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El Color de la Pasión Casa

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El Color de la Pasión Casa

Yo nunca imaginé que una casa pudiera cambiarme la vida así de chingón. Llegué a El Color de la Pasión Casa un viernes por la tarde, con el sol de Guadalajara pegando duro en el parabrisas de mi vochito. Era una hacienda remodelada en las afueras, con paredes de adobe rojo que brillaban como si estuvieran pintadas con sangre de deseo. El aire olía a jazmín y tierra húmeda después de la lluvia, y el sonido de las cigarras me dio la bienvenida como un susurro caliente en la oreja.

La dueña, una doña elegante que me rentó el lugar por Airbnb, me había platicado que la casa tenía historia: amores locos, noches de desvelo y pasiones que se quedaban grabadas en las paredes. Neta, pensé que eran pendejadas de telenovela, pero cuando crucé el portón de hierro forjado, algo me erizó la piel. El patio central era un paraíso: fuente borboteando agua fresca, macetas con bugambilias moradas cayendo en cascada y una alberca infinita que reflejaba el cielo anaranjado del atardecer.

Estaba soltando mis maletas cuando oí pasos firmes en el empedrado. Ahí estaba él: Marco, el cuidador de la casa, un moreno alto con ojos café que te miraban como si ya te hubieran desnudado. Llevaba una camisa de lino blanca pegada al pecho por el sudor, pantalones cargo que marcaban sus muslos fuertes y una sonrisa pícara que me hizo tragar saliva. “Bienvenida, reina. ¿Necesitas ayuda con eso?” dijo con voz grave, como ron miel.

Mi corazón dio un brinco. ¿Qué pedo, Sofía? Contrólate, wey, me dije mientras le pasaba una maleta. Sus manos rozaron las mías, ásperas por el trabajo pero calientes, y un cosquilleo me subió por el brazo hasta el cuello. El color de la pasión casa, balbuceé en mi mente, recordando el nombre rarito que le pusieron porque las paredes cambian de tono al atardecer, como si absorbieran el fuego de los amantes que han pasado por ahí.

Me mostró la casa: la cocina con azulejos talaveranos, la sala con sillones de cuero que invitaban a recargarse, y el cuarto principal con una cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio. El baño era de ensueño, con tina de mármol y velas aromáticas a lavanda. Cada paso que dábamos, su aroma a jabón de sándalo y hombre me envolvía, y yo sentía mi blusa pegajosa contra los pechos, los pezones endureciéndose sin permiso.

“Si necesitas algo, aquí estoy en la casita de atrás. Llámame nomás”, dijo guiñándome el ojo antes de irse. Esa noche, sola con una copa de tequila reposado, me metí a la alberca. El agua tibia me acarició la piel como dedos expertos, y mientras flotaba mirando las estrellas, pensé en Marco. ¿Y si lo invito a un trago? Neta, hace tiempo que no me como un hombre así de chulo.

Al día siguiente, el calor era insoportable. Lo vi podando las enredaderas, sin camisa, el sudor resbalando por su espalda tatuada con un águila mexicana. Me armé de valor y salí con dos chelas frías. “Oye, Marco, ¿te late una birra? Pa’ refrescar”. Se limpió el sudor con el antebrazo y sonrió: “¡Órale, carnala! Justo lo que necesitaba”.

Nos sentamos en la terraza, las botellas sudando como nosotros. Hablamos de todo: de la vida en Guadalajara, de cómo él dejó el jale en la ciudad pa’ cuidar esta joya familiar, de mis broncas en el trabajo como diseñadora gráfica. Su risa era ronca, vibrante, y cada vez que se inclinaba, su rodilla rozaba la mía. El sol se ponía, tiñendo el color de la pasión casa de rojos intensos, naranjas ardientes, como si las paredes se encendieran con nosotros.

El roce se volvió intencional. Su mano en mi muslo, mi dedo trazando su antebrazo. Sofía, esto va pa’lante, ¿estás lista? me pregunté, pero mi cuerpo ya decía sí con cada pulso acelerado. “Eres bien guapa, ¿sabes? Me traes loco desde que llegaste”, murmuró, su aliento cálido en mi oreja. Lo besé primero, mis labios probando la sal de su piel, el sabor amargo de la chela en su lengua. Fue como encender una fogata: sus manos en mi cintura, apretándome contra él, el bulto duro presionando mi vientre.

Nos levantamos pegados, tropezando hacia la casa. Dentro, en la sala, me quitó la blusa con urgencia, sus labios bajando por mi cuello, chupando el lóbulo de mi oreja. ¡Qué rico, cabrón! gemí bajito. Olía a su excitación, ese olor almizclado que me moja las panties. Me cargó como pluma hasta la cama, donde caímos riendo, desnudándonos mutuamente. Su pecho ancho, velludo justo donde debe, pezones oscuros que lamí hasta hacerlo jadear.

Me abrió las piernas con gentileza, besando mi interior de muslos, su barba raspando delicioso. “Estás empapada, mi reina. Te voy a comer hasta que grites”. Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo lento al principio, círculos calientes y húmedos que me arquearon la espalda. El sonido de su succión, chapoteante, se mezclaba con mis moans: “¡Sí, así, no pares, pendejo chingón!”. Metió dos dedos, curvándolos justo ahí, frotando mi punto G mientras succionaba. El olor de mi arousal llenaba la habitación, dulce y salado, y yo me retorcía, uñas clavadas en su pelo.

Lo jalé arriba, queriendo sentirlo dentro. Su verga era gruesa, venosa, goteando precum que probé con la lengua, salado y masculino. “Métemela ya, Marco. Te necesito”. Se puso condón –siempre responsable, el wey– y empujó despacio, estirándome delicioso. ¡Madre santa, qué llena me siento! Cada embestida era un golpe de placer, su pelvis chocando contra mi clítoris, piel contra piel chapoteando. Sudábamos juntos, el aire espeso de gemidos y respiraciones jadeantes.

Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando mientras él las amasaba, pellizcando pezones. “¡Qué chingona montas, Sofía! Fóllame más duro”. El ritmo aceleró, mis paredes apretándolo, el orgasmo construyéndose como tormenta. Gritamos juntos, yo convulsionando alrededor de él, él bombeando hasta vaciarse con un rugido gutural.

Caímos exhaustos, enredados en sábanas húmedas. Su corazón latía contra mi mejilla, fuerte como tambor. El cuarto olía a sexo crudo, a nosotros. “Esto no fue planeado, pero neta, quiero más”, susurró acariciándome el pelo. Yo sonreí, besando su pecho. El color de la pasión casa no era solo un nombre; era lo que acabábamos de pintar en esas paredes con nuestro sudor y gemidos.

Pasamos el resto del fin de semana así: desayunos con chilaquiles picantes que sabían a victoria, folladas en la alberca bajo la luna –el agua salpicando, sus manos resbalosas en mi culo–, caminatas por el jardín donde nos besábamos contra los árboles frutales, el jugo de mangos maduros goteando por nuestras barbillas antes de lamerlo del cuerpo del otro. Cada roce era fuego, cada mirada promesa.

El domingo al partir, Marco me dio un beso largo en el portón. “Vuelve cuando quieras, mi amor. Esta casa es tuya... y yo también”. Manejo de regreso con el cuerpo adolorido pero vivo, el perfume de él aún en mi piel. El Color de la Pasión Casa no solo me dio un amante; me devolvió el hambre de vivir, de sentir cada pulso de deseo como un regalo.

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