Relatos
Inicio Erotismo El Amor Se Acabó La Pasión No Terminó El Amor Se Acabó La Pasión No Terminó

El Amor Se Acabó La Pasión No Terminó

7076 palabras

El Amor Se Acabó La Pasión No Terminó

La noche en el Polanco estaba viva, con ese ruido de la ciudad que te envuelve como un abrazo caliente. Las luces de neón parpadeaban en las fachadas de los bares, y el olor a tacos al pastor se mezclaba con el perfume caro de las chavas que pasaban riendo. Yo, Ana, había llegado a esa fiesta en la casa de mi carnala Lupe solo para distraerme. Hacía seis meses que Luis y yo habíamos terminado. El amor se acabó, la pasión terminó, me repetía como un mantra cada vez que lo recordaba. Pero esa noche, con un tequila en la mano, el corazón me latía como si supiera algo que yo no.

Entré al jardín iluminado por guirnaldas de luces, la música cumbia rebajada retumbando en los parlantes. Sudor y risas, cuerpos moviéndose al ritmo. Y de repente, ahí estaba él. Luis, con su camisa negra ajustada que marcaba esos pectorales que yo conocía de memoria. Alto, moreno, con esa barba de tres días que raspaba delicioso. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un calor subir por mi entrepierna, como si mi cuerpo no hubiera recibido el memo del divorcio emocional.

¿Qué chingados haces aquí, Ana? El amor se acabó, la pasión terminó. No mires, no te acerques, pensé, pero mis pies ya se movían solos.

Órale, Ana, ¿qué onda, güey? —me dijo con esa sonrisa pícara, acercándose con un shot de reposado en la mano. Su voz grave me erizó la piel, como siempre.

—Nada, carnal, aquí ando con Lupe —respondí, fingiendo desinterés, pero mi pulso se aceleraba. Olía a su colonia, esa mezcla de madera y cítricos que me volvía loca. Hablamos de pendejadas: el trabajo, los amigos, la vida. Pero el aire entre nosotros estaba cargado, como antes de una tormenta. Sus ojos bajaban a mis labios, a mis tetas que asomaban en el escote del vestido rojo ceñido.

La fiesta avanzaba, la gente bailaba pegadito. Lupe nos vio y guiñó el ojo, como diciendo échale ganas. Luis me tomó de la mano.

—Baila conmigo, ¿va?

No pude decir que no. Su mano grande y cálida en mi cintura, mi culo rozando su paquete que ya se sentía duro contra mí. El ritmo de la cumbia nos mecía, sudor perlando su cuello, salado si lo lamiera. Sentía su aliento en mi oreja, caliente, oliendo a tequila.

Esto es solo un baile, Ana. Nada más, me mentí, mientras mi chucha se humedecía con cada roce.

La tensión crecía como lava. Salimos al balcón, solos, con la ciudad brillando abajo. El viento fresco contrastaba con el fuego entre mis piernas.

Neta, Ana, no he dejado de pensar en ti —confesó, su mano subiendo por mi muslo bajo el vestido. Temblé, no de frío.

—Luis, el amor se acabó, la pasión terminó. Somos del pasado —susurré, pero mis dedos ya desabotonaban su camisa, sintiendo el vello áspero de su pecho.

Me besó entonces, feroz, como si quisiera devorarme. Sus labios carnosos, la lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y deseo. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su espalda. Bajamos besándonos, tropezando, hasta su coche estacionado cerca. Adentro, olía a cuero nuevo y a nosotros, ese aroma almizclado de excitación.

—Te quiero chingar como antes —gruñó, metiendo la mano entre mis piernas. Mis panties estaban empapadas. Saqué su verga, gruesa, venosa, palpitante en mi mano. La apreté, sintiendo su calor, el pulse rápido.

Condujo como loco hasta su depa en la Roma, yo masturbándolo todo el camino, su precum lubricando mi palma. Entramos tambaleándonos, ropa volando. En su cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como seda, me tiró de espaldas. Besó mi cuello, mordisqueando, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Bajó a mis tetas, chupando los pezones duros como piedras, tirando con los dientes hasta que grité.

Sí, pendejo, no pares. Aunque el amor se haya ido, esto no termina.

Su boca llegó a mi monte de Venus, oliendo mi excitación, ese olor dulce y salado que lo enloquecía. Lamio mi clítoris hinchado, lento al principio, círculos con la lengua áspera. Metió dos dedos gruesos en mi coño chorreante, curvándolos contra mi punto G. El sonido era obsceno: chapoteo húmedo, mis jugos corriendo por sus nudillos. Gemía su nombre, arqueando la espalda, el sudor pegando mi pelo a la frente.

—Estás más rica que nunca, Ana —dijo, lamiendo mis labios mayores, chupando hasta que exploté en su boca. El orgasmo me sacudió como un rayo, piernas temblando, visión borrosa, grito ahogado en la almohada.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, mi culo en pompa. Sentí su verga rozando mi entrada, resbalosa. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno, tan lleno. El dolor placentero se convirtió en puro fuego. Empezó a bombear, lento, profundo, sus bolas peludas golpeando mi clítoris. El plaf plaf de piel contra piel, su sudor goteando en mi espalda, el olor a sexo impregnando la habitación.

Chíngame más duro, wey —le rogué, empujando contra él. Aceleró, sus manos amasando mis nalgas, un dedo en mi ano apretado, lubricado con mis jugos. El placer era abrumador: cada embestida rozando mis paredes internas, su glande golpeando el fondo. Sudábamos como puercos, resbalosos, el colchón crujiendo bajo nosotros.

Me giró de nuevo, piernas en sus hombros, penetrándome más hondo. Miré su cara de éxtasis, venas del cuello hinchadas. Besé su boca salada, probando mi propio sabor en su lengua. El clímax se acercaba, mi coño contrayéndose alrededor de su pija.

—Me vengo, Luis, me vengo —jadeé.

—Yo también, nena —gruñó, llenándome con chorros calientes, espeso semen mezclándose con mis fluidos. Colapsamos, pegajosos, respiraciones entrecortadas. Su peso sobre mí era reconfortante, su verga ablandándose dentro, gotas calientes escapando.

Nos quedamos así, enredados, el ventilador zumbando arriba, aire fresco secando nuestro sudor. Besos suaves ahora, caricias perezosas en la piel sensible.

Después, en la ducha, agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabón espumoso resbalando por curvas y músculos. Nos lavamos mutuamente, risas burbujeantes, dedos explorando sin prisa. Salimos envueltos en toallas, pedimos unos tacos por app, comiendo en la cama con las piernas cruzadas, salsa picante quemando la lengua.

—Esto no cambia nada, ¿verdad? El amor se acabó —dije, pero sonriendo.

—La pasión no terminó, Ana. Podemos tener esto cuando queramos, sin promesas —respondió, besando mi hombro.

Me quedé a dormir, su brazo alrededor de mi cintura, su respiración rítmica en mi nuca. Al amanecer, el sol filtrándose por las cortinas, lo miré dormir. Sí, el amor se acabó, pero esta pasión... esta sí que vive. Salí de puntitas, con una nota: "Hasta la próxima, pendejo". El corazón ligero, el cuerpo satisfecho, lista para lo que viniera. La vida en México es así: intensa, apasionada, sin finales aburridos.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.