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Pasión y Venganza en Carne Viva

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Pasión y Venganza en Carne Viva

El calor de la noche en Polanco me envolvía como un abrazo traicionero. Las luces de neón parpadeaban sobre la avenida, y el aroma a tacos al pastor se mezclaba con el perfume caro de las chavas que desfilaban con tacos de aguja. Yo, Ana, de veintiocho años, con mi vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de mi cuerpo moreno, caminaba con el corazón latiéndome a mil. Pinche Carlos, el muy cabrón, me había puesto los cuernos con esa flaca insípida de su oficina. Lo vi todo con mis propios ojos en su departamento de la Roma. Pero esta noche no era de lágrimas, era de pasión y venganza. Y mi arma perfecta estaba frente a mí: Marco, el carnal de Carlos desde la primaria, el wey que siempre me miraba con ojos de hambre.

Entré al bar, el ruido de la banda norteña retumbaba en mis oídos, con trompetas que me vibraban en el pecho. Marco estaba en la barra, con su camisa negra abierta mostrando ese pecho tatuado que olía a colonia fuerte y hombre. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en la piel, como si el aire se cargara de electricidad. Me acerqué, moviendo las caderas con saña, sabiendo que él lo notaba todo.

Si Carlos supiera que me voy a chingar a su mejor amigo, se le saldría el alma por la boca. Esto es mi venganza, pura pasión desatada.

—¡Ana! ¿Qué onda, reina? —dijo Marco con esa sonrisa chueca que me derretía, su voz grave como un ronroneo.

—Puro desmadre, carnal. ¿Y tú, solo? —le contesté, rozando su brazo con mis uñas pintadas de rojo. Su piel estaba caliente, áspera por el vello, y olía a sudor limpio mezclado con tequila reposado.

Pedimos unos tequilas, el líquido quemaba al bajar por mi garganta, avivando el fuego en mi vientre. Hablamos de pendejadas, de la vida, pero el aire entre nosotros se espesaba. Sentía su mirada bajando por mi escote, deteniéndose en mis chichis que se apretaban contra la tela. Yo le devolvía la jugada, mordiéndome el labio, imaginando cómo sabría su boca.

La banda tocaba un corrido caliente, y lo jalé a la pista. Nuestros cuerpos se pegaron al ritmo, su verga dura rozándome el muslo a través del pantalón. Neta, ya estoy mojada, pensé, mientras su mano bajaba por mi espalda hasta mi nalga, apretándola con fuerza. El sudor nos unía, salado en la piel, y el olor de su arousal me mareaba, un almizcle macho que me ponía la concha palpitante.

—¿Sabes qué, Marco? Carlos es un mamón. Me la jugó feo —le susurré al oído, mi aliento caliente en su cuello.

—Lo sé, Ana. Ese pendejo no te merece. Tú eres fuego puro —respondió, su mano subiendo por mi muslo bajo el vestido, rozando el encaje de mi tanga.

El deseo nos consumía. Salimos del bar, el valet nos dio su coche, un Mustang negro que rugía como una bestia. En el camino a su depa en Lomas, su mano en mi pierna subía y bajaba, dedos juguetones que me hacían gemir bajito. El viento entraba por la ventana, fresco contra mi piel ardiente, y el skyline de la CDMX brillaba como testigo de mi revancha.

Al llegar, la puerta se cerró con un clic que sonó a promesa. Su boca cayó sobre la mía, hambrienta, lengua invadiendo, sabor a tequila y menta. Lo empujé contra la pared, mis uñas clavándose en su pecho mientras le arrancaba la camisa. Esto es pasión y venganza, carajo, rugía en mi mente. Sus manos expertas bajaron el zipper de mi vestido, que cayó como una cascada roja, dejándome en lencería negra que contrastaba con mi piel canela.

—Estás chingona, Ana. Déjame comerte entera —gruñó, levantándome en brazos como si no pesara nada. Me llevó al sillón de cuero, que crujió bajo nosotros. Sus labios bajaron por mi cuello, mordisqueando, dejando marcas rojas que dolían rico. El aroma de mi perfume mezclado con mi excitación llenaba la habitación, dulce y pecaminoso.

Me recostó, besando mi ombligo, lamiendo el sudor salado de mi barriga. Sus dedos corrieron mi tanga a un lado, y sentí su aliento caliente en mi concha. ¡Sí, wey, hazme tuya! Gemí cuando su lengua entró, chupando mi clítoris con maestría, saboreando mis jugos como si fueran néctar. Mis caderas se arquearon, manos enredadas en su pelo negro, tirando fuerte. El sonido de mis jadeos y sus lamidas obscenas era música pura, mi pulso latiendo en las sienes, el mundo reduciéndose a ese placer eléctrico.

Lo jalé arriba, queriendo más. Le desabroché el cinturón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero, oliendo a macho puro. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum, mirándolo a los ojos con fuego vengativo. Él gruñó, “Pinche diosa”, mientras yo la chupaba profunda, garganta relajada, saliva goteando.

No aguantamos más. Me puse a horcajadas, frotando su pija contra mi entrada húmeda, lubricándonos mutuamente. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme hasta el fondo. ¡Ay, cabrón, qué rico! El dolor placeroso me hizo gritar, uñas en su pecho marcando surcos rojos. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes, mis chichis botando con cada embestida.

El ritmo se aceleró, piel contra piel chapoteando, sudor volando. Sus manos en mis caderas guiándome, fuerte pero tierno, empoderándome.

Esto no es solo sexo, es mi liberación. Pasión y venganza en cada thrust.
Gemí su nombre, él el mío, el sofá crujiendo al borde del colapso. El olor a sexo impregnaba todo, almizcle, sudor, fluidos mezclados.

Cambié de posición, él encima, misionero salvaje. Sus embestidas profundas, golpeando mi G, mi clítoris frotándose contra su pubis. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre. —¡Córrete conmigo, Marco! —supliqué, piernas envolviéndolo.

Explotamos juntos. Mi concha se contrajo, ordeñándolo, chorros de placer sacudiéndome entera, visión borrosa, grito ahogado. Él se derramó dentro, caliente, pulsando, gruñendo como animal. Colapsamos, cuerpos temblando, respiraciones entrecortadas. Su peso sobre mí era delicioso, protector.

Después, en la cama king size con sábanas de algodón egipcio, nos acurrucamos. El ventilador zumbaba suave, enfriando nuestra piel pegajosa. Besos lentos, caricias perezosas. Esto fue más que venganza, pensé, oliendo su cuello, saboreando la paz.

—Neta, Ana, esto fue lo mejor de mi vida —dijo él, dedo trazando mi espina.

—Para mí también, carnal. Carlos que se joda. Ahora soy libre —respondí, sonriendo con el alma ligera.

La luna se colaba por la ventana, testigo de nuestra unión. La pasión había borrado la venganza, dejando solo un fuego nuevo, eterno. Mañana mandaría un mensaje a Carlos con una foto sutil, pero esta noche, era solo nosotros, piel con piel, corazón con corazón.

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