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Fondos de la Pasion de Cristo

6576 palabras

Fondos de la Pasion de Cristo

La noche en el centro de la Ciudad de México ardía como un infierno bendito, con ese calor pegajoso que se te pega a la piel como un amante insistente. Yo, Ana, había salido con mis cuates a una cantina chida en la colonia Roma, de esas donde el mezcal baja suave pero te prende el fuego por dentro. El aire olía a tacos al pastor chamuscados, a cigarro y a sudor fresco de cuerpos bailando cumbia rebajada. Llevaba un vestido negro ajustado que me marcaba las curvas, sintiendo cómo la tela rozaba mis muslos con cada paso.

Ahí lo vi. Javier, un moreno alto y fornido, con brazos tatuados que gritaban historias de barrio y pasión desbocada. Se agachó a recoger una botella caída y su playera se levantó lo justo para dejar ver el inicio de un tatuaje en la parte baja de su espalda, justo encima de esos fondos firmes que se adivinaban bajo el jeans. Las palabras "fondos de la pasion de cristo" curvadas en letra gótica, con sombras de espinas y sangre que parecían gotear. Me quedé clavada, el corazón latiéndome como tambor en procesión de Semana Santa. ¿Qué chingados significaba eso? No era un santo cualquiera; olía a provocación, a deseo prohibido envuelto en fe.

¿Y si ese wey es el diablo disfrazado de ángel? Neta, me mojo nomás de verlo, pensé, mordiéndome el labio mientras el calor subía por mi pecho.

Me acerqué con una cerveza en la mano, fingiendo casualidad. "Órale, carnal, ¿qué pedo con ese tatuaje? ¿Fondos de la pasión de Cristo? Suena a que escondes algo cabrón ahí atrás." Él se volteó, sonriendo con dientes blancos y ojos negros que perforaban. Olía a colonia barata mezclada con hombre puro, ese aroma terroso que te hace cerrar los ojos.

"Ja, morra, es mi manifiesto. Los fondos profundos de la pasión que Cristo cargó, pero yo lo llevo en la piel para recordarme que el dolor y el placer van de la mano. ¿Quieres ver el resto?" Su voz grave vibraba en mi vientre, como un ronroneo felino. Charlamos horas, riendo de pendejadas, compartiendo shots de tequila que quemaban la garganta y avivaban el fuego. Hablaba de crecer en un barrio de Guadalajara, de misas donde el incienso lo ponía duro de puro éxtasis místico. Yo le conté de mis noches solitarias soñando con cuerpos que me devoraran. La tensión crecía, sus rodillas rozando las mías bajo la mesa, el roce eléctrico enviando chispas por mis piernas.

Al final de la noche, su departamento en una vecindad cercana nos recibió con paredes descascaradas pintadas de rojo pasión y un ventilador zumbando perezoso. El aire estaba cargado de jazmín del patio y el leve olor a sexo viejo de encuentros pasados. Nos besamos en la puerta, sus labios carnosos sabiendo a sal y mezcal, la barba raspándome la piel suave del cuello. Sus manos grandes recorren mi espalda, bajando hasta apretar mis nalgas con fuerza posesiva pero tierna. Gemí bajito, sintiendo mi panocha humedecerse, el calor líquido escurriendo entre mis pliegues.

"Ven, déjame mostrarte los fondos completos", murmuró, quitándose la playera. El tatuaje entero se reveló: una cruz entrelazada con rosas sangrantes, Cristo semidesnudo con músculos tensos, y en la base, extendiéndose hacia sus fondos, versos de éxtasis religioso que ahora leían como poesía erótica. Lo tracé con los dedos, sintiendo la piel caliente, las cicatrices leves bajo la tinta. Él me desvistió despacio, besando cada centímetro expuesto: el valle entre mis senos, el ombligo, el monte de Venus. Mi piel erizaba, pezones duros como piedras preciosas rozando su pecho velludo.

Esto es pecado, pero qué rico pecado. Su verga presiona contra mi muslo, dura como la madera de la cruz, latiendo con vida propia.

Caímos en la cama deshecha, sábanas ásperas oliendo a él. Sus dedos exploraron mi interior, resbaladizos por mis jugos, frotando el clítoris en círculos lentos que me hacían arquear la espalda. "Estás chingón de mojada, Ana. Sabes a miel de maguey", gruñó lamiendo sus dedos. Yo lo volteé, besando su torso sudoroso, bajando hasta esos fondos de la pasión de Cristo. Lamí el tatuaje, saboreando sal y tinta imaginaria, mordiendo suave la carne firme. Su verga saltó libre cuando bajé el bóxer, gruesa y venosa, goteando precum que lamí como néctar divino. La chupé profunda, garganta acomodándose, sus gemidos roncos llenando la habitación como cánticos gregorianos retorcidos.

La intensidad subió. Me montó, su peso delicioso aplastándome contra el colchón. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con placer que dolía rico. El sonido de carne chocando, chapoteos húmedos, nuestros jadeos mezclados con el zumbido del ventilador. Cabalgó mis caderas, yo clavando uñas en su espalda tatuada, trazando las espinas del Cristo mientras él me follaba profundo. "¡Ay, wey, más duro! ¡Dame todo tu fondo de pasión!" grité, las palabras saliendo entrecortadas. Él obedeció, embistiendo como poseído, bolas golpeando mi culo, sudor goteando de su frente a mis labios.

Cambié de posición, a cuatro patas, él detrás admirando mis fondos redondos. Entró de nuevo, manos amasando, un dedo en mi ano juguetón pero gentil, explorando límites con permiso susurrado. "¿Te gusta, mi reina? ¿Quieres que te llene?" Asentí frenética, el orgasmo construyéndose como tormenta en el desierto. El olor a sexo impregnaba todo, almizcle animal mezclado con nuestro sudor. Grité su nombre cuando exploté, paredes internas contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando por mis muslos. Él siguió, gruñendo, hasta derramarse dentro, chorros calientes pintando mis profundidades como sangre redentora.

Quedamos jadeantes, cuerpos entrelazados, piel pegajosa enfriándose en la brisa nocturna. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. Los fondos de la pasión de Cristo en su espalda brillaban bajo la luz de la luna filtrada por la ventana, recordatorio de que el éxtasis trasciende lo sagrado y lo carnal.

"Neta, Ana, eso fue como resucitar", susurró, besando mi sien. Reí suave, acariciando su cabello revuelto. En ese afterglow, con el cuerpo saciado y el alma en paz, supe que habíamos tocado lo divino en lo humano. La noche se cerró con promesas de más fondos por explorar, pasiones que no necesitan cruz pero las emulan en fuego eterno.

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