió, lamiendo un pezón, succionándolo suave al principio, luego con fuerza. Gemí, el placer como rayos directos a mi centro. Mis dedos se enredaron en su cabello negro, ondulado, oliendo a shampoo de hierbas.

Lo empujé hacia la cama. Me arrodillé entre sus piernas, desabotonando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y dureza de terciopelo. "Qué rica, Fernando", dije, lamiendo la punta, saboreando la sal de su pre-semen. Él jadeó, caderas alzándose.

Me chupó con devoción, su lengua trazando venas, succionando hasta la garganta. Tosí un poco, pero no paré, queriendo complacerlo. Sus gemidos llenaban la habitación, graves y animales, mezclados con el zumbido del aire acondicionado.

"Ven aquí, mi reina", me pidió, jalándome arriba. Me quitó las bragas de encaje, exponiendo mi panocha depilada, ya empapada. Sus dedos exploraron, rozando mi clítoris hinchado. "Estás chorreando, Sarah. Neta, me encanta". Metió dos dedos, curvándolos, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Me arqueé, uñas clavándose en sus hombros, oliendo nuestro sudor mezclado, almizclado y excitante.

¡Qué pendeja fui por no hacer esto antes! Su toque es fuego puro, me derrite.

La tensión crecía como una ola. Besos en mi vientre, muslos, mordisqueando suave. Su lengua llegó a mi concha, lamiendo lento, saboreando mis jugos. Chupó mi clítoris, vibrando con un gemido. Grité, piernas temblando, el placer acumulándose en espiral.

"Te quiero dentro, ya", supliqué. Se posicionó, su verga rozando mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Lleno, perfecto. Empezamos a movernos, ritmo lento al principio, piel contra piel chapoteando. El sonido obsceno de cuerpos uniéndose, sus bolas golpeando mi culo.

Aceleramos. Él encima, embistiendo profundo, pechos rebotando. Sudor perlando su frente, goteando en mi piel. Agarré sus nalgas firmes, urgiéndolo más hondo. "¡Más fuerte, cabrón! ¡Dame todo!", grité, perdida en el éxtasis. El cuarto olía a sexo crudo, a nosotros.

Cambié de posición, cabalgándolo. Sus manos en mis chichis, pellizcando pezones. Reboté, sintiendo cada roce en mi G, el clítoris frotando su pubis. Sus ojos en los míos, conexión total. "Sarah, La Pasión eres tú... ah, me vengo", rugió.

El orgasmo me golpeó como tsunami. Ondas de placer convulsionando mi cuerpo, gritando su nombre. Él se tensó, verga hinchándose, llenándome de chorros calientes. Colapsamos, jadeantes, corazones galopando al unísono.

Después, envueltos en sábanas revueltas, su brazo alrededor de mi cintura. Besos suaves en mi sien. "Esto fue más que la canción, ¿verdad?", susurró.

Qué chido. No solo fue el cuerpo, fue el alma. Fernando, mi pasión eterna.

La ciudad dormía afuera, pero en nosotros, La Pasión Sarah Brightman y Fernando Lima acababa de nacer de verdad. Mañana ensayaríamos de nuevo, pero ahora, sabíamos el secreto detrás de las notas.

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