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Soy El Cenit Pasional

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Soy El Cenit Pasional

La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio que solo México sabe armar. Luces de neón parpadeando en las fachadas de los bares, risas estruendosas saliendo de las terrazas y el olor a tacos al pastor flotando en el aire caliente. Yo, Valeria, acababa de entrar al rooftop de La Terraza, con un vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa urbana. Mi piel morena brillaba bajo las luces, y el viento jugaba con mi cabello suelto, trayendo consigo el aroma salado de la ciudad que nunca duerme.

Lo vi de inmediato. Alto, con esa camiseta ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le quedaban perfectos. Estaba recargado en la barandilla, con una cerveza en la mano, platicando con unos cuates. Sus ojos cafés se cruzaron con los míos y ¡órale! sentí un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo ya supiera lo que venía. Me acerqué al bar, pedí un margarita con sal, y cuando volteó de nuevo, le sonreí con picardía.

—¿Qué onda, guapo? —le dije, acercándome lo suficiente para que oliera mi perfume de vainilla y jazmín.

—Qué buena onda verte aquí, preciosa. Soy Alex, ¿y tú?

Charlamos como si nos conociéramos de toda la vida. Neta, su voz grave me erizaba la piel, y cada vez que reía, mostraba unos dientes perfectos que me daban ganas de morderlos. Bailamos salsa bajo las estrellas, sus manos en mi cintura, el sudor empezando a perlar nuestras frentes. Sentía el calor de su cuerpo pegado al mío, el roce de su pecho contra mis tetas, y un calor húmedo creciendo entre mis piernas.

Este wey me va a volver loca, neta que sí
, pensé mientras su aliento cálido me rozaba el cuello.

La tensión era palpable, como un elástico a punto de romperse. Me susurró al oído:

—¿Quieres ir a un lugar más privado? Mi depa está cerca.

—Simón, carnal. Llévame.

Salimos tomados de la mano, el taxi nos llevó volando por Insurgentes. En el asiento trasero, sus dedos ya exploraban mi muslo, subiendo despacio bajo el vestido. Yo jadeaba bajito, mordiéndome el labio para no gemir en voz alta. El chofer ni se enteró, o fingió no ver.

Acto dos: la escalada

Llegamos a su penthouse en Lomas. La puerta se cerró con un clic que sonó como promesa. El lugar olía a sándalo y cuero nuevo, con ventanales que daban a la ciudad iluminada. Me quitó el vestido con manos temblorosas de deseo, besándome el hombro mientras la tela caía al piso.

—Eres una chulada, Valeria. Neta que me tienes bien puesto.

Sus labios capturaron los míos en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila y sal. Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas sobre él. Sentí su verga dura presionando contra mi panocha a través de la tela delgada de mis tangas. Mis uñas arañaron su espalda, dejando marcas rojas que él gemía de placer.

Le quité la camisa, lamiendo su pecho salado, bajando hasta su ombligo. El olor a hombre excitado me mareaba, ese almizcle puro que hace que una mujer pierda la cabeza. Él me volteó, poniéndome de rodillas en la alfombra mullida. Sus dedos expertas separaron mis labios, explorando mi humedad con toques suaves al principio, luego más intensos.

—Qué rica estás, moza. Tan mojada por mí.

Yo arqueé la espalda, gimiendo mientras su lengua me lamía el clítoris, chupando con esa succión perfecta que me hacía ver estrellas.

¡No mames, este wey sabe lo que hace! Soy el cenit pasional, carajo, el pico de todo este fuego
. Mis caderas se movían solas, frotándome contra su boca, el sonido húmedo de succión llenando la habitación junto con mis jadeos roncos.

Pero quería más. Lo jalé del pelo, poniéndolo de pie. Le bajé los jeans, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante de anticipación. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y dureza, y la metí en mi boca despacio, saboreando el precum salado. Él gruñó, agarrándome el cabello con fuerza pero sin lastimarme, guiando mis movimientos. Lo chupé profundo, garganta abajo, hasta que sus piernas temblaron.

—Para, mi amor, o me vengo ya.

Nos fuimos a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frías contra nuestra piel ardiente. Me recostó boca arriba, besando cada centímetro de mi cuerpo: pezones duros que mordisqueaba suavemente, el interior de mis muslos temblorosos. Entró en mí despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome por completo.

Empezamos lento, ritmos sincronizados como una danza ancestral. Sus embestidas profundas me hacían jadear, el slap slap de piel contra piel mezclándose con nuestros gemidos. El sudor nos unía, resbaloso y caliente, olor a sexo puro invadiendo el aire. Aceleramos, yo clavando uñas en su culo, urgiéndolo más adentro.

—¡Más fuerte, pendejo! ¡Dame todo!

Él obedeció, follando con furia contenida, mi clítoris frotándose contra su pubis en cada thrust. La tensión crecía, como una ola gigante a punto de romper. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, y en mi mente gritaba:

Soy el cenit pasional, el clímax que lo consume todo, el fuego que nos eleva
.

Acto tres: la liberación

El orgasmo llegó como un terremoto. Primero yo, convulsionando alrededor de su verga, un grito gutural escapando de mi garganta mientras luces explotaban detrás de mis párpados. Olas de placer me barrieron, jugos calientes empapando las sábanas. Él no paró, prolongando mi éxtasis con embestidas precisas, hasta que su propio clímax lo golpeó. Se corrió dentro de mí con un rugido animal, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando sobre el mío.

Caímos exhaustos, enredados en un abrazo pegajoso de sudor y fluidos. Su corazón latía desbocado contra mi pecho, sincronizándose poco a poco con el mío. Besos suaves en mi frente, caricias perezosas en mi cabello húmedo.

—Eres increíble, Valeria. Neta que fue lo máximo.

—Tú tampoco te quedas atrás, Alex. Me hiciste volar.

Nos quedamos así, escuchando el zumbido lejano de la ciudad, el aroma a sexo y vainilla flotando. En ese afterglow, con su brazo alrededor de mi cintura, sentí una paz profunda. No era solo un polvo; era conexión, deseo mutuo que nos había elevado al pico.

Soy el cenit pasional, sí, pero contigo lo comparto, lo multiplico
.

Al amanecer, con el sol tiñendo las cortinas de rosa, nos despedimos con promesas de más noches así. Salí a la calle renovada, el cuerpo aún zumbando de placer residual, sabiendo que había vivido el zenith de la pasión mexicana: intensa, real, inolvidable.

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