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Pasión de Gavilanes Oscar Reyes

8846 palabras

Pasión de Gavilanes Oscar Reyes

El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda en las afueras de Guadalajara, tiñendo de oro el paisaje de agaves y nopales. Yo, Lucía, acababa de llegar de la ciudad, huyendo del ajetreo citadino que me ahogaba. Mi tía me había invitado a pasar unas semanas en su rancho, prometiéndome paz y aire puro. Pero lo que no esperaba era toparme con él: Oscar Reyes, el capataz de la finca, un hombre que parecía sacado de mis fantasías más salvajes.

Oscar era alto, de piel morena curtida por el sol, con ojos negros que brillaban como obsidiana y una sonrisa pícara que dejaba ver dientes perfectos. Llevaba camisa ajustada que marcaba sus músculos forjados en el trabajo del campo, y jeans desgastados que abrazaban sus caderas anchas. Desde el primer día, cuando lo vi arreando los caballos, sentí un cosquilleo en el estómago, un calor que subía desde mis entrañas.

¿Quién es este wey que me pone así de nerviosa? Neta, parece un gavilán listo para cazar
, pensé mientras lo observaba desde el porche.

La tensión empezó esa tarde, cuando mi tía me pidió que le llevara agua al corral. Oscar levantó la vista al verme acercar con la garrafa, su mirada recorriéndome de arriba abajo. Llevaba un vestido ligero de algodón, el tipo que se pega al cuerpo con el sudor del calor jalisciense. "Gracias, morra", dijo con voz grave, ronca como el relincho de un potro. Sus dedos rozaron los míos al tomar la garrafa, y fue como una descarga eléctrica. Olía a tierra húmeda, a sudor masculino y a cuero fresco. Mi pulso se aceleró, y noté cómo sus ojos se detenían en el escote donde mis pechos subían y bajaban con agitación.

Pasaron los días, y cada encuentro avivaba la chispa. Lo veía en las mañanas, montado a caballo, su cuerpo moviéndose con gracia felina. Por las noches, desde mi ventana, escuchaba su risa estruendosa mezclada con las rancheras de mariachi que ponía en la radio. Pasión de gavilanes, murmuraba para mí misma, recordando esa telenovela que tanto me gustaba de chica, donde los hermanos Reyes desataban tormentas de deseo. Oscar Reyes era como Óscar de la novela: fuerte, apasionado, un hombre que no pedía permiso para tomar lo que quería, pero siempre con ese encanto que te hace rendirte voluntaria.

Una noche de tormenta, el cielo se abrió en furia, truenos retumbando como cañonazos. La lluvia azotaba el tejado de teja, y el viento ululaba entre los árboles. No podía dormir, el calor bochornoso me tenía inquieta, la sábana pegada a mi piel desnuda. De pronto, un golpe en la puerta. Abrí, y ahí estaba Oscar, empapado hasta los huesos, la camisa translúcida pegada a su torso esculpido, gotas resbalando por su cuello hasta perderse en el vello oscuro de su pecho.

"Lucía, el tejado de la caballeriza se voló. Necesito ayuda para taparlo antes que se mojen los caballos", dijo, su voz cortando el rugido de la lluvia. No lo pensé dos veces. Me puse una chamarra ligera sobre mi camisón y salí con él a la oscuridad. Corrimos bajo el diluvio, el agua helada calando mis ropas, haciendo que mi camisón se adhiriera como segunda piel. Oscar me tomó de la mano para guiarme, su palma áspera y cálida contra la mía, enviando ondas de placer directo a mi centro.

En la caballeriza, el olor a heno mojado y estiércol fresco nos envolvió. Trabajamos rápido, clavad fijando las láminas de lámina. Nuestros cuerpos se rozaban accidentalmente: su cadera contra la mía, su brazo musculoso presionando mi espalda. Cada roce era fuego.

¡Chingado, Lucía, contrólate! Pero neta, este carnal me trae entre ojos
, me regañaba en silencio, mientras mi cuerpo traicionero respondía con un ardor entre las piernas.

Terminamos exhaustos, resguardándonos en un rincón seco. La lluvia seguía cayendo en cascada fuera, pero adentro, el aire se cargaba de electricidad. Oscar se acercó, secándose el rostro con una mano, su mirada clavada en mis labios hinchados por el frío. "Estás temblando, preciosa", murmuró, quitándose la camisa con un movimiento fluido. Su pecho desnudo brillaba con lluvia y sudor, pezones oscuros endurecidos. Me rodeó con sus brazos, su calor envolviéndome como una manta viva. Olía a hombre puro: sal, tierra y un toque almizclado de excitación.

Mi corazón latía desbocado, audible en el silencio entre truenos. Lo miré a los ojos, esos pozos negros de deseo. "Oscar... esto no es buena idea", susurré, pero mi cuerpo se arqueaba hacia él, mis pezones rozando su piel a través del camisón empapado. Él sonrió, esa sonrisa lobuna. "¿Y quién dijo que quiero ideas buenas? Quiero , Lucía. Dime que no, y me voy". Su aliento caliente en mi oreja, su mano deslizándose por mi cintura, deteniéndose en mi nalga. No dije no. En cambio, levanté el rostro y lo besé.

Fue un beso voraz, hambriento. Sus labios carnosos devorando los míos, lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y lluvia. Gemí contra él, mis manos explorando su espalda ancha, uñas clavándose en músculos duros. Me levantó como si no pesara, sentándome en un fardo de heno seco. Sus manos arrancaron el camisón, exponiendo mis senos plenos, pezones rosados pidiendo atención. "¡Qué chula estás, morra! Mira cómo te has puesto por mí", gruñó, chupando un pezón con avidez, su barba incipiente raspando deliciosamente mi piel sensible.

El placer era un torrente: su boca succionando, dientes mordisqueando suave, lengua girando en círculos que me hacían arquear la espalda. Bajó por mi vientre, besando cada centímetro, hasta llegar a mi monte de Venus. El olor de mi excitación lo enloqueció. "Hueles a miel caliente, Lucía. Quiero comerte entera". Separó mis muslos con manos firmes, su aliento teasing mi clítoris hinchado. Lamida lenta, luego rápida, lengua plana lamiendo de entrada a cima. Grité, el sonido ahogado por un trueno. Mis jugos lo empapaban, él los bebía con deleite, dedos hundiéndose en mi calor húmedo, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas.

¡Ay, Diosito! Este wey sabe lo que hace. Me va a matar de gusto
. Mis caderas se movían solas, follándome su boca. Él gruñía de placer, vibraciones enviando ondas por mi espina. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola imparable. "Vente, preciosa. Dámelo todo", ordenó, y exploté. Juicios salpicando su rostro, cuerpo convulsionando, uñas en su cabello tirando fuerte.

No me dio tregua. Se puso de pie, bajándose los jeans. Su verga saltó libre: gruesa, venosa, cabeza púrpura reluciente de precúm. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, tan caliente que quemaba. La masturbé despacio, viéndolo jadear. "¡Métetela, Oscar! Te necesito dentro", rogué, voz ronca de deseo. Él se posicionó, frotando la punta en mi entrada resbaladiza. Empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemí largo, sintiendo cada vena, cada pulso.

Una vez lleno, empezó a moverse: embestidas profundas, pausadas al principio, construyendo ritmo. El slap de piel contra piel mezclándose con lluvia y nuestros jadeos. Sus manos en mis caderas, guiándome, mi clítoris rozando su pubis en cada thrust. Sudor goteando de su frente a mis senos, salado en mi lengua cuando lo lamí. Aceleró, gruñendo "¡Eres tan chingona, Lucía! Tu panocha me aprieta como guante". Yo respondía clavando talones en su culo firme, arañando su espalda.

La tensión crecía, espiral infinita. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como amazona. Sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones. Rebotaba fuerte, verga golpeando mi cervix, placer rayando en dolor exquisito. Él se incorporó, mamando mi cuello, dejando chupetones que mañana dolerían rico. "Me vengo, carnal... ¡juntos!", chillé. Él embistió desde abajo, brutal, y estallamos. Su leche caliente llenándome, chorros potentes, mi coño ordeñándolo seco. Grité su nombre, él el mío, cuerpos temblando en éxtasis compartido.

Colapsamos en el heno, jadeantes, pieles pegajosas de sudor y fluidos. La lluvia amainaba, dejando un goteo rítmico. Oscar me acunó, besando mi frente. "Eres mi pasión de gavilanes, Lucía. Salvaje y libre", susurró. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho.

Neta, este hombre me ha marcado para siempre. ¿Qué sigue? No sé, pero quiero más
.

Al amanecer, regresamos a la hacienda de la mano, el sol naciente besando nuestra piel. La tía nos miró con picardía, pero no dijo nada. Oscar y yo sabíamos que esto era el comienzo de algo ardiente, como el vuelo de gavilanes en el cielo jalisciense. Pasión pura, consensual, eterna.

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