Pasión por la Limpieza del Reparto
El sol de mediodía pegaba fuerte en el repartito de Las Lomas Verdes, ese conjunto de casas modernas donde todo mundo presume su cochera impecable y sus jardines podados. Yo, Ana, siempre he tenido esta pasión por la limpieza del reparto que me vuelve loca. No es nomás barrer el piso o trapear, es como un ritual que me prende, me hace sentir en control, poderosa. Ese día, con el calor asfixiante, me puse mi shortcito ajustado y una blusita sin brasier que se pegaba al sudor de mi piel morena. El aroma del pinol y el cloro llenaba la casa, mezclado con mi perfume de vainilla que se escapaba por las ventanas abiertas.
Estaba de rodillas fregando la cocina cuando sonó el timbre.
¿Quién chingados será con este calor de la chingada?pensé, limpiándome el sudor de la frente con el dorso de la mano. Me levanté, mis nalgas rebotando un poquito bajo el short, y abrí la puerta. Ahí estaba él, el repartidor de la ferretería, un morro alto, musculoso, con la camisa azul pegada al pecho por el sudor, el pelo negro revuelto y una sonrisa pícara que me hizo cosquillas en el estómago.
—Buenas tardes, jefa, ¿Ana López? Traigo tu pedido de limpiadores. Pasión por la limpieza del reparto, ¿no? —dijo, guiñándome el ojo mientras leía la nota en la caja.
Me reí, sintiendo un calor que no era del sol subir por mis muslos. —Neta, wey, es mi vicio. Pásala, está pesada esa madre.
Lo dejé entrar, y el olor de su sudor macho invadió el espacio, mezclándose con el cloro fresco. Sus brazos se flexionaron al poner la caja en la mesa, y yo no pude evitar mirarle el bulto en los pantalones, marcado por el esfuerzo. Se llamaba Marco, me dijo, mientras firmaba el recibo. Charlamos un rato; resultó que vivía a dos calles, repartidor desde hace años en el barrio.
—Mira, si quieres te ayudo a guardar eso, Ana. Se ve que estás hasta la madre con el calor —ofreció, quitándose la gorra y pasándose la mano por el pelo húmedo.
Algo en su voz ronca me erizó la piel.
¿Por qué no? Un rato de compañía no le hace daño a nadie, me dije, asintiendo. Empezamos a sacar los frascos: desengrasantes, trapeadores, bolsas de basura. Nuestras manos se rozaban accidentalmente, y cada roce era como una chispa. Su piel áspera contra la mía suave, el calor de sus dedos gruesos. Olía a hombre de verdad, a tierra y esfuerzo, contrastando con mi mundo de limpieza impecable.
En la segunda act, el ambiente se cargó. Estábamos en el baño, organizando los limpiadores bajo el lavabo. Me agaché para alcanzar un estante bajo, y sentí su mirada clavada en mis nalgas. Me quedé ahí un segundo de más, arqueando la espalda. Cuando me volteé, él estaba cerca, demasiado cerca, su pecho subiendo y bajando rápido.
—Estás cañona fregando así, Ana. Neta, me traes loco con esa pasión por la limpieza —murmuró, su aliento caliente en mi cuello.
Mi corazón latía como tambor en desfile.
Esto es lo que necesitaba, un hombre que entienda mi fuego. Lo miré a los ojos, oscuros y hambrientos. —¿Ah sí? Pues ven, ayúdame a limpiar esto bien a fondo —le dije juguetona, mojando un trapo y pasándoselo por el pecho, quitándole el sudor.
Él gimió bajito, agarrándome la mano. —Eres una chingona, morra. Me jaló hacia él, y nos besamos como poseídos. Sus labios gruesos sabían a sal y chicle de menta, su lengua invadiendo mi boca con urgencia. Mis manos bajaron a su culo firme, apretándolo mientras él me alzaba contra la pared fría de azulejos. El contraste del frío en mi espalda y su calor delante me hizo jadear.
Me quitó la blusa de un tirón, mis tetas saltando libres, pezones duros como piedras. Los lamió, chupó, mordisqueó suave, enviando ondas de placer hasta mi entrepierna. Olía a mi excitación, ese aroma almizclado que se mezcla con el cloro. —Qué rico hueles, Ana, como a mujer lista pa'l desmadre —gruñó, bajando mi short y metiendo dos dedos en mi concha ya empapada.
Me retorcí, gimiendo alto. ¡Qué chido se siente su mano callosa ahí! Pensé, clavándole las uñas en la espalda. Lo empujé al piso, sobre la alfombra recién aspirada, y le desabroché el pantalón. Su verga saltó dura, gruesa, venosa, con una gota de precum brillando en la punta. La olí, embriagadora, y la lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando su esencia salada. Él jadeaba, agarrándome el pelo. —¡Sigue, pinche rica, trágatela toda!
Lo hice, chupando con hambre, mi saliva corriendo por su tronco mientras él me metía los dedos más profundo, curvándolos en mi punto G. El sonido de succión y mis gemidos llenaba el baño, eco húmedo y obsceno. La tensión crecía, mis muslos temblando, su verga palpitando en mi garganta.
Pero quería más. Me subí encima, frotando mi clítoris hinchado contra su punta. —Cójeme, Marco, hazme tuya en mi mundo limpio —le rogué, bajando despacio. Su grosor me estiró delicioso, llenándome hasta el fondo. Gruñí de placer, el ardor convirtiéndose en éxtasis puro.
Cabalgamos como animales. Sus manos en mis caderas, guiándome arriba y abajo, el slap-slap de piel contra piel resonando. Sudor nos unía, resbaloso, caliente. Olía a sexo crudo, a nuestra pasión desatada. Cambiamos: él encima, embistiéndome fuerte, mis piernas en su cintura. Cada thrust tocaba mi alma, mi concha contrayéndose alrededor de él.
¡Es perfecto, este wey entiende mi fuego por la limpieza, por el orden que se rompe en el placer!
La intensidad subió. Me volteó a cuatro patas, sobre el piso reluciente. Entró de nuevo, profundo, una mano en mi clítoris frotando rápido, la otra jalándome el pelo. —¡Ven, Ana, córrete conmigo! —rugió. Mi orgasmo explotó primero, olas de fuego recorriéndome, gritando su nombre mientras mi jugo chorreaba por sus bolas. Él se vino segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando sobre el mío.
En el final, nos quedamos tirados, jadeando, el aire pesado con olor a semen y cloro. Su cabeza en mis tetas, mi mano acariciando su espalda sudorosa. —Esto fue lo mejor del reparto, Ana. Tu pasión por la limpieza me contagió —dijo riendo bajito.
Yo sonreí, besándole la frente.
Al fin alguien que lo entiende. Esto no es solo limpieza, es vida, es deseo puro. Nos levantamos lento, nos duchamos juntos bajo el agua tibia, jabón deslizándose por nuestros cuerpos exhaustos. Él se vistió, prometiendo volver por "más suministros". Yo lo despedí en la puerta, el repartito brillando afuera, mi casa impecable pero mi alma satisfecha de un desmadre inolvidable.
Desde ese día, cada entrega es una promesa. Mi pasión por la limpieza del reparto ahora incluye a Marco, y qué chido se siente romper el orden para reconstruirlo con placer.