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Angelique Boyer Abismo de Pasion

6507 palabras

Angelique Boyer Abismo de Pasion

La noche en Acapulco caía como un velo de terciopelo negro salpicado de estrellas, el aire cargado con el salitre del Pacífico y el eco lejano de las olas rompiendo contra la playa. Angelique Boyer caminaba por el malecón, su vestido rojo ceñido al cuerpo como una segunda piel, ondeando con la brisa cálida que le erizaba la nuca. Había terminado las grabaciones de Abismo de Pasion, esa telenovela que la había consumido con sus intrigas y pasiones desbordadas, y ahora buscaba un respiro. Pero el abismo de pasion que interpretaba en pantalla parecía seguirla, latiendo en su pecho como un corazón desbocado.

Se detuvo en un bar al aire libre, luces tenues bailando sobre mesas de madera pulida. Pidió un tequila reposado, el cristal frío contra sus labios, el ardor bajando por su garganta como fuego líquido. Ahí lo vio: Alejandro, alto, moreno, con ojos que prometían tormentas. Era productor, había trabajado en sets cercanos, y su sonrisa era un anzuelo que la atrapó de inmediato. ¿Qué neta me pasa? pensó, mientras él se acercaba, su colonia amaderada invadiendo su espacio.

—Angelique, ¿verdad? La reina del abismo de pasion —dijo él, voz grave como el rumor del mar, sentándose sin pedir permiso.

Ella rio, un sonido cristalino que flotó en el aire húmedo. —Sí, güey, pero hoy solo quiero ser Angélica, sin cámaras ni guion.

Charlaron horas, tequilas fluyendo, risas mezclándose con la música de mariachi que sonaba de fondo. Sus rodillas se rozaron bajo la mesa, un toque eléctrico que envió chispas por su espina. El deseo crecía lento, como la marea subiendo, su piel sensible al roce accidental de sus dedos al pasar el limón.

Este carnal me prende como nadie, su mirada me desnuda ya.
El conflicto interno la carcomía: era famosa, siempre en el ojo público, pero esa noche quería caer al abismo sin red.

La fiesta en la hacienda privada era un remolino de cuerpos danzantes, aroma a jazmín y humo de parrilla flotando en el jardín iluminado por antorchas. Alejandro la tomó de la mano, guiándola entre la gente, su palma cálida y firme contra la suya. Bailaron salsa, caderas pegadas, sudor perlando sus frentes. Ella sentía su dureza presionando contra su vientre, un pulso acelerado que hacía eco en su centro. No puedo más, lo quiero ya, se dijo, mordiéndose el labio mientras sus bocas se rozaban en un beso robado.

Subieron a su suite en el hotel, el pasillo alfombrado amortiguando sus pasos apresurados. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo exterior desapareció. Él la arrinconó contra la pared, labios devorando los suyos, lengua explorando con hambre. Sabía a tequila y menta, sus manos grandes deslizándose por su espalda, bajando la cremallera del vestido con deliberada lentitud. El tejido cayó al suelo como una cascada roja, dejándola en lencería negra, pechos subiendo y bajando con respiraciones jadeantes.

—Estás chingona, Angelique —murmuró él, voz ronca, arrodillándose para besar su ombligo, lengua trazando círculos que la hicieron arquearse. El olor de su excitación llenaba la habitación, almizclado y dulce, mezclado con su perfume floral.

Ella lo empujó hacia la cama king size, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo su peso. Se montó a horcajadas, arrancándole la camisa, uñas arañando levemente su pecho velludo, sintiendo los músculos tensos bajo sus palmas. Qué rico se siente su piel caliente contra la mía. Besó su cuello, saboreando la sal de su sudor, bajando por el torso hasta desabrochar su pantalón. Su miembro saltó libre, grueso y palpitante, venas marcadas que ella lamió con la punta de la lengua, provocándole un gemido gutural.

La tensión escalaba, sus cuerpos enredados en un baile primitivo. Él la volteó, boca capturando un pezón endurecido, succionando con fuerza que la hizo gritar de placer. Dedos hábilmente encontraron su humedad, resbaladizos, frotando el clítoris en círculos que la volvían loca.

¡Ay, cabrón, no pares, me vas a matar de gusto!
Ella se retorcía, caderas moviéndose al ritmo de sus caricias, el sonido húmedo de sus jugos llenando el aire cargado de gemidos.

Pero no era solo físico; en su mente, flashes de Angelique Boyer abismo de pasion se entretejían con la realidad. Recordaba escenas de celos y entregas apasionadas en la telenovela, pero esto era real, crudo, suyo. El conflicto la golpeaba: ¿era solo una noche o el inicio de algo más profundo? Alejandro lo sentía, susurrando en su oído: —Neta, me tienes en tus garras, como en tu novela.

La giró de nuevo, ella de rodillas en la cama, nalgas en alto. Él se posicionó atrás, la punta rozando su entrada, lubricada y ansiosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. ¡Qué grande, me llena toda! El placer la invadió, oleadas que la hacían clavar las uñas en las sábanas. Embestidas rítmicas, piel chocando contra piel con palmadas resonantes, sus bolas golpeando su clítoris. Sudor goteaba, mezclándose, el aroma almizclado intensificándose.

Cambiaron posiciones, ella encima, cabalgando con furia, pechos rebotando, manos en su pecho para impulsarse. Él la sujetaba las caderas, gruñendo: —¡Muévete así, chula, qué rico te sientes! Sus paredes internas lo apretaban, masajeándolo, llevándolo al borde. El clímax se acercaba, tensión en espiral, respiraciones entrecortadas, el colchón crujiendo bajo ellos.

En el pico, ella gritó su nombre, orgasmo explotando como fuegos artificiales, espasmos sacudiéndola, jugos empapando sus muslos. Él la siguió segundos después, eyaculando profundo dentro, calor inundándola, gemido animal escapando de su garganta. Colapsaron juntos, cuerpos temblorosos, piel pegajosa, corazones martilleando al unísono.

El afterglow fue dulce, tendidos en la cama revuelta, brisa del balcón trayendo olor a mar. Él la acunó, dedos trazando patrones perezosos en su espalda. —Esto fue más que un abismo, Angelique, fue un paraíso —dijo, besando su sien.

Ella sonrió, exhausta y satisfecha, el conflicto resuelto en esa paz postorgásmica.

Angelique Boyer y su abismo de pasion, pero esta vez lo controlo yo.
La noche se extendía, promesa de más, mientras el Pacífico susurraba secretos al amanecer.

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