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Mensajes de Pasion Prohibida

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Mensajes de Pasion Prohibida

Todo empezó con un pitido inocente en mi celular esa tarde calurosa de verano en la colonia Roma. Yo, Ana, una morra de treinta tacos trabajando en una agencia de publicidad aquí en la CDMX, estaba tirada en el sofá de mi departamentito, con el ventilador zumbando como loco y el sudor pegándome la blusa al cuerpo. Mensajes de pasion, pensé al ver el nombre de Marco en la pantalla. Ese pendejo guapo de la oficina, el que siempre me guiñaba el ojo en las juntas y me hacía sentir mariposas en el estómago.

El primer mensaje fue simple: "¿Qué onda, Ana? ¿Ya saliste de la junta o sigues peleando con el jefe?" Respondí con una foto de mi café helado, riéndome sola. Pero poco a poco, las pláticas se pusieron picantes.

"Imagínate si estuviéramos solos ahorita... te quitaría esa blusa tan chida que traes y te besaría hasta que pidieras clemencia."
Leí eso y sentí un calor que no era del bochorno de la ciudad. Mi piel se erizó, el corazón me latía fuerte, como tambores de mariachi en fiesta. ¿Quién iba a decir que un carnal del trabajo me iba a poner así de caliente con solo palabras?

Los días siguientes fueron un desmadre de mensajes de pasion. Cada notificación era como una caricia virtual. "Pienso en tus labios carnosos, en cómo sabrían a tequila y miel." Yo contestaba con fotos sutiles: mis piernas cruzadas en shorts, mi escote asomando juguetón. El olor a mi perfume mezclado con el aroma de la comida callejera que subía desde la calle me envolvía mientras tecleaba. Neta, Marco, me traes loca. Ven y hazlo realidad. La tensión crecía, un nudo en el vientre que me hacía apretar las piernas al leerlo en la cama, con las sábanas revueltas y el zumbido del tráfico nocturno de fondo.

Una noche, después de un par de chelas con las amigas en un bar de la Condesa, el teléfono vibró de nuevo. "No aguanto más, Ana. Mañana en mi depa, ¿dale?" Mi pulso se aceleró, el sabor salado de las papas fritas aún en la boca, el humo de los cigarros flotando en el aire. Dije que sí sin pensarlo dos veces. Esa noche soñé con él: sus manos fuertes recorriendo mi espalda, su aliento caliente en mi cuello, el roce áspero de su barba contra mi piel suave.

Al día siguiente llegué a su departamento en Polanco, nerviosa como quinceañera pero empoderada, con un vestido negro ajustado que marcaba mis curvas y tacones que resonaban en el pasillo. Marco abrió la puerta, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me deshacía. "Al fin, mi reina." Me jaló adentro, cerrando la puerta con un clic que sonó como el inicio de algo inevitable. El lugar olía a su colonia amaderada, a café recién hecho y a algo más primitivo, como deseo puro.

Nos sentamos en el sofá, charlando al principio, pero la electricidad estaba ahí, crepitando. Sus ojos cafés me devoraban, y yo sentía el calor subir por mis muslos.

¿Y si esto es un error? No, neta que no, esto es lo que quiero, lo que necesito.
Extendió la mano y rozó mi rodilla, un toque ligero que envió chispas por mi espina. "¿Recuerdas esos mensajes? Quiero hacerlos reales." Asentí, mordiéndome el labio, el sabor a gloss de fresa en la lengua.

La cosa escaló despacio, saboreando cada segundo. Me acercó más, su mano subiendo por mi muslo, piel contra piel, suave y firme. Lo besé primero, yo la que tomé la iniciativa, empoderándome en ese beso hambriento. Sus labios eran calientes, su lengua juguetona, probando mi boca como si fuera el mejor pozole de la abuela. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca, mientras sus dedos se colaban bajo mi vestido, encontrando mi humedad. "Estás empapada, Ana, qué chingón." Reí entre besos, "Culpa tuya, pendejo."

Me quitó el vestido con cuidado, besando cada centímetro de piel que liberaba: el hueco de mi clavícula, el valle entre mis senos, el ombligo. Mi cuerpo ardía, el sudor perlando mi piel, mezclándose con su saliva salada. Lo empujé al sofá, desabotonando su camisa, oliendo su pecho masculino, tocando los músculos duros bajo la piel tersa. "Te quiero ya," murmuró, su voz ronca como gravel de cantina. Pero no, yo controlaba el ritmo. Le bajé el pantalón despacio, admirando su erección palpitante, dura y lista para mí.

Nos movimos al cuarto, la cama king size con sábanas blancas crujiendo bajo nuestro peso. El aire estaba cargado de nuestros jadeos, del aroma almizclado del sexo inminente. Me recostó, besando mi interior de muslos, su aliento caliente rozando mi centro. Cuando su lengua me tocó, grité de placer, arqueándome. Qué rico, cabrón, no pares. Lamía con maestría, chupando mi clítoris hinchado, mis jugos cubriendo su barbilla. Mis manos enredadas en su pelo negro, tirando suave, guiándolo. El orgasmo me golpeó como ola en Acapulco, temblores por todo el cuerpo, el mundo explotando en colores y sonidos amortiguados.

Pero no paró ahí. Me volteó, poniéndome a cuatro patas, su cuerpo cubriendo el mío desde atrás. Sentí su verga rozando mi entrada, gruesa y caliente. "Dime si quieres," jadeó en mi oído, respetuoso, esperando mi sí. "Sí, métemela toda, Marco." Empujó lento al principio, llenándome centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso, el roce de sus bolas contra mí. Empezó a moverse, fuerte pero cariñoso, sus manos en mis caderas, nalgueándome juguetón. "Qué nalgas tan perfectas, morra." Yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo en reversa, el slap slap de piel contra piel resonando, sudor goteando, mezclado con nuestros gemidos.

Cambié de posición, montándolo ahora yo arriba, control total. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros, mi cabello cayendo como cascada sobre su pecho. Rebotaba con fuerza, sintiendo cada vena de su polla dentro de mí, rozando ese punto que me volvía loca.

Esto es mío, este placer es mío, lo construimos juntos con esos mensajes que nos encendieron.
Él gruñía, "Me vengo, Ana, no aguanto." Yo aceleré, mis paredes apretándolo, hasta que explotamos juntos. Su leche caliente llenándome, mis contracciones ordeñándolo, un clímax que nos dejó temblando, jadeantes, unidos en éxtasis.

Nos quedamos así un rato, cuerpos enredados, el olor a sexo impregnando la habitación, el pulso calmándose poco a poco. Besos suaves ahora, caricias perezosas. "Esos mensajes de pasion fueron el mejor preludio," susurró, trazando círculos en mi espalda. Sonreí, sintiéndome plena, empoderada. "Y esto solo el principio, carnal."

Salí de ahí con las piernas flojas, el sol del atardecer tiñendo las calles de naranja, el sabor de él aún en mi piel. Los mensajes siguieron, pero ahora con promesas reales, de más noches como esa. En mi depa, me miré al espejo, piel sonrojada, ojos brillantes. Mensajes de pasion que cambiaron todo, neta. Y qué chido se siente ser dueña de mi deseo.

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