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Pasion Azulcrema Desatada

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Pasion Azulcrema Desatada

El estadio rugía como un volcán a punto de estallar esa noche en el Azteca. Yo, Ana, con mi jersey azulcrema ajustado que marcaba cada curva de mi cuerpo, estaba en la tribuna sur gritando como loca cada vez que las Águilas atacaban. El sudor me corría por la espalda, mezclándose con el olor a chela y el humo de los cuates que fumaban por ahí cerca. Mi pasion azulcrema era legendaria entre mis carnales; no me perdía ni un partido, y esa vibra me ponía la piel chinita de emoción.

Ahí lo vi por primera vez. Diego, un morro alto, moreno, con brazos de toro que se notaban bajo su camiseta igual de azulcrema. Estaba a unos pasos, saltando y coreando "¡Sí se puede América!" con una sonrisa que iluminaba más que los reflectores. Nuestras miradas se cruzaron cuando Chicharito metió gol; el estadio explotó y yo levanté los brazos, chocando mi mano con la suya. Su piel era cálida, áspera, como si acabara de salir de una cancha. El toque duró un segundo de más, y sentí un cosquilleo que me bajó hasta las piernas.

¿Qué pedo con este güey? Solo un choque de manos y ya me late el corazón como tambor de banda.

Después del gol, nos quedamos platicando. "¡Órale, qué partidazo!", le dije, acercándome para que me oyera sobre el ruido. Él se rio, su voz grave retumbando en mi pecho. "Sí, carnala, esta pasion azulcrema nos hace locos. Soy Diego, ¿y tú?". "Ana, fanática de hueso colorado". Pidió unas chelas y brindamos, el vidrio frío contra mis labios, el sabor amargo bajando fresco por mi garganta. Hablamos de los clásicos contra el Cruz Azul, de cómo el azulcrema nos unía en esta locura colectiva. Sus ojos cafés me recorrían sin disimulo, y yo le devolvía la mirada, notando cómo su pecho subía y bajaba con fuerza.

El partido terminó con victoria águila, y la euforia nos invadió. "Vamos a celebrar en mi depa, está cerca", me propuso, y yo, con la adrenalina a tope, acepté sin pensarlo dos veces. Caminamos por las calles de la Nápoles, el aire nocturno fresco contra mi piel caliente, riéndonos de los pendejos que perdieron. Su mano rozó la mía "por accidente", y el calor de sus dedos me erizó el vello.

En su depa, un lugar chido con posters de las Águilas por todos lados, pusimos la tele para ver los resúmenes. Otra chela, y nos sentamos en el sofá, tan cerca que olía su colonia mezclada con sudor masculino, ese aroma que me volvía loca. "Sabes, tu jersey te queda de poca madre", murmuró, su aliento cálido en mi oreja. Me giré, y nuestros labios se encontraron en un beso que empezó suave, como un roce, pero explotó como el estadio.

Su boca sabe a victoria, a chela y a deseo puro. Quiero más, mucho más.

Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el sostén bajo el jersey con maestría. Yo le quité la camiseta, revelando un torso marcado, pectorales firmes que lamí despacio, saboreando la sal de su piel. "Qué rico hueles, Diego", gemí, mientras él me besaba el cuello, mordisqueando suave, enviando chispas por mi espina. El sonido de nuestros jadeos llenaba el cuarto, mezclado con los ecos del resumen del partido en la tele.

Me recostó en el sofá, sus dedos explorando mis pechos, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Yo arqueé la espalda, sintiendo el cuero del sofá pegajoso contra mi piel. Bajó más, besando mi ombligo, y cuando llegó a mis pantalones, los deslizó con lentitud, dejando un rastro de besos húmedos en mis muslos. El aire fresco rozó mi entrepierna húmeda, y él sonrió al ver lo empapada que estaba. "Estás chingona, Ana", dijo, y su lengua me tocó ahí, suave al principio, lamiendo mi clítoris con círculos perfectos.

El placer me subió como ola, mis manos enredadas en su pelo negro, tirando suave mientras gemía "¡Ay, cabrón, no pares!". El sabor de mí en su boca lo ponía más caliente; lo sentía en cómo su verga dura presionaba contra mi pierna. Lo jalé arriba, besándolo para probarme en sus labios, salado y dulce a la vez. Le bajé el pantalón, agarrando su miembro grueso, palpitante, tan caliente que quemaba mi palma. Lo masturbé despacio, sintiendo cada vena, el glande hinchado goteando pre-semen que lamí de la punta, salado y adictivo.

Esta pasion azulcrema se transformó en fuego puro. Su cuerpo es mi estadio, y yo quiero golear toda la noche.

Nos movimos al cuarto, cayendo en la cama king size con sábanas frescas que contrastaban con nuestro calor. Él encima, frotándose contra mí, la punta de su verga rozando mi entrada, lubricada y lista. "Dime si quieres", susurró, mirándome a los ojos con esa intensidad de fanático. "Sí, métemela ya, pendejo", le contesté juguetona, y él empujó lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento era perfecto, dolorcito rico que se volvía placer puro.

Empezamos a movernos, ritmados como un contragolpe azulcrema. Sus embestidas profundas, el slap slap de piel contra piel, mis uñas clavándose en su espalda musculosa. Sudábamos, el olor a sexo invadiendo el cuarto, mezclado con nuestro aroma personal. Le chupé el lóbulo de la oreja, mordiéndolo suave mientras él me magreaba las nalgas, acelerando el paso. "¡Más fuerte, Diego!", grité, y él obedeció, clavándome con fuerza, mi clítoris frotándose contra su pubis.

El clímax se acercaba, mi vientre contrayéndose, pulsos acelerados. Lo volteé, montándolo como amazona, sintiendo su verga más adentro, golpeando mi punto G. Cabalgaba rápido, mis tetas rebotando, él agarrándolas, lamiendo los pezones. "¡Me vengo, Ana!", rugió, y su calor explotó dentro de mí, empujándome al borde. Grité, olas de placer rompiéndome, mi coño apretándolo mientras temblaba, lágrimas de puro gozo en los ojos.

Caímos exhaustos, su peso sobre mí reconfortante, nuestros corazones latiendo al unísono. Besos suaves post-orgasmo, lenguas perezosas saboreando el sudor. "Esa pasion azulcrema nos juntó, ¿verdad?", murmuró él, acariciándome el pelo. Yo sonreí, oliendo su cuello. "Y nos desató, carnal. Esto apenas empieza".

Nos quedamos así, envueltos en el afterglow, el eco del partido aún en la tele de fondo. Pensé en los próximos juegos, en verlo con su jersey, en repetir esta locura. La noche se volvió madrugada, y su mano en mi cadera me prometía más victorias. La pasion azulcrema no era solo del equipo; ahora era nuestra, ardiente y eterna.

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