Capítulos Ardientes de la Novela Pasión de Gavilanes
La noche caía sobre la hacienda en las afueras de Culiacán, con el aire cargado del aroma dulce de las jacarandas y el lejano relincho de los caballos en el corral. Gabriela se recostaba en el sillón de cuero viejo de la sala, con las piernas cruzadas sobre la otomana, mientras el televisor proyectaba las luces parpadeantes de Pasión de Gavilanes. Sus ojos cafés seguían cada escena con avidez, el corazón latiéndole un poco más rápido con esos capítulos de la novela Pasión de Gavilanes que tanto le gustaban. Diego, su carnal desde hace meses, entraba con dos chelas frías en la mano, su camisa a cuadros desabotonada dejando ver el vello oscuro en su pecho moreno.
—Órale, Gabi, ¿otra vez con esta novela? —dijo él con esa voz ronca que le erizaba la piel, sentándose a su lado y pasándole la cerveza. El frío del vidrio contra su palma la hizo suspirar, pero no tanto como el roce accidental de su muslo contra el de ella.
Gabriela giró la cabeza, mordiéndose el labio inferior. Este wey me trae loca, pensó, mientras el sonido de la pasión en la pantalla llenaba la habitación: gemidos ahogados, susurros de deseo entre los hermanos Reyes y sus amadas. —Sí, pinche Diego, estos capítulos de la novela Pasión de Gavilanes son puro fuego. Mira cómo se miran, como si se fueran a comer vivos.
Él soltó una carcajada baja, pero sus ojos se oscurecieron al posarse en el escote de su blusa floja, donde el sudor del calor sinaloense perlaba su piel oliva. La tensión crecía como una tormenta de verano, el aire espeso con el olor a tierra húmeda que entraba por la ventana entreabierta. Diego acercó su mano, rozando apenas el dorso de la de ella sobre el sillón. Gabriela sintió un cosquilleo subirle por el brazo, directo al vientre, donde un calor húmedo empezaba a despertar.
En la pantalla, una escena ardiente: los amantes se besaban con furia bajo la lluvia, las camisas pegadas al cuerpo revelando curvas y músculos. Gabriela se movió inquieta, cruzando las piernas para aplacar el pulso entre sus muslos. No mames, esto es demasiado, se dijo, pero su cuerpo la traicionaba, los pezones endureciéndose bajo la tela fina. Diego lo notó, claro, porque su respiración se aceleró, y sin decir nada, dejó la chela en la mesita y se inclinó hacia ella.
—¿Quieres que hagamos nuestro propio capítulo, mamacita? —murmuró contra su oreja, su aliento caliente oliendo a cerveza y a hombre. Gabriela giró el rostro, sus labios rozando los de él en una promesa. El beso empezó suave, exploratorio, el sabor salado de su boca mezclándose con el suyo. Pero pronto se volvió hambriento, lenguas enredándose como en esas escenas que acababan de ver.
Las manos de Diego subieron por sus costados, fuertes y callosas del trabajo en el rancho, arrancándole un gemido cuando rozaron sus senos. Ella arqueó la espalda, presionándose contra él, sintiendo la dureza creciente en sus jeans. Qué chingón se siente esto, pensó Gabriela, mientras sus dedos se enredaban en su cabello negro, tirando suave para guiarlo. Se levantaron del sillón sin romper el contacto, tambaleándose hacia el pasillo, el televisor aún sonando de fondo con diálogos apasionados que parecían narrar su propia historia.
En la recámara, iluminada solo por la luna que se colaba por las cortinas, Diego la empujó con gentileza contra la puerta de madera. El impacto fue suave, pero envió ondas de placer por su espina. Él se arrodilló despacio, besando su ombligo expuesto, bajando la cremallera de su falda con dientes. Gabriela jadeó, el aire fresco de la noche contrastando con el calor de su boca en la piel del vientre. Este pendejo sabe cómo volverme loca, reflexionó, mientras él deslizaba la prenda por sus caderas, revelando las bragas de encaje negro ya empapadas.
—Estás chorreando, mi reina —gruñó Diego, inhalando su aroma almizclado de excitación, ese olor terroso y dulce que lo enloquecía. Sus dedos trazaron la humedad a través de la tela, haciendo círculos lentos que la hicieron temblar. Gabriela se aferró a sus hombros, las uñas clavándose en la carne, mientras él apartaba las bragas y hundía la lengua en su centro. El primer lametón fue eléctrico: áspero, caliente, saboreándola como si fuera el néctar más exquisito. Ella gritó bajito, las rodillas flaqueando, el sonido de su propia humedad chupada llenando la habitación junto al zumbido lejano de los grillos.
La intensidad crecía con cada movimiento de su lengua, alternando succiones en su clítoris hinchado y penetraciones profundas con los dedos. Gabriela se mecía contra su rostro, perdida en las sensaciones: el roce de la barba incipiente en sus muslos internos, el pulso acelerado de su propio corazón retumbando en los oídos, el sabor salado que él le devolvía en besos cuando subía. No pares, cabrón, estoy a punto, suplicaba en silencio, pero él lo sabía, prolongando el tormento delicioso hasta que las primeras olas de placer la sacudieron, convulsionándola en un orgasmo que la dejó sin aliento, las piernas temblorosas.
Diego se puso de pie, quitándose la camisa con prisa, los músculos del torso flexionándose bajo la luz plateada. Gabriela lo ayudó con los jeans, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando en su mano. La acarició despacio, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada, el líquido preseminal perlando la punta. —Te quiero adentro, ahora —exigió ella, su voz ronca de deseo renovado. Él la levantó en brazos como si no pesara nada, depositándola en la cama de sábanas frescas que olían a lavanda del tendedero.
Se posicionó entre sus piernas abiertas, frotando la cabeza contra su entrada resbaladiza, torturándola con roces que no penetraban del todo. Gabriela alzó las caderas, impaciente, gimiendo cuando finalmente la embistió de un solo empujón profundo. El estiramiento fue perfecto, llenándola por completo, el roce de su pubis contra el clítoris enviando chispas. Se movieron en ritmo sincronizado, lento al principio: él saliendo casi todo para volver a hundirse, ella clavando talones en su espalda, arañando su piel con uñas pintadas de rojo.
La habitación se llenó de sonidos carnales: piel contra piel en palmadas húmedas, jadeos entrecortados, el crujir de la cama vieja. Diego aceleró, sudando, gotas cayendo sobre sus senos que él lamía ansioso, saboreando la sal. Gabriela sentía cada vena de él pulsando dentro, el placer acumulándose como una presa a punto de romperse. Eso es, fóllame como en esos capítulos, mi rey, pensó, recordando fugazmente la novela que los había encendido. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo con furia, sus caderas girando en círculos que lo hacían gruñir como animal.
El clímax los alcanzó juntos. Gabriela se tensó primero, el orgasmo explotando en oleadas cegadoras, contrayéndose alrededor de él en espasmos que lo ordeñaban. Diego rugió su nombre, embistiendo una última vez antes de derramarse dentro, caliente y abundante, el pulso de su eyaculación prolongando el éxtasis de ambos. Colapsaron entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco, el olor a sexo impregnando el aire como perfume prohibido.
Minutos después, acurrucados bajo la sábana ligera, Gabriela trazaba patrones en su pecho con el dedo. —Fue mejor que cualquier capítulo de la novela Pasión de Gavilanes, ¿verdad, amor? —susurró, besando su hombro salado.
Diego sonrió en la penumbra, apretándola más. —Mucho mejor, porque es nuestro. Y mañana, ¿otro capítulo? —La risa de ella fue suave, prometedora, mientras el eco de la pasión los envolvía en un afterglow cálido, sabiendo que su historia apenas empezaba.