Pasión Prohibida Capítulo 46 Parte 2
El sol del atardecer en Puerto Vallarta teñía el cielo de tonos naranjas y rosados, como si el mismo mar supiera del fuego que ardía en mi pecho. Yo, Elena, había llegado a esta casa playera escondida, nuestro refugio secreto, con el corazón latiéndome a mil por hora. Neta, cada vez que vengo aquí, siento que me voy a desmayar de los nervios, pensé mientras estacionaba el coche rentado. Diego me esperaba adentro, mi amor prohibido, el carnal de mi carnal, mi cuñado en teoría, pero en la práctica, el hombre que me hacía mojar con solo una mirada.
La puerta se abrió antes de que tocara, y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Olía a sal marina y a su colonia favorita, esa que siempre me recordaba a noches de tequila y sudor. "Ven acá, mi reina", murmuró, jalándome del brazo para pegarme a su pecho. Sus manos grandes y callosas, de tanto trabajar en la construcción de hoteles de lujo en la Riviera Maya, me apretaron la cintura. Sentí su verga ya dura contra mi vientre, y un escalofrío me recorrió la espalda.
¿Cuánto tiempo más vamos a aguantar esta pasión prohibida? Capítulo 46 parte 2 de nuestra historia, y sigo sin poder dejarlo. Mi hermana se divorció de él hace un año, pero la familia no lo sabe todo. Si se enteran que ahora es mío, se arma el desmadre.
Nos besamos como poseídos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a chicle de menta y deseo puro. Gemí bajito cuando sus dientes mordisquearon mi labio inferior, y el sonido del oleaje rompiendo en la playa se mezcló con nuestras respiraciones agitadas. "Te extrañé tanto, chula", dijo él, separándose un segundo para mirarme a los ojos. Esos ojos cafés intensos que me prometían el cielo y el infierno al mismo tiempo.
Lo empujé adentro de la casa, cerrando la puerta con el pie. La sala era amplia, con ventanales que daban al Pacífico, muebles de mimbre y una alfombra suave que ya conocía nuestros cuerpos. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor que subía por mi piel. Me quité la blusa floreada, dejando ver mi sostén de encaje negro, y vi cómo sus pupilas se dilataban. "Estás cañona, Elena", gruñó, quitándose la playera para revelar ese torso marcado por horas en el gym y bajo el sol mexicano.
Acto uno de nuestro ritual: las caricias lentas, las palabras susurradas. Nos sentamos en el sofá, yo a horcajadas sobre él, sintiendo el roce de su piel áspera contra mis muslos suaves. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el sostén con maestría. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras, y él no perdió tiempo: los lamió, succionó, mordisqueó hasta que arqueé la espalda gimiendo "¡Ay, wey, no pares!". El olor de mi arousal ya flotaba en el aire, dulce y almizclado, mezclado con su sudor fresco.
Pero no era solo físico. En mi cabeza bullían los pensamientos. Mi hermana me mataría si supiera. La familia entera, con sus tradiciones y chismes en las posadas navideñas. Pero neta, Diego es mi todo. Su risa, su forma de decir "mi amor" con ese acento yucateco que me enloquece. Él lo sabía, por eso me abrazaba fuerte, como si quisiera fundirnos. "No pienses en eso ahora, mi vida", me dijo, leyendo mi mente mientras sus dedos bajaban la cremallera de mis jeans. "Solo tú y yo, aquí en nuestra pasión prohibida."
Acto dos, la escalada. Me puse de pie, me quité los jeans y las calzas de un jalón, quedando en pelotas frente a él. Mi concha depiladita brillaba de lo mojada que estaba, y Diego se relamió los labios. "Ven, déjame probarte", ordenó con voz ronca. Me acostó en la alfombra, abriendo mis piernas como un banquete. Su aliento caliente rozó mi clítoris antes de que su lengua lo tocara, y juro que vi estrellas. Lamía despacio al principio, círculos suaves, chupando mis labios hinchados, metiendo la lengua adentro para saborear mis jugos. "Sabes a miel, pinche deliciosa", murmuró contra mi piel, vibrando todo mi ser.
Yo enredé mis dedos en su cabello negro, jalándolo más cerca, moviendo las caderas contra su cara. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis gemidos altos "¡Sí, cabrón, así! ¡Más fuerte!", y el lejano rumor del mar. Sudaba, mi piel pegajosa, el corazón retumbando en los oídos. Él metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me volvía loca, bombeando mientras succionaba mi botón. No aguanto, se me va a salir todo, pensé, pero él paró justo antes, torturándome deliciosamente.
"Ahorita no, mi reina. Quiero sentirte completa". Se quitó el pantalón, y su verga saltó libre: gruesa, venosa, la cabeza morada de lo hinchada. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, el olor masculino que me mareaba. La masturbé despacio, escupiendo en la punta para lubricarla, viéndolo cerrar los ojos y gruñir. "Me vas a matar, Elena". Lo empujé al sofá y me subí encima, frotando mi concha mojada contra su longitud, lubricándonos mutuamente. El roce era eléctrico, piel contra piel resbalosa.
La tensión psicológica subía tanto como la física. Hablamos entre jadeos: "¿Y si nos fugamos? ¿A Cancún, a empezar de cero?", propuso él, sus manos amasando mis nalgas. Yo dudé, el conflicto interno me apretaba el pecho. La familia, el escándalo. Pero este amor... es más fuerte que todo. "Sí, wey. Pero primero, fóllame como si fuera la última vez", respondí, y me hundí en él de un golpe. Su verga me llenó por completo, estirándome hasta el límite, un ardor placentero que me hizo gritar.
Cabalgamos con furia. Yo arriba, rebotando, mis tetas saltando, él embistiéndome desde abajo con caderas potentes. El slap-slap de carne contra carne, el sudor chorreando, el olor a sexo impregnando todo. Cambiamos: él me puso en cuatro, penetrándome profundo, una mano en mi clítoris, la otra jalándome el pelo. "Eres mía, solo mía", gruñía, y yo respondía "Sí, pendejo, toda tuya". El orgasmo me pegó como ola gigante: contracciones violentas, jugos chorreando por sus bolas, visión borrosa, grito ahogado.
Él se vino segundos después, llenándome con chorros calientes, rugiendo mi nombre. Nos derrumbamos, jadeantes, pieles pegajosas, corazones galopando al unísono. El afterglow fue puro: besos suaves, caricias perezosas, el sol ya oculto dejando la habitación en penumbras azules.
Acto tres, la reflexión. Acurrucados en la cama king size, con sábanas revueltas oliendo a nosotros, hablamos del futuro. "Esta pasión prohibida no puede durar para siempre escondidos", dije, trazando círculos en su pecho. Él me besó la frente. "Lo sé, mi amor. Mañana hablamos con tu hermana. Somos adultos, que se jodan las tradiciones."
Sentí paz por primera vez en meses. El mar cantaba su nana, el viento traía aroma a yodo y jazmines del jardín. Capítulo 46 parte 2 de nuestra historia, pero no el final. Esta vez, vamos por el todo o nada. Nos dormimos entrelazados, sabiendo que el amanecer traería decisiones, pero esa noche, éramos libres.