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La Diferencia Entre Pasión Y Obsesión

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La Diferencia Entre Pasión Y Obsesión

En el corazón de la Condesa, donde las luces de neón parpadean como promesas coquetas, entré al bar esa noche de viernes. El aire olía a mezcal ahumado y a jazmín de los antros cercanos. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir chula, poderosa, lista para lo que viniera. Me senté en la barra, pedí un tequila reposado con limón y sal, y ahí lo vi. Alto, moreno, con ojos que brillaban como obsidiana bajo la luz tenue. Se llamaba Diego, un wey de unos treinta, con esa sonrisa pícara que te hace pensar en travesuras.

Órale, ¿vienes sola? —me dijo acercándose, su voz grave rozándome la piel como un susurro caliente.

Le contesté con una risa, neta que su presencia me erizaba los vellos. Charlamos de todo: de la pinche ciudad que no duerme, de tacos al pastor en la esquina, de cómo la vida en México te obliga a vivir intensamente. Sus manos grandes gesticulaban, y cada vez que rozaban mi brazo, sentía un cosquilleo eléctrico subir por mi espina. ¿Era esto pasión? Esa chispa inmediata, ese deseo que te hace mojar las bragas sin pensarlo dos veces. O ¿sería obsesión, esa necesidad de tenerlo ya, de devorarlo entero?

Al final de la noche, me invitó a su depa en Polanco. No lo pensé dos veces. Subimos en su coche, el motor rugiendo como nuestro pulso acelerado. El aroma de su colonia, madera y cítricos, me invadió, mezclándose con el mío de vainilla y sudor leve. En el elevador, sus labios encontraron los míos. Bésame suave al principio, explorando, luego feroz, tongues danzando en un tango húmedo y salado. Sentí su dureza presionando contra mi vientre, y ay, cabrón, mi cuerpo respondió con un calor líquido entre las piernas.

Entramos a su penthouse, luces bajas, vista al skyline de la ciudad que palpitaba allá abajo. Me quitó el vestido despacio, sus dedos callosos trazando mi espalda, enviando ondas de placer. Me recargó en la pared fría, contrastando con su piel ardiente.

Esto es pasión, ¿verdad? Solo deseo puro, sin cadenas —pensé, mientras su boca bajaba por mi cuello, lamiendo el sudor salado, mordisqueando hasta dejar marcas rosas.
Pero en el fondo, una vocecita dudaba. Lo había conocido hace horas, ¿y ya quería perderme en él?

Nos movimos al sofá de cuero negro, suave bajo mi trasero desnudo. Diego se arrodilló, separó mis muslos con reverencia. Su aliento caliente rozó mi sexo húmedo, hinchado de anticipación. Olía a mí, a excitación almizclada, y él inhaló profundo, gimiendo como si fuera el mejor perfume del mundo.

Neta, hueles delicioso, mi reina —murmuró, antes de que su lengua me tocara.

Fue como fuego líquido. Lamía lento, círculos alrededor de mi clítoris, chupando suave, luego fuerte. Mis manos enredadas en su pelo oscuro, tirando, guiándolo. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes de vidrio. Sentía cada roce: la aspereza de su barba en mis muslos internos, el calor de su boca succionando mis labios vaginales, el pulso de mi corazón tronando en los oídos. Pendejo, me tenía al borde ya, pero se detenía, torturándome deliciosamente.

—No pares, cabrón —supliqué, voz ronca.

Se levantó, se quitó la camisa, revelando un torso marcado por gym, pectorales firmes salpicados de vello negro. Lo jalé hacia mí, besando su pecho, saboreando el salado de su piel sudada. Bajé la mano a su pantalón, lo abrí, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé, dura como acero caliente, y la masturbe lento, sintiendo el precum resbaloso en mi palma. Él gruñó, un sonido animal que me erizó toda.

Pero entonces, en medio del frenesí, me miró fijo.

¿Sabes cuál es la diferencia entre pasión y obsesión? —preguntó, su voz entrecortada mientras yo lo lamía desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salada y ligeramente dulce.

Levanté la vista, labios hinchados.

—Dime —jadeé.

—La pasión te enciende y te deja volar. La obsesión te ata, no te suelta. ¿Qué sientes ahorita?

Su pregunta me detuvo.

¿Qué sentía? Un torbellino. Quería su cuerpo, su alma, todo. ¿Era solo pasión esta hambre voraz, o ya rayaba en obsesión?
Lo empujé al sofá, me subí encima, frotando mi coño mojado contra su polla dura. El glande rozaba mi entrada, lubricándonos mutuamente. Gemí al sentirlo entrar centímetro a centímetro, estirándome, llenándome hasta el fondo. Era grueso, perfecto, tocando ese punto que me hacía ver estrellas.

Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena pulsando dentro, mis jugos chorreando por sus bolas. El slap slap de piel contra piel, el olor a sexo crudo llenando el aire, sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. Aceleré, brincando fuerte, mis nalgas rebotando contra sus muslos fuertes. Él embestía arriba, clavándose profundo, golpeando mi cervix con placer punzante.

¡Más fuerte, Diego! ¡Dame todo! —grité, uñas clavadas en su pecho.

Nos volteó, poniéndome a cuatro patas en el suelo mullido. Entró por atrás, una mano en mi cadera, la otra jalando mi pelo. Follando como animales, sudor goteando, cuerpos chocando con sonidos húmedos y obscenos. Sentía su verga hincharse más, mis paredes contrayéndose, el orgasmo construyéndose como una ola imparable. Olía a nosotros, a pasión desatada, a obsesión contenida.

La diferencia es que la pasión nos libera —jadeó él, mientras me penetraba sin piedad— la obsesión nos destruye. Esto es pasión, mi amor.

Exploto. Mi coño se apretó como un puño alrededor de él, chorros de placer salpicando, cuerpo temblando incontrolable. Grité su nombre, el mundo disolviéndose en blanco puro. Él siguió bombeando, gruñendo, hasta que se corrió dentro, chorros calientes inundándome, su semilla mezclándose con mis jugos, resbalando por mis muslos.

Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopando al unísono con el mío. El skyline brillaba afuera, testigo mudo.

Neta, ahí estaba la diferencia entre pasión y obsesión. La pasión nos había consumido sin quemarnos, nos dejaba saciados pero libres. La obsesión habría sido no poder soltarlo nunca, perseguirlo eternamente. Esto era mejor: un fuego que enciende y se apaga con gracia.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando los restos, sus manos jabonosas explorando de nuevo, pero suave, tierno. Reímos de tonterías, planeamos un desayuno de chilaquiles en la mañana. Salí de ahí con el cuerpo dolorido pero el alma ligera, sabiendo que había cruzado la línea perfecta esa noche.

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