Color Negro Pasión
La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal y a coco tostado, con el rumor de las olas rompiendo suave contra la arena. Yo, Ana, acababa de llegar de un día eterno en la oficina de Guadalajara, buscando desconectar en este paraíso. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba un poco a mi piel por el calor húmedo, y mis sandalias crujían sobre las conchas. Ahí lo vi, recargado en la barra de un palapa bar, con una cerveza en la mano. Su piel, ese color negro pasión, brillaba bajo las luces tenues de las guirnaldas, como si absorbiera toda la luna y la devolviera en destellos. Moreno chido, alto, con músculos que se marcaban bajo la camisa blanca entreabierta. Neta, mi corazón dio un brinco.
Me acerqué pidiendo un michelada, fingiendo que no lo volteaba a ver. Él sonrió, dientes blancos relampagueando contra ese tono oscuro que me tenía clavada. "¿Primera vez por acá, güerita?" dijo con voz grave, ronca como el mar en tormenta. Le contesté que sí, que necesitaba aire fresco, y platicamos. Se llamaba Javier, de Michoacán, pero radicaba en la costa trabajando en un resort. Hablaba con ese acento michoacano sabroso, tirando "wey" y "neta" como si nada. Sentí su mirada recorriéndome, deteniéndose en mis curvas, y un calorcillo se me subió por las piernas. Olía a hombre, a sudor limpio mezclado con arena y un toque de colonia barata que lo hacía más real, más deseable.
¿Qué carajos me pasa? Este wey me prende con solo mirarme. Su piel tan oscura, como chocolate derretido bajo el sol, me dan ganas de tocarla, de lamerla.
La plática fluyó fácil: de la vida en la playa, de cómo el mar te lava el alma, de antojos por tacos de mariscos. Terminamos bailando al ritmo de cumbia rebajada que ponían los DJs. Sus manos en mi cintura, fuertes pero suaves, me guiaban. Sentía el calor de su color negro pasión contra mi espalda, su pecho duro presionando. Mi respiración se aceleró, el pulso latiéndome en las sienes. Cuando la canción acabó, me jaló hacia un rincón más oscuro de la playa, donde las palmeras susurraban con la brisa.
Ahí, bajo un cielo estrellado, nos besamos por primera vez. Sus labios gruesos, calientes, sabían a cerveza y a sal. Me devoraba la boca con hambre contenida, lengua explorando la mía como si fuera un territorio nuevo. Mis manos se perdieron en su cabello rizado, corto, áspero al tacto. Bajé por su cuello, sintiendo el latido fuerte de su yugular bajo mis dedos. "Ana, me vuelves loco", murmuró contra mi oreja, su aliento caliente erizándome la piel. Yo solo gemí, arqueándome contra él. Su erección ya dura presionaba mi vientre, prometiendo lo que vendría.
Caminamos tomados de la mano hasta su cabaña en el resort, a unos pasos de la playa. El camino era un borrón de risas nerviosas y besos robados. Adentro, el aire olía a madera y a sábanas frescas. Cerró la puerta y me acorraló contra la pared, besándome con más urgencia. Le quité la camisa, revelando ese torso esculpido, pectorales firmes cubiertos de vello negro rizado que bajaba hasta su ombligo. Mi lengua trazó el contorno de sus músculos, saboreando el sudor salado de su piel oscura. "Qué rico hueles, Javier, como a mar y a hombre", le dije, y él rio bajito, "Tú sí que estás sabrosa, mamacita".
Me desvistió despacio, como si quisiera memorizar cada centímetro. Sus manos grandes, callosas por el trabajo, me masajearon los pechos, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Gemí fuerte cuando chupó uno, succionando con labios suaves y dientes juguetones. Bajó por mi vientre, besando la piel sensible del ombligo, hasta arrodillarse frente a mí. Sentí su nariz rozando mi monte de Venus, inhalando mi aroma de excitación. "Neta, hueles a miel caliente", gruñó, y su lengua se hundió en mí.
¡Ay, Dios! Esa lengua ancha, experta, lamiéndome los labios mayores, succionando el clítoris con un ritmo que me tenía temblando. Mis piernas flaquearon, me agarré de su cabeza, clavando uñas en su cuero cabelludo. El sonido era obsceno: chupadas húmedas, mis jadeos mezclados con sus gruñidos de placer. Olía a sexo puro, a mi jugo cubriéndole la cara. Me corrí fuerte, gritando su nombre, olas de placer sacudiéndome el cuerpo mientras él no paraba, prolongando mi éxtasis hasta que supliqué.
Este color negro pasión me tiene perdida. Su boca es fuego, su piel contra la mía es éxtasis puro. Quiero más, lo quiero todo de él.
Lo jalé al colchón king size, que crujió bajo nuestro peso. Le bajé los shorts, liberando su verga gruesa, venosa, de un moreno profundo que me hizo salivar. La tomé en la mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre el acero duro. La masturbé despacio, viéndola crecer más, el glande brillando con pre-semen. "Chúpamela, Ana, porfa", pidió con voz ronca. Me arrodillé yo ahora, oliendo su almizcle masculino, ese olor terroso que me volvía loca. La lamí de abajo arriba, saboreando la sal, metiéndomela hasta la garganta mientras él gemía "¡Qué chingona, güerita!".
No aguantamos más. Me recostó boca arriba, abriéndome las piernas con ternura. Se colocó entre ellas, frotando la punta en mi entrada húmeda. "¿Quieres que te coja, mi reina?" preguntó, ojos negros clavados en los míos. "Sí, Javier, cógeme duro", rogué. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome por completo. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y hundiéndose profundo. El sonido de piel contra piel, chapoteo de jugos, llenaba la habitación. Su color negro pasión contrastaba con mi piel clara, viéndonos unir era poesía erótica.
Aceleró, embistiéndome con fuerza, mis tetas rebotando, uñas arañándole la espalda. Sudábamos, el aire espeso con olor a sexo y esfuerzo. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como amazona, sintiendo su verga golpear mi punto G. Él me amasaba el culo, azotándome suave, "¡Muévete así, carnala, qué rico!". Me corrí otra vez, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo. Javier gruñó, volteándome a perrito, cogiéndome por detrás con manos en mis caderas. El espejo al frente nos mostraba: mi cara de placer, su expresión feroz, ese cuerpo oscuro martillándome.
Al fin, explotó dentro de mí con un rugido animal, chorros calientes inundándome mientras yo temblaba en mi tercer orgasmo. Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su piel pegajosa contra la mía, corazón latiéndole en el pecho como tambor. Me besó la frente, "Eres increíble, Ana". Yo sonreí, trazando círculos en su color negro pasión, ese tono que ahora asociaba con puro fuego.
Nos quedamos así hasta el amanecer, platicando susurros sobre nada y todo. El sol tiñó el cielo de rosas y naranjas, filtrándose por las cortinas. Salimos a la playa, tomados de la mano, arena fresca bajo los pies. No sé si sería algo más, pero esa noche de color negro pasión me marcó para siempre. Neta, la vida en la playa sabe a gloria.