Abismo de Pasion Capitulo 19
El sol de la tarde se colaba por las cortinas de encaje en la terraza del penthouse en Polanco, tiñendo todo de un naranja ardiente que hacía que la piel de Alejandra brillara como miel fresca. Ella estaba recargada en la barandilla, con un vestido ligero de algodón que se pegaba a sus curvas por la brisa juguetona del viento. ¿Cuánto tiempo más voy a aguantar esta tensión, wey? pensó, mientras el aroma del jacarandá del jardín de abajo subía hasta sus fosas nasales, mezclado con el olor salado de su propia anticipación.
Marco salió del baño, con solo una toalla enrollada en la cadera, el agua aún goteando de su pecho moreno y marcado por horas en el gym. Sus ojos oscuros la devoraron desde la puerta, y ella sintió ese cosquilleo familiar en el estómago, como mariposas cabronas revoloteando. "Ven acá, mi reina", murmuró él con esa voz ronca que siempre la ponía como gelatina. Se acercó despacio, sus pies descalzos pisando el piso de mármol fresco, y la rodeó con los brazos desde atrás. Su aliento caliente le rozó el cuello, oliendo a menta y a hombre puro.
Alejandra giró la cabeza, rozando sus labios con los de él en un beso que empezó suave, como un roce de plumas, pero que pronto se volvió hambriento.
Esto es el abismo de pasion, pensó ella, el capítulo 19 de nuestra locura compartida, donde cada roce nos hunde más profundo.Sus manos subieron por la espalda de Marco, sintiendo los músculos tensos bajo la piel húmeda, mientras él deslizaba las suyas por sus caderas, apretando con esa fuerza que la hacía jadear.
La llevaron adentro, al sofá de piel blanca que crujió bajo su peso. El aire acondicionado zumbaba bajito, contrastando con el calor que emanaba de sus cuerpos. Marco la sentó en su regazo, la toalla cayendo al piso como una promesa rota. Ella lo miró a los ojos, esos pozos negros que la hipnotizaban. "¿Estás segura, amor? Porque una vez que empecemos, no hay vuelta atrás", dijo él, su voz temblando un poquito de puro deseo.
"Pendejo, ¿crees que soy de las que se echa para atrás? Dale con todo", respondió ella riendo, con ese acento chilango que lo volvía loco. Sus bocas se unieron de nuevo, lenguas danzando en un tango húmedo y salvaje, saboreando el dulce de su saliva mezclada con el leve amargo del café que él había tomado antes. Las manos de Alejandra bajaron por su torso, arañando suave las gotas de agua que aún perlaban su piel, hasta llegar a su verga dura como piedra, palpitando contra su palma.
Él gimió en su boca, un sonido gutural que vibró en el pecho de ella. "Qué chingona eres, Ale", susurró, mientras le quitaba el vestido de un jalón, dejando al aire sus tetas firmes y los pezones ya duros como chiles piquines. Los besó uno a uno, chupando con hambre, mordisqueando lo justo para que ella arqueara la espalda y soltara un "¡Ay, cabrón!" entre dientes. El olor de su excitación llenaba la habitación, ese almizcle femenino que lo enloquecía, mezclado con su propio sudor fresco.
La tensión crecía como una tormenta en el horizonte de la Ciudad de México, nubes negras sobre el Popo lejano. Alejandra lo empujó al sofá, montándose a horcajadas sobre él, frotando su concha mojada contra su polla, sintiendo cada vena, cada pulso. Me muero por tenerte adentro, pero quiero alargar esto, saborear el borde del abismo, pensó, mientras él le amasaba las nalgas, separándolas para rozar su ano con un dedo juguetón. "Tranquilo, guapo, paso a paso", le dijo ella, guiando su mano a su clítoris hinchado.
Marco obedeció, frotando en círculos lentos, sintiendo la humedad que chorreaba entre sus dedos. Ella cabalgaba su mano, los pechos rebotando con cada movimiento, el sonido de piel contra piel como un tambor africano en la penumbra. Sus jadeos se mezclaban con el tráfico lejano de Reforma, un fondo urbano que hacía todo más real, más crudo. "Te sientes tan rica, tan mía", gruñó él, metiendo dos dedos dentro de ella, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas.
Alejandra se mordió el labio, el sabor metálico de su propia sangre mezclándose con el beso que le plantó. Capítulo 19 del abismo de pasion, donde el control se deshace como algodón de azúcar en la boca. Bajó la cabeza, lamiendo su cuello salado, bajando por el pecho hasta su ombligo, donde metió la lengua juguetona. Él la levantó un poco, y ella lo tomó en la boca, chupando la cabeza hinchada, saboreando el pre-semen salado y ligeramente dulce, como tequila reposado.
"¡No mames, Ale, me vas a matar!", exclamó Marco, sus caderas empujando instintivamente. Ella lo miró desde abajo, ojos traviesos, mientras lo tragaba más profundo, la garganta relajada por la práctica de noches pasadas. El sonido obsceno de succión llenaba el aire, junto con sus gemidos ahogados. Pero no lo dejó acabar; se levantó, posicionándose de nuevo, y lo montó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la estiraba, la llenaba hasta el fondo.
Ambos soltaron un suspiro largo, como si el mundo se detuviera. Ella empezó a moverse, lento al principio, rodando las caderas como en un baile de salsa en Garibaldi. El roce interno era eléctrico, cada embestida rozando su G, haciendo que chorreara más jugos por sus bolas. Marco la sujetaba fuerte, mamando sus tetas mientras ella aceleraba, el sofá crujiendo rítmicamente, sudor goteando entre sus cuerpos pegajosos.
Esto es el pinche paraíso, pensó ella, mientras él la volteaba sin salir, poniéndola a cuatro patas contra el respaldo. Entró de nuevo, profundo y duro, sus bolas chocando contra su clítoris con cada estocada. "¡Más fuerte, wey, no seas marica!", lo provocó, y él obedeció, jalándole el pelo suave, azotando una nalga con un clap que resonó como fuego artificial. El dolor placentero la llevó al borde, sus paredes contrayéndose alrededor de él.
El clímax llegó como un terremoto, ella gritando "¡Me vengo, cabrón!", el cuerpo temblando, chorros calientes salpicando sus muslos. Marco la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola de su leche caliente, pulso tras pulso. Se derrumbaron juntos, jadeando, el olor a sexo crudo impregnando todo, mezclado con el jazmín del balcón abierto.
En el afterglow, él la abrazó por detrás, besándole la nuca sudorosa. "Eres mi abismo, mi pasión eterna", murmuró, mientras ella sonreía, el corazón latiendo calmado.
Capitulo 19 cerrado, pero el abismo nos llama para más, pensó, sabiendo que esta historia apenas empezaba. El sol se ponía, tiñendo sus cuerpos entrelazados de púrpura, prometiendo noches infinitas de fuego.