El Color de la Pasión Cap 100
La brisa del mar de Cancún me acariciaba la piel como un amante impaciente mientras bajaba del taxi frente a la villa. Hacía meses que no veía a Marco, mi chulo eterno, el que me hacía temblar con solo una mirada. Habíamos planeado esta noche como el clímax de nuestra historia, el capítulo 100 de el color de la pasión que nos definía. Él salió a recibirme, shirtless, con esos abdominales marcados por horas en el gym y una sonrisa pícara que me derretía las rodillas.
—Órale, mamacita, ven pa'cá —me dijo con esa voz ronca, jalándome hacia él para un beso que sabía a tequila y sal marina.
Su boca se pegó a la mía como imán, y sentí el calor de su pecho contra mis tetas, que ya se endurecían bajo el vestido ligero. Olía a loción de coco y a hombre listo para devorarme. Mi corazón latía como tambor en fiesta, y entre mis piernas ya se despertaba ese cosquilleo familiar, el que solo él provocaba.
¡Dios, cuánto lo extrañé! Cada noche soñaba con sus manos en mi cuerpo, marcándome como suya. Esta vez no hay prisas, no hay interrupciones. Es nuestro momento, el color de la pasión en su máxima expresión.
Entramos a la villa, iluminada por velas que parpadeaban como estrellas caídas. La mesa estaba puesta con mariscos frescos, guacamole cremoso y una botella de mezcal ahumado. Nos sentamos frente al mar, el sonido de las olas rompiendo en la playa como un ritmo sensual que nos envolvía.
—Cuéntame todo, corazón —dijo él, sirviéndome un trago—. ¿Qué has hecho sin mí?
Le hablé de mi vida en la Ciudad de México, de las fiestas en Polanco, de cómo nada me llenaba como sus brazos. Él me escuchaba, sus ojos oscuros fijos en mis labios, y de vez en cuando rozaba mi mano con la suya, enviando chispas por mi espina. El mezcal bajaba ardiente por mi garganta, calentándome por dentro, y el aire se cargaba de electricidad. Sentía su mirada recorriéndome el escote, y yo abría las piernas un poquito bajo la mesa, invitándolo sin palabras.
Después de cenar, Marco puso música ranchera moderna, esa que te hace mover las caderas sin remedio. Me jaló a bailar en la terraza, sus manos en mi cintura, pegándome a su cuerpo duro. Sentí su verga semierecta contra mi vientre, gruesa y prometedora, y un gemido se me escapó.
—Ya estás mojada, ¿verdad, pinche nena? —susurró en mi oído, mordisqueándome el lóbulo.
—Sí, cabrón, hazme tuya —respondí, restregándome contra él.
Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas con fuerza, y yo le clavé las uñas en la espalda. El beso que siguió fue feroz, lenguas enredadas, saboreando el mezcal en su boca y el jugo de marisco en la mía. Olía a sudor fresco y a deseo puro, ese aroma que me volvía loca.
Me cargó como si no pesara nada y me llevó al cuarto, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de satén rojo. Me tiró con gentileza y se quitó los shorts, liberando su miembro erecto, venoso y listo para mí. Lo miré, babeando por dentro.
¡Míralo, tan perfecto! Cap 100 de nuestra pasión, y sigue poniéndoseme como la primera vez. Quiero sentirlo todo, cada centímetro.
Me quité el vestido despacio, provocándolo, dejando que viera mis curvas bronceadas, mis pezones rosados erguidos. Él se acercó gateando como fiera, besando mi cuello, bajando por mi pecho. Chupó un pezón con hambre, tirando suave con los dientes, mientras su mano se colaba entre mis muslos. Estaba empapada, mis labios hinchados rogando por atención.
—Qué rico te sientes, mi reina —gruñó, metiendo dos dedos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me hacía arquear la espalda.
El sonido de mis jugos al moverse era obsceno, chapoteante, mezclado con mis jadeos. Lamí su cuello salado, mordí su hombro musculoso, mientras él me follaba con los dedos, lento al principio, luego más rápido. Mi clítoris palpitaba, y cuando lo rozó con el pulgar, vi estrellas.
—No pares, Marco, por favor —supliqué, mis caderas moviéndose solas.
Pero él se detuvo, sonriendo malicioso. —Aún no, amor. Quiero saborearte primero.
Me abrió las piernas, su aliento caliente en mi sexo antes de lamer. Su lengua plana recorrió mi raja de abajo arriba, saboreando mi miel dulce y salada. Chupó mi clítoris como caramelo, metiendo la lengua adentro, follándome con ella. Gemí fuerte, agarrando sus cabellos negros, el olor de mi arousal llenando la habitación junto al jazmín del jardín.
El placer subía como ola, tenso, inevitable. Mis muslos temblaban alrededor de su cabeza, y cuando metió un dedo mientras lamía, exploté. —¡Me vengo, cabrón! —grité, mi cuerpo convulsionando, chorros de placer mojando su barbilla.
Él se levantó triunfante, su cara brillante con mis jugos, y me besó para que probara mi propio sabor. Era salado, almizclado, adictivo. Lo empujé boca arriba y me subí encima, frotando mi coño resbaloso contra su verga dura como piedra.
Ahora yo mando. Cap 100 merece que lo monte como diosa.
Lo guié adentro de mí, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirándome, llenándome hasta el fondo. Era grueso, caliente, latiendo dentro. Empecé a cabalgar despacio, sintiendo cada vena rozar mis paredes sensibles. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, me volvían loca.
—Fóllame más duro, Ana —pidió, embistiéndome desde abajo.
Aceleré, mis nalgas chocando contra sus muslos con palmadas húmedas, el sudor chorreando por nuestros cuerpos. El cuarto olía a sexo puro, a pieles en llamas, a el color de la pasión desatado. Él se sentó, abrazándome, y chupó mis tetas mientras yo rebotaba en su pija.
Cambié de posición, de perrito, mi culo en pompa para él. Marco entró de un solo empujón, profundo, tocando mi cervix. —¡Sí, así, chíngame fuerte! —grité, empujando hacia atrás.
Sus bolas golpeaban mi clítoris con cada estocada, rápidas, brutales pero llenas de amor. Sentía su sudor goteando en mi espalda, sus gruñidos en mi oído, el roce de su vello púbico contra mi piel sensible. El orgasmo se acercaba de nuevo, más intenso.
—Me vengo contigo, mi vida —jadeó él, acelerando.
Explotamos juntos, yo gritando su nombre mientras mi coño lo ordeñaba, él llenándome con chorros calientes de semen, su cuerpo temblando contra el mío. Colapsamos, enredados, respirando agitados, el corazón martillando al unísono.
Después, en la afterglow, nos quedamos así, piel con piel, escuchando las olas. Me acariciaba el cabello, besándome la frente.
—Esto es el color de la pasión cap 100, corazón. Y hay más capítulos por venir.
En sus brazos, supe que nuestra historia nunca acabaría. Era eterna, ardiente, mexicana hasta el hueso.
Nos dormimos con el mar de fondo, satisfechos, listos para el amanecer.