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Pasion y Poder Capitulo 95

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Pasion y Poder Capitulo 95

El sol de la tarde se colaba por las ventanas del penthouse en Polanco, tiñendo todo de un naranja ardiente que hacía que mi piel picara de anticipación. Yo, Daniela, dueña de mi propio imperio de moda, acababa de cerrar una junta con Rodrigo, ese cabrón guapo que dirigía el conglomerado rival. Qué pendejo, pensando que me iba a doblegar con sus cifras y su mirada de jefe, pensé mientras lo veía levantarse de la mesa de juntas, ajustándose la corbata como si fuera un rey. Pero neta, su presencia me ponía la piel de gallina. Ese olor a cuero nuevo y colonia cara que siempre traía, mezclado con un toque de sudor masculino, me hacía apretar las piernas bajo la mesa.

La tensión había estado ahí desde el principio. Nuestras empresas competían por el mismo mercado de lujo en la Ciudad de México, pero entre nosotros había algo más crudo, más animal. Pasión y poder, como en esas novelas que mi carnala devoraba. Él me miró de reojo mientras los ejecutivos salían, y supe que no se iría sin más. "Daniela, quédate un rato. Tenemos que hablar de... alianzas", dijo con esa voz grave que vibraba en mi pecho como un tamborazo en una fiesta de pueblo.

Me quedé, cerrando la puerta de cristal esmerilado. El clic del seguro sonó como una promesa. Él se acercó, alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada que quería morder. "Tú siempre tan terca, mija", murmuró, su aliento cálido rozando mi oreja. Olía a menta y a deseo reprimido. Mi corazón latía como loco, órale, cálmate, no le des el gusto tan fácil. Pero mis pezones ya se endurecían bajo la blusa de seda, traicionándome.

Acto primero: la provocación. Le puse una mano en el pecho, sintiendo los músculos duros bajo la camisa. "Alianzas, ¿eh? ¿O nomás quieres ver si te dejo ganar esta vez?" Él rio bajito, un sonido ronco que me erizó el vello de la nuca. Sus dedos grandes subieron por mi brazo, dejando un rastro de fuego. "Tú sabes que en los negocios mando yo, pero aquí..." Su mano bajó a mi cintura, apretando con esa fuerza que me hacía sentir viva, poderosa a pesar de todo.

Nos movimos al sofá de piel italiana, el más grande del penthouse. El aroma del cuero se mezcló con el mío, ese perfume floral que él siempre decía que lo volvía loco. Me sentó en su regazo, y sentí su verga ya dura presionando contra mis nalgas. Chingao, qué grande se siente el wey. "Admite que me deseas tanto como el poder", gruñó, mordisqueando mi cuello. Su barba incipiente raspaba delicioso, enviando chispas directo a mi centro.

Lo besé primero, fuerte, metiendo la lengua para dominar su boca. Sabía a café negro y a victoria. Sus manos subieron a mis tetas, amasándolas con rudeza consentida. "Sí, pendejo, te deseo, pero no creas que te voy a rogar". Él sonrió contra mis labios, y supe que el juego apenas empezaba.

La escalada fue lenta, deliciosa. Me quitó la blusa con dedos impacientes, exponiendo mi brasier de encaje negro. El aire acondicionado me erizó la piel, pero su boca caliente en mi clavícula lo contrarrestaba. Bajó los tirantes, lamiendo el borde de mis pechos. Qué rico, su lengua áspera como lija suave. Gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes altas del penthouse. Afuera, el tráfico de Reforma zumbaba lejano, pero aquí solo existíamos nosotros, envueltos en este baile de pasión y poder.

Yo no me quedé atrás. Desabroché su camisa, arañando su pecho velludo con las uñas pintadas de rojo. Olía a hombre puro, a sudor fresco y testosterona. Bajé la cremallera de sus pantalones, liberando esa verga gruesa, venosa, que palpitaba en mi mano. La apreté, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave. "Mírate, todo poderoso y ya calenturiento", le susurré, lamiendo la punta salada. Él jadeó, echando la cabeza atrás, los tendones del cuello tensos como cuerdas de guitarra.

Pero no lo dejé acabar tan fácil. Me puse de pie, quitándome la falda con un movimiento lento, provocador. Mis tangas húmedas se pegaban a mi concha hinchada. Él me miró con ojos oscuros de hambre, respirando pesado. "Ven aquí, Daniela. Déjame probarte". Me jaló, enterrando la cara entre mis muslos. Su lengua encontró mi clítoris al instante, chupando con maestría. Ay, wey, qué chido sabes hacer eso. El sonido húmedo de su boca en mí, mis jugos corriendo por su barbilla, me volvía loca. Mis caderas se movían solas, follándole la cara mientras el placer subía como una ola en el Pacífico.

Internamente luchaba:

¿Le doy todo el control o lo hago mío? Este pinche poder entre nosotros es lo que nos enciende.
Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Su verga rozaba mi entrada, caliente, resbalosa. "Ahora mando yo", dije, hundiéndome despacio. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. Él gruñó, manos en mis caderas, pero dejándome el ritmo. Subí y bajé, mis tetas rebotando, el slap-slap de piel contra piel llenando el aire.

La intensidad creció. Sudábamos, el olor almizclado de nuestros cuerpos mezclándose con el jazmín de mi perfume. Sus dedos encontraron mi ano, presionando juguetón, y yo aceleré, queriendo explotar. "Más fuerte, cabrón", jadeé. Él embistió desde abajo, poderoso, pero yo controlaba la profundidad. Nuestros gemidos se volvieron gritos: "¡Sí, Daniela!", "¡Fóllame, Rodrigo!". El orgasmo me golpeó primero, un estallido de luz detrás de mis ojos cerrados, mi concha contrayéndose alrededor de él como un puño caliente.

Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes que sentía resbalar dentro. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa contra piel. Su corazón tronaba contra mi oreja, un ritmo salvaje que se calmaba poco a poco.

En el afterglow, nos quedamos así, envueltos en las sábanas que habíamos arrastrado del cuarto. El penthouse olía a sexo crudo, a nosotros. Él me acarició el cabello, besándome la frente. "Eres mi igual, mija. En cama y en negocios". Sonreí, sintiendo el poder compartido, la pasión saciada pero lista para más. Esto es pasion y poder, capitulo 95 de nuestra historia infinita. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban, testigos mudos de nuestra unión.

Me acurruqué contra él, el calor de su cuerpo mi refugio. Mañana volveríamos a la guerra de juntas, pero esta noche, éramos reyes y reinas en nuestro trono de placer. El sueño llegó suave, con el sabor de su piel aún en mis labios y el eco de nuestros cuerpos resonando en mi alma.

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