Pedro La Pasión de Cristo Carnal
Pedro sudaba bajo el sol abrasador de Coyoacán, tallando la madera en su taller improvisado. La escultura tomaba forma: un cuerpo masculino semidesnudo, músculos tensos como cuerdas de guitarra, el rostro en éxtasis divino. La había titulado Pedro La Pasión de Cristo, un guiño juguetón a su propio nombre y a esa intensidad religiosa que lo consumía cuando creaba. No era blasfemia, wey; era pura catarsis carnal, como si su verga se conectara directo con el chisel.
Sofía entró al taller esa tarde, con un vestido floreado que se pegaba a sus curvas por el bochorno. Era dueña de la galería del barrio, morena chaparrita con ojos que prometían pecados dulces. Órale, qué chingón está Pedro hoy, pensó ella, oliendo el aroma a madera fresca y sudor masculino que flotaba en el aire. Pedro levantó la vista, su pecho ancho brillando con gotas de transpiración, y sintió un tirón en las tripas. Esa mujer siempre lo ponía a mil, con su risa ronca y esas nalgas que se movían como olas en Acapulco.
—¡Qué padre tu pieza, Pedro! Pedro La Pasión de Cristo... Suena a que te estás echando el rol de salvador, dijo ella, acercándose con una botella de tequila en la mano. Le rozó el brazo al pasársela, y Pedro sintió la electricidad subirle por la piel, como si el toque encendiera todas sus terminaciones nerviosas.
—No mames, Sofi, es mi forma de desahogarme. Esta pasión que llevo adentro... necesita salir, respondió él, con voz grave, mientras vertía el licor en vasos de barro. Bebieron, el tequila quemando la garganta, calentando el estómago como un fuego lento. Hablaron de arte, de la vida en la Ciudad de México, de cómo el pinche tráfico los volvía locos, pero sus ojos se devoraban mutuamente. Pedro notaba cómo los pezones de ella se marcaban bajo la tela fina, duros por el aire acondicionado que no existía ahí.
Chin, esta wey me va a matar. Quiero lamerle el cuello, bajarle el vestido y perderme en esa concha jugosa que seguro sabe a miel de maguey, pensó Pedro, mientras su verga empezaba a endurecerse contra los jeans raídos.
Acto seguido, Sofía se acercó más, fingiendo examinar la escultura. Su cadera rozó la de él, y Pedro no aguantó. La giró con manos firmes pero tiernas, jalándola contra su pecho. —¿Quieres ver la verdadera pasión, Sofi? —murmuró, sus labios a centímetros de los de ella. Ella asintió, jadeando ya, el aliento caliente mezclándose con el olor a tequila y deseo.
Sus bocas chocaron en un beso hambriento. Lenguas danzando, saboreando el salado del sudor y el dulce del licor. Pedro la levantó sin esfuerzo, sentándola en la mesa de trabajo, rodeada de virutas de madera que crujían bajo su peso. Sus manos exploraron: subieron por los muslos suaves, sintiendo la piel arrebolada, tibia como arena caliente. Sofía gimió bajito, un sonido ronco que vibró en el pecho de Pedro, acelerándole el pulso hasta que lo sintió retumbar en las sienes.
—Quítame esto, Pedro... Te necesito ya, suplicó ella, tirando de su camisa. Él obedeció, arrancándosela con un movimiento fluido. El vestido cayó al suelo, revelando lencería roja que contrastaba con su piel canela. Pedro besó su cuello, inhalando el perfume mezclado con feromonas, ese olor almizclado que lo volvía pendejo. Bajó a los senos, liberándolos del brasier, chupando los pezones oscuros que se endurecían en su boca como caramelos calientes. Sofía arqueó la espalda, clavándole las uñas en los hombros, dejando marcas rojas que ardían deliciosamente.
Pedro se arrodilló entonces, como un devoto ante su altar. Le abrió las piernas con gentileza, admirando la concha depilada, ya brillante de jugos. Qué chula, hinchadita y lista para mí, pensó, mientras pasaba la lengua por los labios mayores, saboreando el néctar salado-dulce. Sofía chilló, agarrándole el pelo, empujándolo más adentro. Lamía despacio al principio, círculos suaves alrededor del clítoris, luego más rápido, chupando con hambre. El sonido húmedo de su boca contra ella llenaba el taller, mezclado con los gemidos ahogados de Sofía: ¡Ay, cabrón, no pares! ¡Así, qué rico!
La tensión crecía como una tormenta de verano. Pedro se levantó, desabrochándose los jeans con urgencia. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con la sangre caliente. Sofía la miró con ojos vidriosos, lamiéndose los labios. —Ven, métemela... Hazme tuya. Él se posicionó, frotando la punta contra su entrada resbalosa, sintiendo el calor envolvente. Entró despacio, centímetro a centímetro, gimiendo por la apretada humedad que lo succionaba. Ella lo abrazó con las piernas, clavándolo hasta el fondo.
Es como clavarse en el paraíso, wey. Su concha me aprieta la verga como si no quisiera soltarla nunca. Quiero follarla hasta que grite mi nombre al cielo, rugía en su mente Pedro, mientras empezaba a bombear.
El ritmo se aceleró. Piel contra piel, chapoteos húmedos, jadeos sincronizados. Pedro la penetraba profundo, sintiendo cada contracción de sus paredes internas, el olor a sexo impregnando el aire como incienso prohibido. Sofía arañaba su espalda, mordiéndole el hombro para no gritar demasiado. Cambiaron posiciones: ella encima ahora, cabalgándolo sobre la mesa, sus tetas rebotando al compás. Pedro las amasaba, pellizcando pezones, mientras ella giraba las caderas, moliendo su clítoris contra la base de su verga. ¡Sí, pendejito, dame más! ¡Me vengo! exclamó ella, convulsionando en un orgasmo que la dejó temblando, chorros calientes mojando sus bolas.
Pedro la volteó, poniéndola a cuatro patas contra la escultura inconclusa. La madera áspera rozaba los senos de Sofía, añadiendo un toque salvaje. Él embistió desde atrás, agarrándole las nalgas redondas, abriéndolas para ver cómo su verga desaparecía en esa rendija rosada. El sudor les chorreaba por la espalda, goteando al suelo. Cada estocada era más fuerte, el slap-slap de carne resonando como tambores aztecas. Pedro sentía las bolas apretarse, el fuego subirle por la columna.
—Me vengo, Sofi... ¡Aguanta! —gruñó, saliendo justo a tiempo para eyacular chorros blancos sobre su culo, marcándola como suya. El placer lo cegó, un estallido blanco en la cabeza, piernas flojas. Sofía se derrumbó riendo, exhausta, jalándolo a su lado.
Se quedaron ahí, enredados en el suelo polvoriento, respiraciones calmándose poco a poco. Pedro acariciaba su cabello húmedo, oliendo el aroma post-sexo: sudor, semen, ella. —Eres mi pasión, Sofi. Como esa escultura, pero viva y caliente, murmuró.
Ella sonrió, besándolo suave. Pedro La Pasión de Cristo... Qué título tan perfecto para ti, mi amor. Me has salvado esta tarde. Se vistieron despacio, con risas y toques juguetones, prometiendo más noches así. Afuera, el sol se ponía sobre los jardines de Coyoacán, tiñendo todo de naranja, como un clímax eterno.