Amor Romantico y Pasional en la Piel Ardiente
La noche en Puerto Vallarta caía como un velo de terciopelo negro salpicado de estrellas, el aire cargado con el salitre del mar y el aroma dulce de las bugambilias que trepaban por las paredes de nuestra cabaña frente a la playa. Yo, Ana, acababa de llegar de un día eterno en la oficina de diseño en Guadalajara, pero aquí, con él, todo se desvanecía. Javier, mi amor de años, me esperaba en la terraza con una sonrisa que iluminaba más que la luna llena. Llevaba una guayabera blanca ajustada que marcaba sus hombros anchos y pantalón de lino, descalzo sobre la madera tibia.
Órale, qué chulo se ve esta noche, pensé mientras me acercaba, mis sandalias de tacón hundiéndose en la arena fina que se colaba hasta la terraza. Me había puesto un vestido rojo ceñido que abrazaba mis curvas, sin nada debajo, solo por si la noche se ponía interesante. Él se levantó, sus ojos cafés devorándome de pies a cabeza, y me tomó de la cintura con manos firmes, callosas de tanto trabajar en su taller de surf.
—Mamacita, murmuró contra mi cuello, su aliento cálido oliendo a tequila reposado y limón. —Neta que cada vez estás más rica.
Reí bajito, sintiendo ya el cosquilleo en el vientre. Nos besamos lento al principio, labios rozándose como olas suaves, pero pronto su lengua invadió mi boca con hambre, saboreando el vino tinto que yo había probado antes. El sonido de las olas rompiendo a lo lejos se mezclaba con nuestros jadeos incipientes, y el viento jugaba con mi pelo, trayendo el olor salado que me erizaba la piel.
Nos sentamos a cenar mariscos frescos que él había preparado: camarones al ajillo con un chorrito de mezcal, el ajo chisporroteando en el sartén antes, su perfume picante llenando la cabaña. Hablamos de todo y nada, de cómo el amor romántico y pasional nos había unido en esa playa hace tres años, cuando nos conocimos en una fiesta de Semana Santa. Sus dedos rozaban los míos sobre la mesa de madera, enviando chispas por mi espina dorsal. Cada mirada era una promesa, cada roce un fuego latente.
Pero la tensión crecía. Sentía mi centro humedeciéndose solo con verlo masticar, con esa mandíbula fuerte que imaginaba mordisqueándome la piel.
¿Cuánto más puedo aguantar antes de saltarle encima como gata en celo?me dije, cruzando las piernas para calmar el pulso acelerado entre ellas.
Terminamos de comer y él me jaló hacia adentro, la puerta mosquitera chirriando suavemente. La habitación estaba iluminada solo por velas de coco que parpadeaban, proyectando sombras danzantes en las paredes de adobe blanco. El colchón king size nos esperaba cubierto de sábanas de algodón egipcio, frescas al tacto. Javier me empujó contra la pared con gentileza, sus caderas presionando las mías, y sentí su dureza crecer contra mi vientre.
—Te deseo tanto, Ana —gruñó, bajando la boca a mi escote, lamiendo el sudor salado que perlaba mi piel—. Eres mi vicio, carnal.
Mis manos se enredaron en su pelo negro ondulado, tirando suave para guiarlo. Le quité la guayabera de un jalón, exponiendo su pecho moreno, marcado por músculos que olían a mar y a él, ese aroma masculino que me volvía loca. Besé sus pezones duros, mordisqueando hasta que jadeó, su voz ronca como el trueno lejano.
La ropa voló: mi vestido se deslizó al piso con un susurro sedoso, quedando desnuda ante él. Sus ojos se oscurecieron de lujuria al ver mis senos llenos, mis caderas anchas, el triángulo oscuro entre mis muslos ya brillante de deseo. Me levantó en brazos como si no pesara nada, mis piernas envolviéndolo por instinto, y me depositó en la cama. El colchón se hundió bajo nuestro peso, las sábanas frías contrastando con mi piel ardiente.
Ahí empezó el verdadero fuego. Javier se arrodilló entre mis piernas abiertas, sus manos grandes separándolas más, exponiéndome al aire nocturno que entraba por la ventana. Olía mi excitación, ese almizcle dulce mezclado con mi perfume de jazmín. Puta madre, qué bien sabe esto, pensé cuando su lengua tocó mi clítoris hinchado, lamiendo lento, círculos tortuosos que me hicieron arquear la espalda. Gemí alto, el sonido rebotando en las vigas de madera, mientras sus dedos entraban en mí, curvándose para rozar ese punto que me hacía ver estrellas.
—¡Sí, así, Javier! ¡No pares, cabrón! —supliqué, mis uñas clavándose en sus hombros, dejando medias lunas rojas.
Él chupaba con devoción, sorbiendo mis jugos como si fueran néctar, su barba incipiente raspando mis muslos internos en deliciosa aspereza. El placer subía en olas, mi vientre contrayéndose, hasta que exploté en su boca, gritando su nombre mientras temblaba, el orgasmo recorriéndome como corriente eléctrica, dejando mi piel empapada de sudor.
Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda desde las nalgas redondas hasta la nuca, mordiendo suave. Sentí sus dedos untados en mi humedad resbalando entre mis nalgas, explorando con cuidado, pidiendo permiso con la mirada. Asentí, ansiosa, y él presionó lento, su grosor invadiéndome por detrás mientras su mano frontizaba mi clítoris.
Esto es puro amor romántico y pasional, joder, me hace suya de todas las formas, pensé en éxtasis, el estiramiento ardiente convirtiéndose en placer puro cuando empezó a moverse, lento al principio, luego más rápido, el slap de piel contra piel mezclándose con mis gemidos y el rugido del Pacífico.
Lo volteé, queriendo montarlo. Me senté a horcajadas sobre su verga tiesa, palpitante, gruesas venas latiendo bajo mi palma mientras la guiaba adentro. Me hundí despacio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. Sus manos amasaron mis senos, pellizcando pezones rosados que dolían de placer. Cabalgué con furia, mis caderas girando, el sudor goteando de mi frente a su pecho, mezclándose con el suyo. Él embestía desde abajo, gruñendo palabras sucias en mi oído:
—Eres tan chingona en la cama, Ana. Tu panocha me aprieta como guante, ¡órale!
El clímax nos alcanzó juntos. Sentí sus bolas tensarse contra mí, su verga hincharse más, y explotó dentro, chorros calientes inundándome mientras yo me rompía de nuevo, visión borrosa, oídos zumbando con nuestros gritos ahogados. Colapsé sobre él, pulsos latiendo al unísono, el olor de sexo y mar impregnando todo.
En el afterglow, nos quedamos entrelazados, su brazo alrededor de mi cintura, dedos trazando perezosos círculos en mi cadera. El viento traía risas lejanas de la playa, pero aquí éramos solo nosotros. Besó mi sien, su voz suave como caricia.
—Te amo, mi reina. Este amor romántico y pasional es para siempre, neta.
Sonreí contra su piel, saboreando la sal de su cuello. Sí, carnal, para siempre. La luna se colaba por la ventana, testigo de nuestra unión, y nos dormimos así, cuerpos pegados, almas enredadas, listos para más noches como esta en nuestra paraíso mexicano.