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Los Acordes de Mi Pasión (1)

7561 palabras

Los Acordes de Mi Pasión

Tú caminas por las calles empedradas de la Roma Norte, con el bullicio de la noche mexicana envolviéndote como un abrazo cálido. El aire huele a tacos de suadero asándose en la esquina y a jazmines que trepan por las fachadas coloniales. Es viernes, y tu cuerpo pide aventura después de una semana de oficina que te dejó con las pilas bajas. Entras al Bar La Guitarra, un antro chido con luces tenues y mesas de madera oscura donde la gente se junta a platicar y a escuchar música en vivo.

Te sientas en la barra, pides un paloma con tequila reposado que sabe a limón fresco y agave ahumado. El hielo cruje bajo tus labios, y el líquido fresco baja por tu garganta como un río de fuego suave. De pronto, el guitarrista sube al escenario improvisado. Es alto, moreno, con ojos cafés que brillan bajo el foco y manos grandes, callosas, que acarician las cuerdas con maestría. Lleva una camisa negra ajustada que marca sus hombros anchos y jeans desgastados que se pegan a sus muslos fuertes.

Empieza a tocar. Los acordes fluyen, profundos y vibrantes, como un latido que resuena en tu pecho. Mi pasión acordes, piensas, reconociendo la melodía de esa rola ranchera que habla de amores intensos y cuerpos que se entregan sin reservas. Su guitarra gime bajo sus dedos, cada nota un roce que te eriza la piel. Sientes un cosquilleo entre las piernas, un calor que sube despacio desde tu vientre. Él te mira directo a los ojos mientras rasguea, y es como si esos acordes fueran para ti sola.

¿Qué carajos me pasa? Este carnal me está prendiendo con solo seis cuerdas. Neta, quiero que esas manos me toquen como toca la guitarra.

Termina la canción, y el aplauso estalla. Tú aplaudes fuerte, tu corazón latiendo al ritmo de los tambores imaginarios. Él baja del escenario, sudado, con el olor a hombre y a madera de pino emanando de su piel. Se acerca a la barra, justo a tu lado. Órale, piensas, el destino es un cabrón juguetón.

—Qué chido tocaste, carnal —le dices, con voz ronca que no reconoces como tuya.

—Gracias, preciosa. Soy Diego. ¿Te gustaron los mi pasión acordes? Esa rola siempre me pone a volar.

Charlan. Él es músico de oficio, toca en bares y bodas, pero sueña con grabar su disco. Tú le cuentas de tu curro en diseño gráfico, de cómo extrañas la libertad de crear sin deadlines. Las risas fluyen como el tequila, y sus rodillas se rozan bajo la barra. Cada toque accidental envía chispas por tu espina dorsal. El bar se llena de humo de cigarros y risas ajenas, pero para ti solo existe él: su voz grave como el ronroneo de un jaguar, su aliento a menta y licor.

La noche avanza. Bailan un son jarocho pegadito, sus caderas contra las tuyas, el sudor mezclándose. Sientes su verga endureciéndose contra tu vientre, dura y prometedora. Puta madre, qué rico se siente, piensas, mordiéndote el labio. Te invita a su depa, que está a dos cuadras. Asientes, el deseo ya un incendio en tus venas.

Acto dos: La escalada

Caminan rápido, el aire fresco de la medianoche besando vuestras pieles calientes. Su depa es un loft sencillo pero con onda: posters de rock en español, una guitarra apoyada en la pared y velas aromáticas a vainilla y canela que enciende al entrar. Cierra la puerta, y el mundo exterior desaparece. Te empuja suave contra la pared, sus labios capturando los tuyos en un beso hambriento. Sabe a tequila y pasión, su lengua explorando tu boca con la misma destreza que sus dedos en las cuerdas.

Las manos de Diego recorren tu espalda, bajan a tus nalgas y las aprietan, firmes y posesivas. Tú gimes contra su boca, tus pezones endureciéndose bajo el bra de encaje. Le quitas la camisa, revelando un torso tatuado con serpientes y rosas, músculos que se contraen bajo tu tacto. Hueles su piel: salado, masculino, con un toque de colonia barata que te enloquece.

Estas manos... Dios, si tocan la guitarra así, ¿cómo me van a tocar a mí? Quiero que me haga sonar como su instrumento favorito.

Te lleva al sillón, te sienta en su regazo. Toma la guitarra acústica, la acomoda entre vuestros cuerpos. Empieza a tocar de nuevo esos mi pasión acordes, lentos, hipnóticos. Cada vibración de las cuerdas resuena en tu clítoris, como si la madera fuera una extensión de su polla. Tus caderas se mueven solas, frotándote contra él. Le desabrochas el cinto, liberas su verga gruesa, venosa, que salta dura y caliente en tu mano. La acaricias despacio, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave.

—Qué rica verga tienes, Diego. Neta, la quiero adentro ya —le susurras al oído, lamiendo su lóbulo.

Él gime, deja la guitarra y te arranca la blusa. Tus tetas saltan libres, pezones rosados y erectos. Los chupa con hambre, succionando fuerte hasta que arqueas la espalda, el placer como rayos eléctricos directo a tu panocha húmeda. Sientes tus jugos empapando las panties, el olor almizclado de tu excitación llenando la habitación. Sus dedos bajan, te quitan la falda y la tanga de un jalón. Te abre las piernas, y su aliento caliente roza tu sexo depilado.

La lengua de Diego es un torbellino: lame tu clítoris en círculos, chupa tus labios mayores, mete la punta adentro saboreando tu miel dulce y salada. Tú agarras su pelo, empujas su cara contra ti, gimiendo como loca. ¡Ay, cabrón, no pares! Así, chúpame la panocha hasta que me venga. Tus muslos tiemblan, el orgasmo construyéndose como una ola gigante.

Pero él se detiene, juguetón. Te voltea boca abajo en el sillón, su cuerpo cubriendo el tuyo. Sientes la punta de su verga rozando tu entrada, resbaladiza de tus jugos. Entra despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Qué llena me siento, como si fuera solo para mí. Empieza a bombear, lento al principio, cada embestida un acorde profundo que te hace jadear. El sonido de piel contra piel, chapoteante, se mezcla con vuestros gemidos y el eco lejano de la ciudad.

Acelera, sus bolas golpeando tu clítoris, manos en tus caderas marcando moretones de placer. Cambian de posición: tú encima, cabalgándolo como amazona, tetas rebotando, sudor chorreando por vuestros cuerpos. Él pellizca tus pezones, y el dolor placentero te empuja al borde. ¡Vente conmigo, Diego! Lléname de tu leche caliente.

Acto tres: La liberación

El clímax explota como fuegos artificiales en el Zócalo. Tu panocha se contrae alrededor de su verga, ordeñándola en espasmos violentos. Gritas su nombre, el placer cegador, estrellas detrás de tus párpados. Él ruge, hundiéndose profundo, y sientes su corrida caliente inundándote, chorro tras chorro, pegajosa y abundante. Colapsan juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos.

Yacen en la cama ahora, las sábanas revueltas oliendo a sexo y pasión. Diego te acaricia el pelo, besando tu frente. Tú trazas los tatuajes en su pecho, el corazón latiéndole calmado bajo tu palma.

Esos acordes de mi pasión no eran solo música. Eran el preludio de esta noche que me cambió. Neta, quiero más.

Hablan bajito de sueños y antojos, riendo de tonterías. El amanecer pinta el cielo de rosa sobre los edificios, y tú sabes que esto no es un adiós. Es el comienzo de algo chingón, tocado por los dioses de la guitarra y el deseo mexicano.

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