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Elenco de Pasión

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Elenco de Pasión

Entré al foro de Televisa con el corazón latiéndome a mil, el aire cargado de ese olor a maquillaje fresco y luces calientes que queman la piel. Era mi primer día en elenco de pasión, la nueva telenovela que todos decían iba a romperla. Yo, Ana López, una morra de veintiocho tacos de Guadalajara que se había mudado al DF por un sueño loco de estrellato. Vestida con ese trajecito rojo ceñido que me hacía ver como una diosa del deseo, caminé por el set sintiendo las miradas de los camarógrafos y extras clavadas en mis curvas.

¡Órale, Ana, no te achicopales! Esto es lo tuyo, neta.
Me dije a mí misma mientras ajustaba el escote, el sudor perlando mi clavícula bajo las spots.

Allá estaba Javier Ruiz, el galán principal, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que derretía pantallas. Lo había visto en otras producciones, pero de cerca... ay, wey, su presencia era como un imán. Me saludó con un abrazo que duró un segundo de más, su pecho firme contra el mío, oliendo a colonia cara mezclada con hombre sudado. "Bienvenida al elenco de pasión, mamacita. Vas a encender la pantalla." Su voz grave me erizó la piel.

El director gritó "¡Luz, cámara, acción!" y empezamos a rodar la escena del primer beso. Javier me tomó de la cintura, sus manos grandes y cálidas deslizándose por mi espalda baja. Nuestros labios se rozaron primero suave, como en el guion, pero algo se prendió. Sentí su aliento mentolado, el roce áspero de su barba incipiente en mi mejilla. Mi cuerpo traicionero respondió, los pezones endureciéndose bajo la tela fina. Cortamos por un error de continuidad, pero el fuego ya estaba encendido.

Durante el almuerzo en el comedor del foro, platicamos. Él pedía tacos al pastor con extra piña, yo un pozolito fresquito para calmar el calor. "¿Neta vienes de GDL? Yo soy de aquí del DF, pero extraño esa vibra ranchera." Reímos, y de pronto su rodilla rozó la mía bajo la mesa. Electricidad.

¿Esto es parte del juego del elenco de pasión, o hay algo real?

La tarde trajo más escenas intensas. Ahora, un forcejeo apasionado en la cama falsa del set. Javier me tumbó con cuidado, su peso sobre mí delicioso, el colchón hundiéndose. Sus caderas presionaron las mías, y juro que sentí su verga endureciéndose contra mi muslo. "Perdón, Ana, es que... la química sale natural." Susurró al oído, su aliento caliente haciendo que mi panocha se humedeciera al instante. El olor a su sudor mezclado con el mío llenaba el aire, y el sonido de nuestras respiraciones agitadas ahogaba el "¡Corten!" del director.

Al final del día, exhaustos, nos fuimos juntos en su camioneta negra. La ciudad nocturna del DF rugía afuera: cláxones, vendedores de elotes, luces neón parpadeando. Paró en un valet parking discreto de Polanco, un hotel boutique con aroma a jazmín en el lobby. "¿Subimos? Solo para... desahogarnos del rodaje." Asentí, el pulso acelerado, deseándolo con cada fibra.

En la habitación, king size con sábanas de algodón egipcio, nos besamos de verdad. Sus labios carnosos devorando los míos, lengua danzando con sabor a tequila reposado que había tomado en el after. Manos explorando: las mías en su pecho velludo, sintiendo el latido fuerte de su corazón; las suyas desabotonando mi blusa, liberando mis tetas plenas. "Qué ricas, Ana, como para mamarlas toda la noche." Gemí cuando succionó un pezón, la lengua áspera girando, enviando chispas directo a mi clítoris.

Esto no es el set, es real. Quiero que me chingue hasta que olvide mi nombre.
Me recosté, abriendo las piernas mientras él bajaba por mi vientre, besando cada centímetro. El olor de mi excitación flotaba, almizclado y dulce. Sus dedos separaron mis labios vaginales, resbaladizos de jugos, y lamió despacio, saboreándome como si fuera el mejor mole del mundo. "Sabes a gloria, nena." Arqueé la espalda, las uñas clavándose en sus hombros, el sonido de su chupeteo húmedo volviéndome loca.

Lo jalé arriba, queriendo su verga. Se la sacó, gruesa, venosa, la cabeza brillando de precum. La tomé en la mano, piel suave sobre acero, y la masturbé lento, oyendo sus gruñidos roncos. "Métemela ya, Javier, no aguanto." Se puso condón –siempre responsable, qué chido– y empujó adentro, centímetro a centímetro. Llenándome, estirándome, el placer rayando en dolor exquisito. Empezamos a movernos, piel contra piel chapoteando, sudados y jadeantes.

La tensión crecía con cada embestida profunda. Sus bolas golpeando mi culo, mis caderas subiendo a encontrarle. "¡Más duro, cabrón!" Le pedí, y él obedeció, clavándome como animal, pero con ojos llenos de cariño. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, mis tetas rebotando, su mirada devorándome. El olor a sexo impregnaba todo, mezclado con su colonia. Sentí el orgasmo construyéndose, un nudo en el bajo vientre, pulsos acelerados en mi cuello.

En el clímax, exploté primero, gritando su nombre mientras mi coño lo ordeñaba en espasmos. Él me siguió segundos después, gruñendo "¡Me vengo, Ana!", su cuerpo temblando bajo el mío. Nos quedamos así, unidos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Besos suaves en la frente, caricias perezosas.

Después, en la cama deshecha, pedimos room service: chilaquiles con huevo y café de olla humeante. Reímos recordando metidas de pata en el set.

Esto es más que pasión del elenco. Es algo nuestro.
Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón volver a normal, el DF zumbando lejano por la ventana.

Al amanecer, volvimos al foro renovados. El director notó la química extra en la siguiente toma. "¡Ese es el fuego que necesitamos en el elenco de pasión!" Guiñó Javier. Sabíamos que era nuestro secreto ardiente, noches de deseo que alimentarían la pantalla y nuestra alma. Y así, entre luces y guiones, nació algo eterno.

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