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Como Dice el Dicho La Mucha Pasión No Guarda Razón

6842 palabras

Como Dice el Dicho La Mucha Pasión No Guarda Razón

La fiesta en la casa de mi carnala estaba en su mero mole. Luces tenues, música de cumbia rebajada retumbando en los parlantes, y el olor a tacos al pastor flotando desde la terraza. Yo, Valeria, con mi vestido negro ajustado que me hacía sentir como diosa, tomaba un michelada fría mientras charlaba con las amigas. Pero de repente, lo vi. Alejandro, el cuate de mi hermano, con esa camisa blanca entreabierta dejando ver su pecho moreno y tatuado, sonrisa pícara y ojos que prometían travesuras. Órale, qué chulo, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a mis muslos.

Se acercó con dos chelas en la mano. "¿Qué onda, Vale? Te ves cañona esta noche", dijo con esa voz grave que me erizó la piel. Le sonreí, coqueta, y chocamos las botellas. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico de la Roma, de lo bien que sonaba la rola de Peso Pluma, de cómo la vida en la Ciudad de México nos volvía locos. Pero entre risas, sus ojos se clavaban en mis labios, y yo no podía dejar de mirar cómo se movían sus manos fuertes al gesticular. El aire se cargaba de algo eléctrico, como antes de una tormenta. Su aroma, mezcla de colonia cara y sudor fresco, me invadía las fosas nasales, haciendo que mi pulso se acelerara.

La tensión crecía con cada sorbo. Bailamos pegaditos cuando sonó una banda norteña. Sus manos en mi cintura, mi culo rozando su entrepierna dura. Sí, ya la sentía, pensé, mordiéndome el labio. Me susurró al oído: "Me traes mal, nena. No puedo pensar en otra cosa". Yo reí bajito, pero mi cuerpo ardía.

Como dice el dicho, la mucha pasión no guarda razón, me repetí en la mente, justificando el calor que me subía por el cuello.
Nos escabullimos a la terraza vacía, el bullicio de la fiesta como fondo distante. Ahí, bajo las estrellas y el humo de los cigarros ajenos, nos besamos por primera vez. Sus labios carnosos, su lengua juguetona explorando mi boca con sabor a limón y sal. Gemí suave, mis uñas clavándose en su nuca mientras él me apretaba contra la barandilla.

El beso se volvió feroz, hambriento. Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas con fuerza, y yo arqueé la espalda, presionando mis tetas contra su pecho. Olía a él, a macho deseoso, y el roce de su verga tiesa contra mi vientre me mojó al instante. "Vamos a mi depa, está cerca", murmuró ronco, y yo asentí sin pensarlo dos veces. Subimos a su Jetta negra, el motor rugiendo como nuestro deseo mientras él conducía con una mano en mi muslo, subiendo peligrosamente alto. Yo jadeaba, mis bragas empapadas, imaginando lo que vendría.

En su penthouse en Polanco, minimalista con vistas al skyline iluminado, la puerta se cerró con un clic que sonó a liberación. Me empujó contra la pared, besándome con urgencia, sus dientes mordisqueando mi cuello. Su piel ardía, áspera por la barba incipiente raspando mi clavícula. Le arranqué la camisa, lamiendo sus pezones duros, saboreando el salado de su sudor. Él gimió, "Eres una diosa, Vale", mientras me bajaba el vestido de un tirón, exponiendo mis senos libres. Sus manos los acunaron, pulgares girando mis pezones erectos, enviando chispas directo a mi clítoris palpitante.

Caímos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves contra mi espalda desnuda. El cuarto olía a velas de vainilla que él encendió rápido, luz ámbar bailando en las paredes. Me abrió las piernas con gentileza, pero sus ojos hambrientos. "Déjame probarte", suplicó, y yo abrí más, exponiendo mi panocha hinchada y reluciente. Su lengua caliente lamió mi entrada primero, lento, saboreando mis jugos dulces y salados. Gemí fuerte, ¡qué rico!, mis caderas moviéndose solas contra su boca. Chupaba mi clítoris con succiones expertas, dos dedos gruesos entrando y saliendo, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido húmedo de su festín, mis jadeos entrecortados, el slap slap de sus dedos... todo me volvía loca.

Pero yo quería más. Lo volteé, cabalgándolo en 69. Su verga gruesa, venosa, palpitando en mi cara. La olí, almizclada y masculina, antes de metérmela a la boca hasta la garganta. Él gruñó contra mi sexo, lamiendo más fuerte mientras yo la chupaba, saliva goteando, bolas pesadas en mi mano. La pasión me nublaba todo, pensé, perdida en el ritmo. Me subí encima, frotando mi humedad contra su punta. "Métemela ya, cabrón", le ordené juguetona, y él obedeció, embistiéndome de un golpe profundo.

¡Ay, Dios! Llenándome por completo, estirándome delicioso. Cabalgué lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes, sus manos en mis caderas guiándome. El sudor nos unía, piel resbalosa chocando con palmadas rítmicas. Aceleré, tetas rebotando, su mirada clavada en mí como si fuera su mundo. "¡Qué chingona eres!", rugió, sentándose para mamarme mientras yo lo montaba. Nuestros alientos mezclados, gemidos sincronizados, el colchón crujiendo bajo nosotros. Cambiamos: él encima, mis piernas en sus hombros, follando duro, profundo, el sonido de carne contra carne llenando el cuarto.

La tensión subía como ola imparable. Mis uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Él sudaba, gotas cayendo en mis senos, que lamí ansiosa. Como dice el dicho, la mucha pasión no guarda razón, se me cruzó en la mente mientras mi orgasmo se acercaba, arrasando todo pensamiento lógico. "Me vengo, amor", avisó, y yo apreté mis músculos internos, ordeñándolo. Explosamos juntos: yo gritando, cuerpo convulsionando en espasmos interminables, chorros de placer mojando las sábanas; él gruñendo, llenándome con su leche caliente, pulsos fuertes que sentía en mi útero.

Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su peso sobre mí era reconfortante, su verga aún semi-dura dentro, goteando. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El olor a sexo impregnaba todo: semen, jugos, sudor. Me acarició el pelo, "Eres increíble, Vale. No sé qué me pasó". Yo sonreí, trazando su tatuaje con el dedo. La pasión nos había ganado, y qué chido.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando nuestros cuerpos pero no el recuerdo. Jabón espumoso en sus manos resbalando por mis curvas, risas compartidas. En la cama fresca, nos acurrucamos desnudos, la ciudad brillando afuera. Hablamos bajito de lo que vendría, promesas susurradas sin presión. Me dormí con su brazo alrededor, sintiendo paz profunda. Al día siguiente, el sol filtrándose, desperté con su beso matutino. La razón volvería, pero esa noche, la pasión reinó suprema. Y no me arrepentía de nada.

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