Damian Abismo de Pasion
La noche en la Condesa estaba viva, con ese pulso de luces neón y risas que se escapaban de los bares. Yo, Valeria, acababa de salir del trabajo, con el estrés del día todavía pegado a la piel como el calor húmedo del verano chilango. Me metí al rooftop de un antro chido, uno de esos donde la gente guapa se codea con chelas artesanales y cócteles que queman la garganta. Ahí lo vi por primera vez: Damian, alto, con esa barba recortada que le daba un aire de artista callejero, ojos negros que parecían tragarse la luz de las velas. Estaba recargado en la barandilla, platicando con unos cuates, pero su mirada se cruzó con la mía como un rayo.
¿Qué pedo con este wey? pensé, mientras pedía un margarita con sal de hipódromo. Su sonrisa se curvó cuando me vio acercarme, como si ya supiera que yo caería en su red. "Qué onda, preciosa", me dijo con voz grave, ronca, que vibraba en el pecho. Olía a tabaco y a colonia cara, esa que huele a madera y deseo. Hablamos de pendejadas al principio: del tráfico en Insurgentes, de la neta de la nueva rola de Natalia Lafourcade. Pero pronto, la plática se puso intensa. Me contó que era tatuador, que sus diseños eran como abismos donde la gente se perdía. "Yo soy Damian", dijo, extendiendo la mano. Su piel era cálida, áspera por el trabajo, y al tocarla sentí un cosquilleo que me subió por el brazo.
La música retumbaba, un remix de cumbia rebajada que hacía mover las caderas sin querer. Bailamos pegados, su mano en mi cintura, firme pero no posesiva. Sentía el calor de su cuerpo a través de la blusa delgada, el roce de su pecho contra mis tetas.
"Este cabrón me va a volver loca",me dije, mientras su aliento me rozaba el cuello. Me susurró al oído: "Valeria, traes algo que no puedo soltar". Neta, el deseo ya ardía, como tequila en las venas. Le propuse irnos de ahí, y él sonrió, ese abismo de pasión en sus ojos que me jalaba sin remedio.
Salimos tomados de la mano, el aire fresco de la noche contrastando con el fuego que traíamos adentro. Su depa estaba a dos cuadras, en una casa vieja remodelada con grafitis en las paredes. Subimos las escaleras riendo, tropezando un poco por las chelas. Al entrar, el lugar olía a incienso de copal y café molido. Me jaló hacia él en la sala, besándome con hambre. Sus labios eran suaves pero urgentes, lengua explorando mi boca con sabor a limón y sal. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo oscuro, mientras él me quitaba la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto.
¡Qué chingón se siente esto! Mi corazón latía como tamborazo zacatecano. Sus dedos trazaban mi espalda, bajando hasta desabrochar el brasier. Mis pezones se endurecieron al aire, y él los tomó con la boca, chupando suave, luego fuerte, haciendo que mis piernas flaquearan. "Eres deliciosa, Valeria", murmuró contra mi piel, voz entrecortada. Lo empujé al sofá, queriendo tomar el control. Le saqué la playera, admirando su torso marcado, tatuajes que contaban historias de noches locas: un dragón enroscado, una rosa sangrante. Olía a sudor limpio, a hombre que sabe lo que quiere.
Nos besamos de rodillas en la alfombra, yo desabrochándole el cinturón con dedos temblorosos de anticipación. Su verga saltó libre, dura, gruesa, venosa como prometía su mirada. La tomé en la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel caliente. "Mamacita, sí", jadeó cuando la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él me levantó, quitándome la falda y las calzas de un tirón. Mi panocha ya estaba empapada, hinchada de ganas. Me recargó en la pared, arrodillándose él ahora, lengua hurgando en mis pliegues, lamiendo el clítoris con maestría. ¡Ay, wey! Grité, arqueando la espalda, el placer como olas en el Golfo. Sus dedos entraron, curvándose justo ahí, frotando ese punto que me hacía ver estrellas.
Pero no quería acabar así todavía. Lo jalé arriba, montándome a horcajadas en el sofá. Su verga rozó mi entrada, resbalosa, lista. Bajé despacio, sintiéndolo llenarme centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "¡Chingao, qué apretada!", gruñó, manos en mis nalgas, guiándome. Empecé a moverme, arriba abajo, círculos lentos que nos volvían locos. El sonido de piel contra piel, nuestros jadeos mezclados con la ciudad allá afuera. Sudábamos, el olor a sexo impregnando el aire, sus caderas embistiendo arriba para encontrarme.
La tensión crecía, como tormenta en el Popo. Cambiamos: él me puso en cuatro, penetrándome profundo, una mano en mi clítoris, la otra jalándome el pelo suave. Damian, mi abismo de pasión, pensé, mientras el orgasmo se acercaba rugiendo. "Ven conmigo, preciosa", me ordenó, voz rota. Exploté primero, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre, olas de placer que me dejaban temblando. Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, gruñendo como fiera.
Caímos exhaustos en la cama, ahora en su cuarto con sábanas revueltas y luz tenue de una lámpara. Su brazo alrededor de mi cintura, piel pegajosa de sudor, respiraciones calmándose. "Neta, Valeria, eso fue otro nivel", dijo besándome la frente. Yo sonreí, trazando sus tatuajes con el dedo.
"Este wey no es cualquier pendejo, es puro fuego",reflexioné, sintiendo una paz chida después del torbellino. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero nosotros flotábamos en esa burbuja de afterglow, con promesas de más noches en el abismo de pasión que era Damian.
Al amanecer, con café humeante y tortas de chilaquiles que pidió por app, platicamos de verdad. De sueños, de la vida chilanga que a veces ahoga pero también enciende. No fue solo sexo; fue conexión, ese chispazo que te hace sentir viva. Me fui con las piernas flojas pero el alma llena, sabiendo que volvería. Damian, el abismo de pasión, me había marcado para siempre.