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Crimen Pasional Ejemplo de Fuego Desenfrenado

7107 palabras

Crimen Pasional Ejemplo de Fuego Desenfrenado

Me llamo Ana, tengo veintiocho años y vivo en un departamento chido en Polanco, de esos con vista al skyline de la Ciudad de México que te hace sentir como reina de la jungla urbana. Esa noche, el aire estaba cargado de ese calor pegajoso que solo el DF sabe dar en verano, con el olor a tierra mojada subiendo desde las calles después de una lluvia ligera. Diego me mandó un mensaje: "Ven, nena, no aguanto más". Hacía meses que no nos veíamos, desde que terminamos en medio de una bronca por celos tontos. Pero la química entre nosotros era como gasolina, un chispazo y todo ardía.

Subí al ascensor con el corazón latiéndome a mil, el vestido negro ceñido pegándose a mi piel sudada, mis pezones endureciéndose solo de imaginar sus manos. Olía a mi perfume de jazmín mezclado con el sudor nervioso. Cuando abrió la puerta, ahí estaba él, con esa camisa blanca desabotonada dejando ver su pecho moreno y velludo, el aroma de su colonia varonil invadiéndome como un golpe. "Pásale, mi amor", dijo con esa voz ronca que me deshace. Nos miramos un segundo eterno, el silencio roto solo por el zumbido del aire acondicionado y nuestros jadeos contenidos.

Nos besamos como si el mundo se acabara, sus labios gruesos devorando los míos, lengua caliente explorando mi boca con sabor a tequila reposado que había tomado antes. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza, levantándome contra la pared. Sentí su verga dura presionando mi monte de Venus a través de la tela, un pulso caliente que me hizo gemir. Esto es un crimen, pinche Diego, un crimen pasional ejemplo de lo que no debemos hacer, pensé mientras le clavaba las uñas en los hombros. Pero ¿quién resiste? La tensión de meses explotaba en ese beso salvaje.

Me cargó hasta el sillón de piel, el roce fresco contra mi piel ardiente contrastando con su cuerpo pesado encima del mío. Me quitó el vestido de un jalón, exponiendo mis tetas llenas, los pezones oscuros pidiendo atención. Los lamió despacio, chupando uno mientras pellizcaba el otro, el sonido húmedo de su boca y mis gemidos llenando la habitación. Olía a sexo ya, ese musk dulce de mi excitación mezclándose con su sudor salado.

¡Ay, cabrón, me vas a matar de placer!
le susurré, arqueando la espalda.

Él se arrodilló entre mis piernas abiertas, besando el interior de mis muslos, la barba raspando deliciosamente. Cuando llegó a mi concha, ya estaba empapada, los labios hinchados brillando bajo la luz tenue de las velas que había encendido. Su lengua plana lamió desde el ano hasta el clítoris, saboreando mis jugos con un gruñido animal. "Qué rica estás, Ana, como siempre", murmuró, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido chapoteante de mi humedad, mis caderas moviéndose solas, el olor almizclado subiendo... todo me volvía loca. Me corrí rápido, gritando su nombre, las paredes de mi vagina contrayéndose alrededor de sus dedos, chorros calientes mojando su mano y el sillón.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, el cuero frío en mis tetas aplastadas, y me abrió las nalgas. Su lengua jugó con mi ano, lamiendo en círculos mientras sus dedos volvían a mi coño. Esto es puro vicio, un crimen pasional ejemplo de lo que pasa cuando el deseo te gana, reflexioné entre jadeos. Sentí su verga, enorme y venosa, frotándose en mi entrada, el glande goteando precum caliente. "Dime que la quieres, nena", exigió, y yo supliqué: "Sí, métemela toda, Diego, rómpeme".

Entró de un empujón lento pero firme, estirándome hasta el fondo, el dolor placentero mezclándose con el placer puro. Sus bolas peludas chocando contra mi clítoris con cada embestida, el slap-slap de piel contra piel resonando como tambores. Sudábamos como locos, el olor a sexo intenso impregnando el aire, su pecho pegado a mi espalda, mordiéndome el cuello mientras me cogía duro. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, mis paredes apretándolo como un puño.

¡Chíngame más fuerte, pendejo, hazme tuya!
le grité, y él obedeció, jalándome el pelo, azotándome las nalgas con palmadas que ardían delicioso.

Cambiamos posiciones mil veces, el fuego subiendo. Me sentó en su regazo, yo cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando frente a su cara, él chupándolas mientras yo giraba las caderas, sintiendo su verga tocar mi cervix con cada bajada. El sudor nos unía, resbaloso y caliente, mis jugos corriendo por sus bolas. Olía a nosotros, a pasión cruda, mexicana y sin filtros. Sus manos en mi cintura guiándome, mis uñas arañando su pecho, dejando marcas rojas. La tensión crecía, mis ovarios apretados, el orgasmo acechando como tormenta.

En el clímax, me puso contra la ventana, el vidrio frío en mis tetas, la ciudad brillando abajo como testigo indiferente. Me penetró por detrás, una mano en mi clítoris frotando rápido, la otra en mi garganta apretando suave. "Córrete conmigo, mi reina", jadeó, y explotamos juntos. Mi coño se convulsionó, ordeñándolo, chorros de semen caliente llenándome hasta rebosar, goteando por mis piernas temblorosas. Grité como poseída, él rugió mi nombre, el pulso de su verga eyaculando dentro de mí, oleadas de placer cegador.

Caímos al piso alfombrado, exhaustos, cuerpos entrelazados pegajosos de sudor y fluidos. Su cabeza en mis tetas, mi mano acariciando su pelo revuelto. El aire olía a sexo satisfecho, a jazmín marchito y tequila derramado. Esto fue un crimen pasional ejemplo perfecto, pero del bueno, del que te hace vivir, pensé mientras besaba su frente. No hubo palabras al principio, solo respiraciones calmándose, pulsos uniéndose en ritmo lento.

Después, en la cama king size con sábanas de algodón egipcio suaves como nube, me abrazó fuerte. "Te extrañé, Ana. No más broncas, ¿va?", dijo con voz vulnerable. Yo asentí, trazando círculos en su pecho con la uña. La pasión nos había separado antes por celos tontos, pero esta vez era diferente. Sentía su amor en cada poro, en el afterglow que nos envolvía como manta cálida. Hicimos el amor otra vez, lento, sensual, besos profundos y penetraciones suaves, explorando sabores nuevos: el salado de su semen en mi lengua cuando lo limpié, el dulce de mis jugos en sus labios.

Al amanecer, con el sol tiñendo las cortinas de rosa, nos despertamos enredados. El café negro humeaba en la mesa, su aroma mezclándose con el nuestro persistente. "Eres mi crimen pasional favorito", bromeó él, y reímos. Yo lo besé, saboreando la promesa de más noches así. La tensión se había disuelto en paz, el deseo transformado en algo profundo. Salí de ahí con las piernas flojas, el semen seco en mis muslos recordándome el fuego, pero el corazón lleno. En México, el amor es así: intenso, pasional, un ejemplo vivo de lo que significa arder sin quemarse del todo.

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