Cañaveral de Pasiones Capitulo 63 Fuego en la Caña
En el corazón del Veracruz tropical, donde el aire huele a tierra húmeda y caña madura, Julia caminaba entre las hileras verdes del cañaveral. El sol del mediodía quemaba su piel morena, haciendo que el sudor resbalara por su cuello y se perdiera entre sus pechos generosos, apretados bajo la blusa de algodón blanco. Llevaba años trabajando ahí, cortando caña con el machete en mano, pero ese día algo andaba diferente. Su cuerpo ardía no solo por el calor, sino por un anhelo que le apretaba el pecho cada vez que veía a Diego, el capataz nuevo.
Diego era un vato alto, de hombros anchos y manos callosas que hablaban de fuerza bruta. Sus ojos negros brillaban con una picardía que la ponía nerviosa, como si supiera todos sus secretos. Julia lo había visto de lejos, gritando órdenes a los demás, pero hoy se acercó, con esa sonrisa chueca que le derretía las rodillas.
—Órale, Julia, ¿ya te cansaste o qué? le dijo, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Su voz grave retumbó como un trueno lejano, vibrando en el pecho de ella.
Ella levantó la vista, fingiendo indiferencia, pero su corazón latía a todo lo que daba.
¿Por qué este pendejo me mira así? Como si quisiera comerme viva aquí mismo, entre la caña.El olor a su sudor mezclado con el de la tierra la invadió, embriagador, como un tequila añejo.
—Ni madres, aquí ando al tiro. Tú eres el que parece que se derrite, respondió ella con esa chispa mexicana, mordiéndose el labio para no reír.
Él se acercó más, lo suficiente para que sus brazos se rozaran. El roce fue eléctrico, como un chispazo en la piel húmeda. La brisa movía las hojas altas de la caña, creando un susurro constante, un velo verde que los aislaba del mundo. Ahí, en cañaveral de pasiones capitulo 63 de su propia vida imaginaria, Julia sintió que el deseo se encendía como un fogón.
El resto del día pasó en una tortura lenta. Cada golpe de machete era un eco de lo que quería hacerle a Diego. Sus pechos se endurecían bajo la tela, rozando contra la blusa con cada movimiento, y entre sus piernas un calor húmedo la traicionaba.
Neta, si no me calmo, voy a explotar. Ese cuate me tiene loca.
Al atardecer, cuando el sol teñía el cielo de rojo y naranja, Diego la alcanzó en el borde del campo. Los demás jornaleros ya se iban, riendo y platicando de la cena. El aire se enfrió un poco, cargado del dulce aroma de la caña fermentando.
—Ven, morra, quiero mostrarte algo, murmuró él, tomándola de la mano. Sus dedos ásperos envolvieron los de ella, cálidos y firmes. Julia no dudó; su cuerpo respondía por instinto.
Se adentraron en el cañaveral, donde las varas altas los ocultaban como amantes furtivos. El suelo crujía bajo sus botas, y el viento jugaba con su cabello negro, largo y suelto. Diego la giró hacia él, presionándola contra un tallo grueso. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, tongues danzando con sabor a sal y pasión contenida. Ella gimió bajito, sintiendo su verga endurecida contra su vientre.
—Te deseo desde el primer día, Julia. Eres pura fuego, jadeó él contra su boca, mientras sus manos bajaban por su espalda, apretando sus nalgas redondas.
Ella arqueó la espalda, empujando sus tetas contra su pecho.
¡Qué rico se siente! Su piel quema, huele a hombre de verdad.Le desabrochó la camisa con dedos temblorosos, revelando un torso musculoso, cubierto de vello oscuro y sudor brillante. Lo lamió ahí, saboreando la sal de su piel, mientras él gemía ronco.
La tensión crecía como la savia en las cañas. Diego levantó su falda, rasgando un poco la tela en su prisa. Sus dedos encontraron su calzón húmedo, frotando el clítoris hinchado a través de la tela. Julia jadeó, mordiendo su hombro para no gritar. El sonido de las hojas rozándose era su única banda sonora, un shhh constante que ahogaba sus suspiros.
—Estás chingona de mojada, mi reina, gruñó él, metiendo dos dedos dentro de ella. El calor viscoso los envolvió, y ella cabalgó su mano, las caderas moviéndose en ritmo ancestral.
Pero no era suficiente. Julia lo empujó al suelo, sobre la hojarasca seca que crujía como fuegos artificiales. Se quitó la blusa, dejando sus pechos libres, pezones oscuros y erectos bajo la luz crepuscular. Diego se incorporó, chupándolos con avidez, mordisqueando suave hasta que ella gritó de placer.
¡Ay, cabrón, no pares! Me vas a volver loca.
Él se desabrochó el pantalón, liberando su vergasote grueso, venoso, palpitante. Julia lo miró con hambre, acariciándolo con manos expertas, sintiendo su pulso acelerado. Lo guió a su entrada, húmeda y lista, y se hundió sobre él con un gemido largo. El estiramiento era perfecto, llenándola hasta el fondo.
Se movieron juntos, primero lento, saboreando cada roce. El sudor de sus cuerpos se mezclaba, goteando entre ellos. El olor a sexo crudo, a tierra y caña, impregnaba el aire. Diego la volteó, poniéndola de rodillas, y la penetró desde atrás, sus manos en sus caderas, azotando suave su culo firme. Cada embestida era un choque de carne, plaf plaf, eco en el cañaveral.
Es como si este lugar nos hubiera marcado. Cañaveral de pasiones, puro capítulo ardiente, pensó ella mientras el orgasmo se acercaba, un nudo apretándose en su vientre.
La intensidad subió. Diego aceleró, gruñendo palabras sucias al oído: —Te voy a llenar, mi amor. Córrete para mí, neta que eres la mejor. Sus bolas golpeaban su clítoris, enviando chispas por su espina.
Julia explotó primero, un grito ahogado que el viento se llevó. Su coño se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, mientras oleadas de placer la sacudían. Diego la siguió, derramándose dentro con un rugido gutural, caliente y abundante.
Se derrumbaron juntos, jadeantes, enredados en el suelo. El cañaveral susurraba alrededor, como cómplice. Diego la besó suave, acariciando su cabello. —Esto no acaba aquí, Julia. Eres mi pasión en este cañaveral.
Ella sonrió, el cuerpo lánguido y satisfecho. El afterglow los envolvía como niebla, con el corazón latiendo en unisono.
Capitulo 63 de nuestra historia, y vendrán más. Aquí, en este paraíso verde, hemos encontrado nuestro fuego.La luna empezaba a asomarse, plateando las hojas, mientras ellos se vestían lento, prometiéndose encuentros futuros en las sombras del cañaveral.