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Imágenes Ardientes de Pasión en Pareja

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Imágenes Ardientes de Pasión en Pareja

Sofía se recargaba en el balcón de su departamento en Polanco, con el bullicio de la Ciudad de México zumbando allá abajo como un río de luces y cláxones. El aire nocturno traía ese olor a tacos de la esquina y jazmines del jardín vecino, mezclado con el perfume dulzón de su loción de vainilla. Marco, su carnal de tres años, se acercó por detrás, rodeándola con esos brazos fuertes que siempre la hacían derretirse como chocolate en el sol. Órale, qué chido estar así contigo, pensó ella, sintiendo el calor de su pecho contra su espalda.

Mamacita, ¿qué traes en esa tableta? —le murmuró al oído, su aliento cálido rozándole la oreja como una caricia prohibida.

Sofía sonrió pícara, girándose un poco para que él viera la pantalla. Eran imágenes de pasión en pareja, fotos artísticas que había encontrado en una expo virtual de fotógrafos mexicanos. Parejas entrelazadas en besos feroces, cuerpos desnudos brillando bajo luces tenues, curvas y músculos fundiéndose en éxtasis. No eran porno chafa, sino arte puro, como las de Tina Modotti pero con sabor a México: piel morena, fondos de playas en Oaxaca o ruinas mayas.

—Mira estas imágenes de pasión en pareja, amor. Me prenden cañón. Imagínate nosotros así, ¿neta? —dijo ella, con la voz ronca, pasando las fotos con el dedo. El corazón le latía más rápido, un pulso que sentía en el pecho y bajito, en ese lugar secreto que ya empezaba a humedecerse.

Marco soltó un gruñido bajo, animal, y le besó el cuello, succionando suave hasta que ella jadeó.

¡Ay, cabrón, ya me estás poniendo caliente!
pensó Sofía, mientras el olor a su colonia de sándalo invadía sus sentidos. Sus manos grandes bajaron por su cintura, metiéndose bajo la blusa holgada, rozando la piel suave de su vientre. Ella arqueó la espalda, presionando el culo contra su entrepierna, donde ya sentía esa dureza creciente, como una promesa de lo que vendría.

Entraron al depa sin prisas, pero con esa tensión eléctrica que hace que el aire se sienta pesado. La sala estaba iluminada por velas que Sofía había prendido antes, parpadeando sombras sobre las paredes blancas y el sofá de piel color crema. Se sentaron juntos, la tableta entre ellos, pasando más imágenes. Una pareja en una cascada, él levantándola contra la roca, ella con las piernas abiertas; otra en una cama de pétalos, miradas que gritaban deseo.

—Quiero hacerte mía como en esas fotos —dijo Marco, su voz grave como un tamborazo zacatecano. La miró con ojos oscuros, llenos de hambre, y Sofía sintió un escalofrío delicioso recorrerle la espina.

El beso empezó lento, labios rozándose como en la primera imagen, saboreando el tequila que habían tomado antes, dulce y ahumado. Pero pronto se volvió feroz: lenguas enredándose, dientes mordisqueando, manos explorando. Sofía le quitó la playera, admirando ese torso tatuado con un águila azteca que subía y bajaba con su respiración agitada. Su piel sabe a sal y hombre, pensó, lamiendo desde el cuello hasta el pezón, oyendo su gemido ronco que le vibró en la lengua.

Él no se quedó atrás. Desabrochó su blusa con dedos ansiosos, liberando sus chichis firmes, pezones ya duros como piedritas. Los besó, los chupó, tirando suave hasta que ella gritó: ¡Ay, pendejo, qué rico! El cuarto se llenó de sus sonidos: jadeos, besos húmedos, la tela rasgándose cuando él le bajó los jeans. El olor a su excitación flotaba, almizclado y dulce, mezclándose con el de las velas de coco.

Sofía lo empujó al sofá, montándose a horcajadas. Sentía su verga tiesa presionando contra su panocha a través de la tanga empapada. Se frotó despacio, en círculos, viéndolo retorcerse.

Te tengo en mis manos, guapo. Vas a rogarme
, se dijo, mientras sus caderas bailaban como en una cumbia caliente. Marco le agarró las nalgas, amasándolas fuerte, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico.

—Quítate eso, morra —gruñó él, y ella obedeció, deslizando la tanga por sus muslos, revelando su concha hinchada, brillando de jugos. Él metió dos dedos de golpe, curvándolos adentro, tocando ese punto que la hacía ver estrellas. Sofía cabalgó su mano, el sonido chapoteante llenando el aire, su clítoris rozando su palma áspera. ¡Qué chingón se siente! Cada roce es fuego.

Pero querían más. Se pusieron de pie, tambaleantes, y él la cargó como en una de esas imágenes: piernas de ella alrededor de su cintura, espalda contra la pared fría. La penetró de una embestida, su verga gruesa estirándola delicioso, llenándola hasta el fondo. Gritaron juntos, el choque de piel contra piel como aplausos en un palenque. Olía a sudor fresco, a sexo puro, y Sofía mordió su hombro para no gritar tan alto que los vecinos oyeran.

Cambiaron posiciones, inspirados en las fotos. En el piso, alfombra suave bajo sus rodillas, ella de perrito: él la embistió profundo, una mano en su clítoris, la otra jalándole el pelo suave. ¡Más fuerte, carnal! suplicó ella, y él obedeció, el ritmo acelerando como un corazón desbocado. Sentía cada vena de su pinga rozando sus paredes, el placer acumulándose como una tormenta en el ombligo.

Marco la volteó, mirándola a los ojos mientras la cogía misionero en el sofá. Sus pechos rebotaban con cada thrust, pezones rozando su pecho velludo. Besos desesperados, lenguas batallando, mientras el orgasmo se acercaba. Esas imágenes de pasión en pareja nos han vuelto locos, pensó Sofía, clavando uñas en su espalda.

—Vente conmigo, amor —jadeó él, y ella explotó primero: un grito ahogado, concha contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando por sus muslos. Olas de placer la sacudieron, visión borrosa, gusto a sal en la boca de tanto morderse los labios. Marco la siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándola de su leche caliente, pulsos que sentía adentro.

Se derrumbaron juntos, sudorosos, entrelazados. El aire olía a ellos, a pasión consumada. Sofía apoyó la cabeza en su pecho, oyendo el latido calmarse, como un tambor que se apaga. Pasó la mano por su cabello revuelto, sonriendo.

Neta, esas imágenes de pasión en pareja fueron el detonante perfecto —murmuró ella, besándole la barbilla áspera.

—Sí, pero tú eres mi imagen favorita, Sofi. Siempre lo serás —respondió él, acariciándole la curva de la cadera.

Se quedaron así, en afterglow, con la tableta olvidada en el piso, luces de la ciudad filtrándose por las cortinas. Mañana volverían a la rutina: ella en su galería de arte, él en su taller de carros tuneados. Pero esa noche, habían creado su propia imagen de pasión en pareja, grabada en piel y alma. Y qué chido que sea solo nuestra, pensó Sofía, cerrando los ojos, saboreando la paz dulce del deseo satisfecho.

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