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El Color de la Pasión Capítulo 90 Pasión Desbordada

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El Color de la Pasión Capítulo 90 Pasión Desbordada

La noche en Cancún olía a sal marina y a jazmín salvaje, ese aroma que se pega a la piel como un susurro indecente. Yo, Ana, acababa de bajar del taxi frente al hotel más chulo de la zona hotelera, con el corazón latiéndome a mil por hora. Habían pasado meses desde la última vez que vi a Diego, mi amor imposible, el que me hacía temblar con solo una mirada. ¿Y si esta vez todo cambia? pensé, mientras el viento jugaba con mi vestido rojo ceñido, ese que marcaba cada curva de mi cuerpo como si fuera una promesa de pecado.

El lobby estaba lleno de luces tenues y música suave, rancheras modernas que hablaban de amores locos. Lo vi de inmediato, recargado en la barra del bar, con su camisa blanca abierta un par de botones, mostrando ese pecho moreno que tantas noches me había imaginado lamiendo. Sus ojos negros me encontraron al instante, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si mi panocha ya supiera lo que venía. "¡Órale, Ana! ¿Qué pedo, güey? ¡Estás más buena que nunca!", me dijo con esa sonrisa pícara, acercándose para darme un abrazo que duró más de lo necesario. Su olor a colonia masculina mezclada con sudor fresco me mareó. Lo abracé fuerte, sintiendo su verga semi-dura contra mi vientre. Ya empezó el juego, me dije.

Nos sentamos en una mesa apartada, con vistas al mar Caribe que brillaba bajo la luna. Pedimos tequilas reposados, y mientras el líquido ámbar bajaba ardiente por mi garganta, recordamos viejos tiempos. "Neta, Diego, no sabes las ganas que te tenía. Cada noche soñaba con tus manos en mí", le confesé, rozando su pierna con la mía bajo la mesa. Él se rio bajito, ese sonido ronco que me ponía la piel de gallina. "Yo igual, mi reina. Pensaba en El Color de la Pasión Capítulo 90, ¿te acuerdas? Ese capítulo donde todo explota, como nosotros ahorita". Hablaba de nuestra telenovela privada, la que inventábamos en la cama, capítulos llenos de drama y deseo. Su mano subió por mi muslo, y yo apreté las piernas, sintiendo el calor humedecerse entre ellas.

La tensión crecía como una ola, imparable. Hablamos de lo que nos había separado: trabajos, distancias, pendejadas del día a día. Pero ahora, aquí, nada importaba. "Ven, vamos a la playa", me propuso, y yo asentí, dejando que me jalara de la mano. La arena tibia nos recibió, y nos quitamos los zapatos. Caminamos descalzos, el mar lamiendo nuestros pies con espuma fresca. Se detuvo de pronto y me besó, un beso hambriento, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y sal. Gemí contra sus labios, mis manos enredándose en su pelo negro. "Te deseo tanto, Ana. Neta, estás mojadita ya, ¿verdad?", murmuró, bajando la mano por mi espalda hasta apretar mi culo firme.

¡Dios, qué rico se siente su boca! Quiero que me coma entera, que me haga suya en esta playa
, pensé, mientras él me recargaba contra una palmera. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la piel sensible, y yo arqueé la espalda, ofreciéndole mis tetas endurecidas bajo el vestido. "Quítamelo, Diego, por favor", le rogué, y él obedeció, deslizando la tela por mis hombros. El aire nocturno besó mis pezones oscuros, haciendo que se pusieran duros como piedras. Los chupó con avidez, lamiendo y succionando, mientras yo jadeaba, el sonido de las olas mezclándose con mis gemidos. Olía a su excitación, ese almizcle macho que me volvía loca.

La cosa se puso más intensa cuando me arrodillé en la arena, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con ganas. "Mírala, Ana, toda para ti", dijo con voz ronca. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y la dureza, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. "¡Qué chingona mamada, mi amor!", gruñó, agarrándome el pelo. La chupé profundo, metiéndomela hasta la garganta, gimiendo con cada embestida de sus caderas. Él jadeaba, el sonido gutural mezclándose con el romper de las olas. Mi panocha ardía, empapada, rogando atención.

Me levantó como si no pesara nada y me llevó a la orilla, donde el agua tibia nos envolvió hasta las rodillas. "Te voy a coger aquí mismo, como en El Color de la Pasión Capítulo 90, donde el deseo nos consume", susurró, arrancándome el tanga rojo. Sus dedos exploraron mi coñito resbaloso, frotando el clítoris hinchado hasta que grité de placer. "Estás chorreando, güey. ¡Estás lista para mí!", dijo, y me penetró de un solo empujón. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome por completo. El agua chapoteaba alrededor mientras él me embestía, fuerte y profundo, mis tetas rebotando con cada choque.

El ritmo aumentó, sus manos en mis caderas guiándome, mi clítoris rozando su pubis. "¡Más duro, Diego! ¡Cógeme como animal!", le supliqué, arañando su espalda. Él obedeció, clavándome contra la arena mojada, el olor a sexo y mar invadiendo todo. Mis paredes se contraían alrededor de su verga, el orgasmo construyéndose como una tormenta. Esto es el paraíso, neta, pensé, mientras él me mordía el hombro, gruñendo mi nombre. "¡Me vengo, Ana! ¡Júntate conmigo!", rugió, y explotamos juntos. Mi cuerpo convulsionó, chorros de placer saliendo de mí, su semen caliente llenándome mientras gritábamos al cielo estrellado.

Caímos exhaustos en la arena, el agua lamiendo nuestros cuerpos sudados. Él me abrazó, besándome suave ahora, con ternura. "Eres mi todo, mi reina. Esto no termina aquí", murmuró, acariciando mi pelo. Yo sonreí, sintiendo el afterglow recorrer mis venas como miel tibia. El mar susurraba promesas, y en mi mente, este era el verdadero El Color de la Pasión Capítulo 90, el clímax perfecto de nuestra historia. Nos vestimos despacio, riendo como pendejos enamorados, y volvimos al hotel de la mano. La noche aún era joven, y quién sabe qué más traería el amanecer.

En la habitación, con la brisa del balcón entrando, nos duchamos juntos. El agua caliente caía sobre nosotros, lavando la arena pero no el deseo. Sus manos jabonosas resbalaban por mi piel, deteniéndose en mis curvas. "Otra vez, Diego? ¿No te cansas?", bromeé, pero mi cuerpo ya respondía, pezones duros de nuevo. Él se rio, ese sonido que me derretía. "De ti nunca, mi chula". Me giró contra la pared de azulejos, y entró en mí por detrás, lento al principio, saboreando cada centímetro. Gemí, el vapor llenando el baño con olor a jabón y sexo fresco.

Esta vez fue más íntimo, sus embestidas profundas y rítmicas, una mano en mi clítoris, la otra en mi teta. "Siente cómo te amo, Ana. Cada empujón es por ti", jadeó en mi oído. Yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo, el placer subiendo en espiral. "¡Sí, cabrón, así! ¡Hazme tuya!", grité, y el segundo orgasmo me golpeó como un rayo, piernas temblando, visión borrosa. Él se vino segundos después, abrazándome fuerte mientras su verga palpitaba dentro de mí.

Salimos de la ducha envueltos en toallas, y nos tendimos en la cama king size, con vista al océano. Hablamos hasta el alba, de sueños, de futuro, de cómo este reencuentro era el capítulo que faltaba en nuestra telenovela personal. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse, sentí paz profunda.

Esto es pasión de verdad, el color rojo sangre de nuestros cuerpos unidos
. Cancún nos había devuelto lo que el tiempo quiso robar, y ahora, con el sol saliendo, sabía que El Color de la Pasión Capítulo 90 era solo el principio de muchos más.

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