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Pasión de Cristo Según San Lucas en Carne Propia

6139 palabras

Pasión de Cristo Según San Lucas en Carne Propia

En el corazón de Querétaro, donde las calles empedradas olían a incienso y jacarandas en plena Cuaresma, ensayábamos La Pasión de Cristo según San Lucas. Yo, María, hacía de María Magdalena, la pecadora redimida, y él, Lucas, el wey más guapo del pueblo, era Jesús. Órale, qué ironía, ¿no? San Lucas narrando su propia pasión, pero en vez de clavos y espinas, aquí había miradas que quemaban como chile piquín.

El sol del atardecer teñía de oro la plaza principal, y el aire traía el rumor de las campanas y el susurro de las palmeras. Lucas leía su parte con esa voz grave, como si realmente cargara la cruz.

«Padre, si quieres, pasa de mí este cáliz»
, recitaba, y sus ojos cafés se clavaban en los míos. Sentí un cosquilleo en la nuca, como si el Espíritu Santo bajara de golpe, pero en versión cachonda. Mi piel se erizaba bajo el vestido holgado de la época, y el sudor me perlaba el escote. Él notó, claro. Sonrió de lado, ese gesto pícaro que decía wey, te late.

Después del ensayo, todos se fueron a cenar tacos al pastor, pero nosotros nos quedamos recogiendo los props: la cruz falsa de madera ligera, las coronas de espinas de plástico. El templo vacío olía a cera quemada y flores marchitas. «¿Quieres practicar la escena del huerto?», me dijo Lucas, acercándose tanto que olí su colonia barata mezclada con su sudor varonil, ese aroma terroso que me ponía la boca seca.

Me recargué en la pared fría de adobe, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano. ¿Qué chingados estoy haciendo?, pensé, pero mi cuerpo ya sabía la respuesta. Sus manos, callosas de tanto trabajar en la carpintería de su carnal, rozaron mi brazo. Temblé. Su piel áspera contra la mía suave, como lija sobre seda.

«No es pecado desear, María. Es humano»
, murmuró, y sus labios capturaron los míos en un beso que sabía a tequila y a promesas rotas.

Acto primero: el beso se volvió hambre. Sus lenguas danzaban, explorando bocas húmedas, dientes rozando con dulzor. Gemí bajito, el sonido rebotando en las bóvedas altas. Bajó las manos a mi cintura, apretando, y yo arqueé la espalda, presionando mis tetas contra su pecho duro. Olía a él, puro macho, con ese toque de sudor fresco que me hacía agua la boca. Quiero comérmelo entero, pensé, mientras mis uñas se clavaban en su nuca.

Nos movimos al altar lateral, donde una vela solitaria parpadeaba. Lucas me alzó el vestido, sus dedos trazando mi muslo interno, suave como mantequilla. Jadeé cuando tocó mi panocha ya empapada, el calor de su palma quemándome. «Estás chingón mojada, Magdalena», rio bajito, y yo le mordí el labio. Sí, pendejo, por ti. Le bajé el pantalón de Jesús, ese disfraz ridículo, y saqué su verga tiesa, palpitante, gruesa como mi muñeca. La olí primero, almizcle puro, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su piel. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi clítoris.

Acto segundo: la escalada. Me puso de rodillas sobre el reclinatorio, el terciopelo raído rozando mis rodillas. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Madre santísima! Su verga estiraba mis paredes, un roce ardiente que me hacía ver estrellas. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un plaf húmedo que llenaba el silencio sagrado. Sudábamos juntos, pieles resbalosas chocando, el olor a sexo crudo mezclándose con el incienso. Agarré la madera tallada, mis tetas bamboleándose con cada golpe.

«¡Más fuerte, Cristo mío! ¡Chíngame como al mundo!»
, le supliqué, y él obedeció, acelerando, sus bolas golpeando mi culo con palmadas sonoras.

Internamente, la lucha: Esto es pecado, pero qué chido pecado. Recordé las líneas de La Pasión de Cristo según San Lucas, las traiciones, el sudor en Getsemaní. Pero aquí no había Judas, solo nosotros, dos adultos cachondos liberando tensiones. Él me volteó, me abrió las piernas como un libro santo, y se hundió de nuevo, mirándome a los ojos. Sus pupilas dilatadas, el pulso en su cuello latiendo al ritmo del mío. Lamí su sudor salado del pecho, mordí un pezón oscuro. «Eres mi redención, María», jadeó, y yo apreté mis músculos internos, ordeñándolo.

La tensión crecía como tormenta en la sierra. Mis uñas arañaban su espalda, dejando surcos rojos que mañana dolerían chido. Él pellizcaba mis pezones, tirando hasta que dolía placer. Gemidos se volvían gritos ahogados: ¡Ay, wey! ¡Sí, así! El aire espeso de nuestro aliento, el crujir de la madera bajo nosotros. Olía a panocha chorreante, a verga sudada, a pasión desbocada. Sentí el orgasmo subir, un nudo en el vientre que explotó en olas. Convulsioné alrededor de él, chillando bajito, el placer como rayos en mi espina.

Él no paró, prolongando mi éxtasis con embestidas brutales pero tiernas. Al fin, gruñó profundo, su verga hinchándose, y se corrió dentro, chorros calientes que me inundaron. Colapsamos juntos, jadeantes, pieles pegajosas, corazones tronando como cohetes en feria.

Acto tercero: el afterglow. Yacíamos en el suelo frío, cubiertos solo por mi chal de Magdalena. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. El templo volvía a su paz, solo el goteo de una vela extinguida. ¿Y ahora qué?, pensé, acariciando su cabello revuelto. Él levantó la vista, ojos brillantes. «Esto fue mejor que cualquier pasión evangélica. ¿Repetimos en el viacrucis?», bromeó, y reímos bajito, cómplices.

Nos vestimos con manos temblorosas, besos robados aún. Salimos a la noche estrellada, el aire fresco lavando nuestros pecados. Caminamos de la mano, planeando nuestro próximo ensayo privado. La Pasión de Cristo según San Lucas había cobrado vida en nuestras carnes, no con sufrimiento, sino con gozo puro, consensual, entre dos adultos que se deseaban como locos. Y qué chingón se sentía ser parte de esa historia reescrita.

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