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Pasión de Gavilanes Jimena y Óscar en Llamas

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Pasión de Gavilanes Jimena y Óscar en Llamas

En la Hacienda Gavilanes, bajo el sol abrasador de Sinaloa, Jimena Reyes caminaba por los corredores empedrados con el corazón latiéndole como tambor de banda. El aire olía a tierra húmeda después de la lluvia mañanera y a las bugambilias rojas que trepaban por las paredes de adobe. Llevaba un huipil ligero que se pegaba a su piel morena por el bochorno, y cada paso hacía que sus caderas se mecieran con esa gracia natural que volvía locos a los peones. Pero solo uno la traía de cabeza: Óscar, su hombre, el rey indiscutible de esa tierra.

Óscar la vio desde el porche, recargado en una columna, con su sombrero charro echado pa’trás y la camisa entreabierta dejando ver el pecho velludo y bronceado. Sus ojos negros la devoraban como si fuera un taco de carnitas recién salido del comal. Qué chula está la Jimena, carajo, pensó él, sintiendo cómo la sangre le subía a la verga solo con imaginarla desnuda. Habían estado casados dos años, pero la pasión de Gavilanes Jimena y Óscar no se apagaba; al contrario, cada día ardía más fuerte, como fogata de las fiestas patronales.

—Ven pa’cá, mi reina —le gritó Óscar con esa voz ronca que le erizaba la piel.

Jimena se acercó, sintiendo el cosquilleo en el estómago.

¿Por qué este wey me pone así nomás con una mirada? Neta, me late demasiado.
Se paró frente a él, tan cerca que podía oler su aroma a hombre: sudor fresco mezclado con el tabaco de su puro y el cuero de sus botas. Óscar la jaló por la cintura, pegándola a su cuerpo duro como encino.

—Óscar, aquí nos pueden ver los muchachos —susurró ella, pero su cuerpo ya la traicionaba, arqueándose contra él.

—Que vean, que se mueran de envidia. Tú eres mía, Jimena.

Sus labios se encontraron en un beso que empezó suave, como brisa del Pacífico, pero pronto se volvió tormenta. Las lenguas bailaban, saboreando el dulce de la tuna que ella había comido y el salado de su piel. Las manos de Óscar bajaron a sus nalgas, amasándolas con fuerza, mientras ella enredaba los dedos en su pelo negro y revuelto.

El deseo inicial era como un río crecido: lento al principio, pero imparable. Se separaron jadeantes, y Óscar la cargó en brazos como si no pesara nada, llevándola adentro de la casa grande. El pasillo estaba fresco, con el olor a cera de vela y flores de nochebuena secas. La subió a su recámara, la puerta se cerró con un clic que sonó a promesa.

Ahí, en la cama de roble con sábanas de algodón egipcio traídas de Culiacán, la tensión empezó a escalar. Óscar la recostó despacio, besándole el cuello, mordisqueando esa piel suave que sabía a vainilla y sol. Jimena gemía bajito, sus pezones endureciéndose bajo el huipil, rogando atención.

No mames, este hombre sabe exactamente dónde tocarme. Me va a volver loca.

Él le quitó la ropa con paciencia de vaquero domando yegua salvaje: primero el huipil, revelando sus tetas firmes y redondas, coronadas de chocolate oscuro. Las lamió, chupó, haciendo que ella arqueara la espalda y clavara las uñas en sus hombros. El sonido de sus succiones llenaba la habitación, mezclado con los jadeos de Jimena y el crujir de la cama.

—Estás cañona, mi amor. Mira cómo te pones por mí —murmuró Óscar, bajando la mano entre sus muslos. Sus dedos encontraron la humedad caliente, resbalosa como miel de maguey. Jimena abrió las piernas, invitándolo, sintiendo el roce áspero de sus callos contra su clítoris hinchado.

La escalada fue gradual, llena de emotional depth. Jimena recordaba las noches en que discutían por tonterías —él celoso de los capataces, ella queriendo más libertad en la hacienda—, pero aquí, en la cama, todo se resolvía en caricias. Es mi todo, este pendejo, pensó ella mientras lo desvestía, admirando su verga gruesa y venosa, palpitante como corazón de res.

Óscar se colocó entre sus piernas, frotándola contra su entrada húmeda. El olor a sexo llenaba el aire: almizcle, sudor, excitación pura. Ella lo guio con la mano, gimiendo cuando la punta entró, estirándola deliciosamente.

—Despacio, mi rey... ay, qué rico...

Él empujó hondo, llenándola por completo. El ritmo empezó lento, como son jaripeo: embestidas profundas que hacían que sus pelvis chocaran con plaf húmedo. Jimena sentía cada vena, cada pulso, el calor de su piel contra la suya. Sus pechos rebotaban, y él los atrapaba con las manos, pellizcando los pezones hasta hacerla gritar.

La intensidad subía como fiebre. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como amazonas en palenque. Sus caderas giraban, moliendo, sintiendo cómo él llegaba más adentro, rozando ese punto que la hacía ver estrellas. El sudor les corría por la espalda, goteando entre sus cuerpos. Óscar gruñía, agarrando sus nalgas, guiándola más rápido.

¡Qué chingón es esto! No quiero que acabe nunca.

Los sonidos eran sinfonía erótica: piel contra piel, gemidos roncos, la cama protestando. Él la volteó a cuatro patas, embistiéndola desde atrás, una mano en su clítoris, la otra jalándole el pelo suave. Jimena se corría primero, un orgasmo que la sacudió como terremoto, contrayendo su panocha alrededor de su verga, gritando su nombre.

—¡Óscar! ¡Sí, cabrón, así!

Él no tardó, rugiendo como león mientras se vaciaba dentro de ella, chorros calientes que la llenaban hasta rebosar. Colapsaron juntos, jadeantes, el corazón latiéndoles al unísono.

En el afterglow, se acurrucaron bajo las sábanas revueltas. El sol se colaba por las cortinas, tiñendo sus cuerpos de oro. Óscar le besaba la frente, oliendo su pelo a jazmín.

—Te amo, Jimena. Esta pasión de Gavilanes Jimena y Óscar es pa’ siempre, ¿eh?

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con la uña.

Neta, qué afortunada soy. Este wey es mi vida.
Fuera, los pájaros cantaban, la hacienda bullía de vida, pero en ese momento, el mundo era solo ellos dos. La tensión se había disipado en éxtasis, dejando un lingering impact de conexión profunda, promesa de más noches así en la tierra de Gavilanes.

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