Pasiones Desatadas en el Centro Espiritual Passionista Cuernavaca
El sol de Cuernavaca caía a plomo sobre los jardines del Centro Espiritual Passionista Cuernavaca, tiñendo de oro las flores de bugambilia que trepaban por las paredes de cantera. Llegué ese viernes por la tarde, con el alma hecha un nudo después de esa ruptura que me dejó hecha pedazos. Quería paz, silencio, un respiro de la ciudad y sus prisas. El aire olía a tierra húmeda y jazmín, y el sonido lejano de una campana me erizó la piel. Me registré en la recepción, donde una monjita sonriente me dio la bienvenida con un "Bienvenida, hija, que la paz del Señor te inunde".
Mi nombre es Ana, tengo treinta y dos años, y soy de esas morras que siempre anda corriendo: trabajo en una agencia de publicidad en el DF, fiestas los fines de semana, pero de repente te pega la soledad como un madrazo. El retiro prometía meditaciones, caminatas y reflexiones. Perfecto para reconectar con mi chi o lo que sea. Me puse un vestido suelto de algodón blanco, sandalias planas, y salí al jardín principal. Ahí lo vi por primera vez. Estaba sentado en un banco de piedra, con los ojos cerrados, respirando profundo. Alto, moreno, con una camiseta ajustada que marcaba sus hombros anchos y unos jeans que abrazaban sus muslos. Se llamaba Marco, lo supe después. Tenía esa vibe de güey que ha vivido, con una barba recortada y ojos cafés que brillaban como café de olla.
Durante la primera meditación guiada, nos sentamos en círculo bajo un sauce llorón. Su rodilla rozó la mía por accidente, y sentí un chispazo, como si el aire se cargara de electricidad.
¿Qué pedo, Ana? Estás aquí por paz espiritual, no por cazar verga, me dije, pero mi cuerpo no escuchaba. Olía a su colonia fresca, mezclada con el sudor ligero del calor morelense. Al final de la sesión, nos presentamos. "Soy Marco, de Guadalajara, vine a aclarar la mente después de un desmadre laboral", dijo con voz grave, extendiendo la mano. Su palma era cálida, áspera, como de quien trabaja con las manos. "Ana, del DF. Lo mismo, neta". Nuestras miradas se engancharon un segundo de más, y supe que él también sentía esa corriente.
El sábado amaneció con niebla ligera en las colinas, y el aroma del pan recién horneado del comedor flotaba por todo el centro. Desayunamos juntos sin planearlo, hablando de todo y nada. Me contó de su divorcio reciente, cómo se sentía perdido pero listo para renacer. Yo le abrí mi corazón sobre mi ex, ese pendejo que me dejó por una chavita. "La vida es como estos jardines, Ana: a veces hay sequía, pero luego llueve pasión", dijo, y su pie rozó el mío bajo la mesa. Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome en las sienes. Después, una caminata por los senderos empedrados. El sol filtrándose entre las hojas, pájaros cantando, el crujir de la grava bajo nuestros pies. Íbamos callados al principio, pero luego las palabras fluyeron como el río cercano.
Si lo toco ahora, ¿qué? ¿Rompo la magia del lugar? ¿O la completo?Pensé mientras su mano rozaba mi brazo al esquivar una rama. Paramos en un claro con una fuente murmurante. El agua cristalina salpicaba, fresca, invitando. "Ven, quítate el sudor", dijo juguetón, y se sacó la camiseta. Su pecho moreno, pectorales firmes con un poco de vello negro, abdomen marcado por el esfuerzo de la vida. Me quedé pasmada, el calor subiendo por mi cuello. "¿Y tú?", retó con sonrisa pícara. Me quité el vestido, quedando en bra y tanga. El aire besó mi piel, pezones endureciéndose al instante. Nos metimos al agua, riendo como güeyes. Sus manos en mi cintura, resbalosas, fuertes. Nuestros cuerpos se pegaron, piel contra piel, el agua fría contrastando con el fuego que crecía abajo.
La tensión era un nudo en mi vientre, un cosquilleo entre las piernas que me hacía apretar los muslos. Salimos empapados, tendidos en la hierba suave, secándonos al sol. Sus dedos trazaron mi brazo, mi hombro, bajando al nacimiento de mis senos. "Ana, desde que te vi, no puedo dejar de imaginarte así", murmuró, su aliento caliente en mi oreja. Lo besé entonces, hambrienta. Sus labios carnosos, lengua juguetona con sabor a menta y deseo. Gemí bajito cuando su mano cupó mi pecho, pulgar rozando el pezón endurecido.
Esto es pecado o salvación, ¿qué más da? Lo quiero ya.
Nos besamos devorándonos, rodando en la hierba. Su boca bajó a mi cuello, lamiendo el agua y el salado de mi piel. Olía a tierra mojada, a su excitación masculina, ese almizcle que me volvía loca. Le bajé los jeans, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo las venas, el calor. "Qué chingona, Ana", jadeó cuando yo la acaricié, subiendo y bajando despacio. Él metió la mano en mi tanga, dedos expertos encontrando mi clítoris hinchado. Gemí fuerte, arqueándome. Estaba empapada, chorreando por él. Me quitó la ropa interior, abriéndome las piernas. Su lengua ahí, lamiendo lento, chupando, metiendo un dedo, luego dos. El placer era olas, mi cuerpo temblando, el sonido de mi propia humedad mezclado con sus gruñidos.
"Te quiero adentro, Marco, ya", supliqué, voz ronca. Se puso encima, protegiéndonos con condón que sacó de quién sabe dónde. Entró despacio, llenándome centímetro a centímetro. Sentí cada vena rozando mis paredes, el estirón delicioso. Gruñí, clavándole las uñas en la espalda. Empezó a moverse, lento al principio, profundo. El slap slap de nuestros cuerpos chocando, sudor perlando su frente, cayendo en mis labios. Saboreé su sal. Aceleró, mis caderas subiendo a su encuentro, pechos rebotando.
¡Órale, qué rico! Esto es vida, pura pasión. El clímax me pegó como rayo, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre. Él se vino segundos después, tenso, rugiendo, colapsando sobre mí.
Nos quedamos así, jadeantes, el sol calentando nuestra piel pegajosa. El jardín susurraba paz a nuestro alrededor, como si el Centro Espiritual Passionista Cuernavaca aprobara nuestra unión carnal. Besos suaves ahora, caricias perezosas. "Esto fue... neta, lo que necesitaba", murmuró él, trazando círculos en mi vientre. Yo sonreí, sintiendo una plenitud nueva. No era solo sexo; era liberación, dos almas chocando en fuego.
El domingo, en la misa final, nos sentamos juntos, manos entrelazadas disimuladamente. El incienso flotaba, pesado, mezclándose con el recuerdo de nuestros olores. Salimos del centro con promesas de vernos en la ciudad, pero algo cambió en mí. Ya no buscaba solo paz espiritual; entendí que la pasión del cuerpo es parte del alma. Cuernavaca, con su calor eterno, se grabó en mi piel como su toque. Y mientras manejaba de regreso al DF, con el viento revolviéndome el pelo, supe que volvería al Centro Espiritual Passionista Cuernavaca. No por penitencia, sino por más.